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jueves, 29 de marzo de 2012

No sólo para mujeres

Reseña publicada en el suplemento Artes&Letras del Heraldo de Aragón el jueves, 29 de marzo de 2012.

Este puede ser un libro hecho por y para mujeres, pero a quien de verdad se lo recomiendo leer es a los hombres. Advirtiéndoles antes que en estos doce relatos se van a encontrar con la versión o punto de vista personal de Margarita Barbáchano sobre varios temas. Opinión con la que se puede estar de acuerdo o no –según cada cual-, pero que tiene la innegable virtud de darle voz a las mujeres y por la que los hombres, al escucharla, podrán aprender a cerca de ellas, sus necesidades, reacciones y silencios y comprenderlas mejor.
Temas que, analizados desde la perspectiva de una mujer, resultan comunes y afectan a los dos aunque las respuestas, la manera de llevarlo puedan ser distintas. Verse mayor de repente, contemplar los estragos de la edad en la cara y el cuerpo; la jubilación forzosa y anticipada, el despido a los cincuenta y sus devastadoras consecuencias, la humillación y la pérdida de la autoestima; los problemas con los hijos, primero la adolescencia y luego cuando se van de casa; la separación y los motivos de cada uno; las manías y achaques de la vejez o el convertirse un día en abuelos.
Temas específicos de las mujeres que han cumplido los cincuenta y cómo les afecta esa edad: el sexo, las arrugas en el espejo, las dietas para no engordar, y, sobre todo, la menopausia y sus consecuencias.
Y temas polémicos como el suicidio asistido, la ideología política, el asesinato, la prostitución masculina, las drogas o el lesbianismo que -para mí- resultan oportunistas, tendenciosos o de un cinismo inaceptable como en el caso de la infidelidad que se justifica alegremente.
Relatos que para bien y para mal están más cerca del reportaje periodístico, del artículo de sociedad que de lo estrictamente literario, pero que en ningún caso producen indiferencia o aburrimiento.
Opinión desarrollada, introducida en una narración como la forma de llegar y permanecer más allá de la hoja de un periódico, la noticia con fecha de caducidad o la fría estadística.
Temas comunes y específicos; consecuencias, sentimientos, efectos que serán igual, se repetirán igual ahora que dentro de treinta años. Momentos para los que seguirán valiendo las mismas soluciones que da Margarita: tener el valor, la fortaleza y el ímpetu para empezar una nueva vida. Saber lo que ella siente y necesita, que siga siendo visible sí, pero también lo que es necesario para los dos: el respeto, la igualdad desde la complicidad y el amor, la comunicación y la sinceridad. Dejar el machismo y el hembrismo para los malos chistes y los estereotipos. Y una lección final sobre la apariencia y la dignidad en un gran relato último sobre cómo, cumplidos los setenta, recién liberados, podemos todavía reinventarnos.

Margarita Barbáchano. “Mujeres en la edad invisible”. 182 páginas. Mira Editores. Zaragoza, 2011.

domingo, 26 de febrero de 2012

Con diez cañones por banda

Resulta emocionante que en esta tierra de interior alguien escriba una novela de aventuras, piratas y viajes por dos océanos y tres continentes. Océano Atlántico e Índico, costas de América, África y Asia. Sólo por eso ya merece la pena embarcarse. Y puedo asegurar que el largo, exótico y emocionante viaje no defrauda.
Teresa Sopeña nos lleva la noche de difuntos de 1728 hasta un caserón en la costa de Nueva Inglaterra para encontrarnos con un viejo capitán pirata a quien las crónicas daban por muerto. Encontrarle vivo y hablar con él es la última esperanza para confirmar una paternidad ausente, pero también para saber si la leyenda era cierta, si realmente existió Libertalia, una república de hombres libres en la isla de Madagascar.
Canción pirata de Espronceda, cuento de las mil y una noches y de Tagore, libro de la selva de Kipling. Todo eso es esta novela. Pero también un extraordinario trabajo documental: ensayo sociológico y filosófico; bibliografía, historia, oceanografía y diccionario de náutica. Puertos, ciudades, selvas, islas, mares, vientos y barcos. Mercancías, abordajes, comercio, naufragios y travesías. Hindúes, anglosajones, holandeses, portugueses, árabes. Y todo ambientado a finales del siglo XVII y principios del XVIII. Novela neo-clásica de periplo y epopeya que avanza luchando por desentrañar un misterio superando todos los retos y obstáculos. Teresa siguiendo la estela de Defoe, Swift y Lino Novás. Hombre que sigue el rastro de otros hombres. Aventura dentro de otra aventura. Doble esfuerzo, éxito de Teresa recreando por un lado la vida de los piratas y por otro la crónica de su búsqueda. Pasado y presente. Un viejo manuscrito y un nuevo libro. Novela de acción y minuciosa descripción –tediosa por momentos pero que se salva con humor inteligente- y reflexión. Y en esta reflexión está lo importante. Porque ya no se trata solamente de la acción, de un hijo en busca de su padre, sino de la búsqueda de un ideal y de un lugar.
El contexto es el siglo XVII, una época de luchas y persecución religiosa, patentes de corso, esclavitud, colonialismo, crueldad y avaricia, y frente a eso Teresa nos presenta la República de Platón y la Utopía de Tomás Moro. Y a unos piratas, proscritos sin rey ni amo, que quieren convertir esa utopía en realidad, fundar una república de hombres libres e iguales en la que existía la propiedad comunal, la participación de sus integrantes en la toma de decisiones -un hombre, una voz, un voto- sin importar raza ni credos.
Encontrar ese lugar es el verdadero viaje de esta novela. Una patria sin castas ni esclavos donde la libertad sea verdad. El mito de esos piratas buenos resulta innegablemente atractivo, pero esa utopía política sin propiedad privada me suena a cuento chino. Sin embargo algunos de sus principios rectores y morales que hoy nos parecen obvios e imprescindibles en aquel viejo siglo no existían, y por eso esos hombres que quisieron conquistarlos bien merecen este viaje, embarcarnos con ellos por dos océanos y tres continentes y salir a buscarlos.

Teresa Sopeña. “Libertalia”. 290 páginas. Mira Editores. Zaragoza, 2011.

martes, 17 de enero de 2012

Tragedia y melodrama

Esta novela obtuvo el Premio Sésamo en 1989 y Ediciones Gallimard la publicó en Francia unos pocos años más tarde. Ahora, veintidós años después, Mira Editores, por mediación de Fernando Aínsa, la publica por primera vez en España.
Gregorio Manzur, argentino nacido en Mendoza en 1936, lleva residiendo en París desde la década de los sesenta. Ha sido actor de cine y profesor de teatro, ha trabajado en televisión, escrito novelas y piezas teatrales; periodista, productor y locutor de radio y ha vivido en varios países. La suya es una de esas biografías que asombra y deja en evidencia a la mayoría de los que quieran competir con él en chinchetas clavadas en el mapamundi y visados estampados en el pasaporte. Apabulla su experiencia vital, tanta y tan variada, que dudas si el personaje de si mismo no acabe convirtiéndose en caníbal inmisericorde de su obra literaria.
Gregorio sitúa su “Sangre en el ojo” en la Argentina rural y mestiza donde nació y la narración comienza con la determinación de un hombre por cometer un crimen, un asesinato. La única forma de acabar con el competidor por el amor de una mujer. Aunque matar al amante sólo elimina la mitad del problema, pues la mujer está casada. Triángulo que no puede calificarse de amoroso sino más bien como una representación del juego del billar francés, ese que se juega con tres bolas y que es la metáfora que estructura la trama. Aunque el billar es en esta historia mucho más que una alegoría, es una parte esencial de la escenografía, es la conexión de una amistad que resulta fundamental y salvadora; y son su ritual y teoría, sus tácticas y, sobre todo, su simbolismo la forma de explicar y entender el juego de la vida y de la propia novela.
Fernando Aínsa la asimila a una tragedia griega, y realmente hay algo de eso en esta historia. Hay amor; amor irracional de ese que sólo se vive antes de los veinte años. Amor por el que un hombre joven sin coraje está dispuesto a matar a un amigo por la espalda. Hay un destino impuesto, un matrimonio obligado por el interés de un padre; una hija joven y hermosa casada con un viejo abyecto y borracho. Hay una excelente galería de personajes muy bien dibujados: tiranos y súbditos, supervivientes y chulos, valientes y chivatos. Hay celos, envidia, odio y amistad. Y hay traición, una encerrona a partir de la que todo se rompe, muta y se destruye. Hay un padre putativo y una madre antigua amante del señorito del pueblo. Hay un hijo proscrito y una muerte inesperada y salvaje. Hay violencia, amor filial y lágrimas y hay, entrelazada en toda esa tragedia, un pueblo y sus habitantes, un rincón de amargados que se nutre de intrigas, hipocresía, falsedad y chismorreos. Y hay un asco infinito, una repugnancia hasta el vómito por ese poder local y su despotismo bárbaro; un cura, un juez de paz y un comisario que se confabulan para tapar un escandaloso asesinato. Pero esta es también una novela de aprendizaje, de morir el muchacho para dejar paso al hombre, de conocer el dolor que eso implica, de que no es fácil crecer. Es conocer la verdadera amistad, la incondicional, la que cree en ti y te salva; la moraleja de una buena acción, la deuda y la gratitud, la ayuda en una fuga que es una genial escena entre cómica y heroica.
“Sangre en el ojo” bordea el límite del folletín histriónico, pero le salva la ambientación, el fatalismo, los personajes del ciego huérfano y el turco, maestro del billar y la vida. Pero ese final… esa inesperada aparición de la mujer amada como regalo sorpresa y despedida, esa petición ¡de culebrón!: dejame un hijo; esa ¡inesperada aparición! del amante rival, su pelea de navajeros y ese perdonarle la vida; ese confesar haberle dejado a su mujer como el que presta una cosa de su propiedad, alquiler al que ella accede con una sonrisa. Ese final convierte a la tragedia en un ridículo melodrama

Gregorio Manzur. “Sangre en el ojo”. Mira Editores. Zaragoza, 2011.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Una nube de piedra

En algunos casos la inocencia de la infancia se pierde sin cruzar una línea roja. Se diluye, se evapora sin un hecho concreto, sin una fecha en el calendario. En esta historia es un viaje el que "abre los ojos": “Diecisiete años y un viaje a París que supondría una frontera a punto de partir mi vida en un antes y un después”. Y ese es el comienzo de todo. Romperse el cascarón. Saltar los muros del colegio interno. Dejar de ser un niño al que llevan de la mano. Escuchar y ver. Conocer las dos versiones y elegir el bando de los subyugados, los vasallos. Y a partir de ahí la inocencia se perderá en dolorosos desencuentros y consecutivos enfrentamientos que irán abriendo, uno a uno y año tras año, una grieta insalvable que hará madurar; creará la firme conciencia del hombre. Y golpe a golpe, igual que se va tallando la piedra, se llega al final. Aparece lo que estaba oculto y poco a poco se fue insinuando, mostrando. Y el final supondrá la verdad y la liberación.
“Los lagartos de la quebrada” son dos caminos antagónicos de una misma raíz, dos caminos que, a pesar de ser padre e hijo, nunca se convertirán en un camino común. Dos maneras incompatibles de entender la vida, la propiedad, la ambición, la moral y el amor. Un largo y duro viaje que parte de la infancia, ese territorio libre en el que se producen las primeras e inquebrantables lealtades: a la tierra y a los hombres que nos enseñaron a amarla. Pero no como título de poder y propiedad feudal sino como ejemplo a seguir de equilibrio, estoicismo, humildad y sencilla dignidad. Insurrección que comienza cuando el hijo, hecho hombre, descubre que no es como el padre ni en el valor, ni en la avaricia. El hijo que se enfrenta a su padre el terrateniente, el amo del pueblo por su desprecio, su egoísmo y su falta de compasión hacia los demás. El hijo que busca su sitio, la forja de si mismo, la fidelidad a su conciencia construida por todo lo que ha visto y oído. Todo lo que no le gusta. El mal ejemplo. Hijo del rico, del jefe; hombre que abre los ojos y se rebela ante el dolor cercano y la injusticia de una existencia ajena de peonadas, siervos y jornaleros, obedientes súbditos. Trágala de la que su padre es administrador, dueño y señor.
Novela de aciertos y errores. Aciertos que están en el retrato sin falsos costumbrismos ni romanticismos de la España agrícola y rural del siglo pasado. "Lagartos del barranco de la Quebrada, hombres de Castilla que se levantan, trabajan, subsisten. Callados, siempre al acecho de cualquier peligro, de una nube alta. Austeros porque no les quedaba más remedio". Retrato de un paisaje viejo y sus habitantes para después de una guerra en la que vencieron y nada ganaron; no cambió nada. “¿Qué habéis hecho por ellos? ¿En qué les habéis ayudado? Treinta años a rastras por la tierra dura, renegridos por un sol de injusticias y sin más premio que una supervivencia mísera, viviendo de un huerto y cuatro jornales”. Retrato de un pueblo y sus costumbres, su modo de vida a la altura de Delibes y sus “ratas” y sus “santos inocentes”. Retrato magnífico de hombres y su dura realidad, sus sueños imposibles, sus dificultades, sus razones, su silencio y su miedo. Amistad y ejemplo admirable de carácter y temperamento. Retrato total de continente y contenido, de verdad y humanidad. Novela generacional en la que algunos –como Ángela Abós- han fracasado, y otros –como Soledad Puértolas- acertaron igual que lo ha hecho Antonio Tejedor. Retrato de una generación que comparte la fascinación por los mismos lugares comunes: París y las playas bajo sus adoquines en una referencia que se ha vuelto tan caduca y vacía hoy de sentido como la canción protesta y los pantalones de campana, pero a la que debemos el reconocimiento de haberse enfrentado a lo impuesto y que sirvió para conseguir lo que ahora disfrutamos. Nuevos tiempos, nuevo siglo.
Novela dura, inmensa, de saga, de paisaje, de iniciación y forja. Novela de verdades, de clarividencia, de madurez personal; de autobiografía colectiva, de preguntas y necesaria coherencia.
Novela con el inconveniente del absoluto. Del retrato de un hombre con todos los defectos y ninguna virtud. Padre violento, putero, alcohólico, tirano, machista, asesino, franquista y con un hijo bastardo. Personaje que la increíble realidad, que ya sabemos que supera la ficción, podría convertir en auténtico y salvarlo de parecer la caricatura de un folletín, pero que por ser un retrato tan absoluto en blanco y negro pierde credibilidad al quedar a la misma altura que esos retratos de ocasión, ridículos, deformantes, exagerados y falsos que se hacían en los carteles y películas de la propaganda política del siglo pasado. Retrato hecho a medida, perfil absoluto y sin matices en el que nunca he creído. Maniqueísmo fanático que desvirtúa la novela, hace dudar.
Novela con el inconveniente, para mí, de que parezca que el autor ha puesto la literatura al servicio de la ideología; de que la novela, al final, no sea más que una excusa. Cada autor es libre de elegir su compromiso y tiene derecho a considerar a la literatura como un método, un medio artístico para hacer llegar un mensaje. Lo malo, lo peligroso de ese método es que la literatura se degrade hasta convertirse en un exaltado discurso ideológico y el autor en un cualificado publicista. Puedo admirar la belleza de un anuncio cuando está bien hecho. Buena fotografía, buen guión y buenos actores. Buena película. Pero no por eso dejaré de verlo como lo que es: un panfleto, un mensaje interesado que trata de venderme algo, hacerme creer en un producto.
Estos “Lagartos de la quebrada” es una magnífica novela si apreciamos sus aciertos y virtudes: su composición, su puesta en escena, sus personajes secundarios que se hacen capitales, su toma de conciencia individual, su rebelión contra la injusticia, sus verdades humanas siempre necesarias. Pero el pasado, viejo siglo, está superado por un aún más largo y libre presente. Viejo siglo, "historias viejas, por fortuna".

Antonio Tejedor. “Los lagartos de la quebrada” Mira Editores. Zaragoza, 2010.

jueves, 15 de septiembre de 2011

El hombre y el monstruo

Magnífico libro colectivo de relatos estas “Nuevas leyendas aragonesas”. Magnífico porque no tiene el habitual defecto de esta clase de libros que suele ser su irregularidad. Defecto que puede ser responsabilidad del editor que por poner un nombre conocido en la lista no se atreve a rechazar lo que ha escrito por encargo y sin ganas; o del antólogo que por no hacer una selección con criterio acaba mezclando en el libro buenos, regulares, malos relatos y amistades. Defecto que, en algunos casos, puede ser también responsabilidad de los autores, que por culpa de su ego arrogante escriben la noche de antes cualquier cosa para salir del paso y que por el simple hecho de estar escrito por ellos ya se creen que hay que hacerles la ola.
Magnífico porque el editor ha tenido el acierto de publicar un libro unívoco, sólido y compensado que no produce desencanto sino todo lo contrario. Magnífico porque se nota que los autores han creído en el proyecto común y han puesto a su servicio el compromiso de su experiencia y su imaginación, el rigor de su trabajo y la brillantez de su escritura; han unido su empatía y su afinidad por un mismo género sin caer en la simpleza y sin renunciar cada uno a su estilo. Magnífico porque, aunque hay algunos relatos más sobresalientes que otros, los seis mantienen un nivel excelente y me ha confirmado a los que ya conocía de antes: Óscar Bribián, David Jasso y Roberto Malo, y me ha regalado la sorpresa de descubrir a tres nuevos autores: Fermín Moreno, José María Tamparillas y Juan Ángel Laguna Edroso.
Seis escritores aragoneses que han buscado un pie de apoyo en la tradición y en lo que reconocemos mirando desde la ventana de casa: un Teruel que existe, Tarazona y el Moncayo, Fuendetodos, la auténtica –y añorada- baronía de Escriche, el Maestrazgo y el Pirineo. Una fiesta y su traje de arlequín, el destierro de piedra y la lluvia amarilla; el arcón de la falsa de nuestra memoria; los museos etnológicos, las chimeneas y sus espantabrujas, y esos curiosos pozos de hielo abandonados.
Han cogido parte de nosotros y nuestras viejas leyendas y han escrito una nueva. Lo que ya sabíamos porque habíamos leído u oído contar antes trasladado ahora en el tiempo. Pueblos abandonados, viejas piedras que cobran un nuevo significado en nuestra conciencia. La guerra de nuestros abuelos, la superstición de un espejo roto, una leyenda medieval y una bestia resucitada. Los recuerdos de la infancia y la muerte, un nuevo destino en una tierra de aparecidos, brujas y endemoniados. Una tragedia atrapada en el hielo de un pozo que mantiene con vida a los muertos. Una nueva leyenda alienígena, realmente hilarante y tierna. Y una Zaragoza futurista y deshumanizada, cerca y lejos de un nuevo cipotegato, engendro aliado de las almas vendidas al diablo.
Algunos se ajustan sin más –pero con calidad- a ese género de terror, ciencia ficción y misterio sobrenatural, pero otros, envueltos en esa forma, nos hablan del miedo que producen los peores instintos del hombre cuando aparece el monstruo que llevan dentro.

“Nuevas leyendas aragonesas”. Varios autores. Mira Editores. Zaragoza, 2011.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Una novela romántica


Tal vez, a veces, no debamos pedirle demasiado a la literatura. Tal vez debería bastarnos con una historia sencilla y bien escrita, una novela romántica, un poco de misterio y magia, algo de suspense y un final feliz.
Supongo que se trata de una simple cuestión de gustos, y en mi caso de exigencia. Tal vez ese sea el defecto de los que leemos demasiado. Tal vez yo no sepa comprender y aceptar que haya personas a las que les gustan las teleseries, las telenovelas en horario de tarde. Personas que no le piden a la literatura algo más que esa clase de historias. Tal vez ahora me esté ganando el desprecio de muchos, el adjetivo descalificativo de clasista exquisito, odioso lector pedante. Porque para mi “Sin franqueo” es una correcta novela que se queda en eso, en una estándar telenovela de amor en tiempos revueltos, en un guión escrito al gusto de lo que es ahora políticamente correcto.
Recuerdo que una vez a un librero de viejo del rastro un cliente le preguntó con desprecio por las novelas románticas que vendía en su puesto. –Todo tiene su público- le respondió. –Que a ti no te gusten no significa que no haya otro al que sí. Y yo que entonces también despreciaba aquellas “novelas rosas para mujeres” no comprendí su respuesta. Yo que entonces pensaba que los que leíamos auténtica literatura éramos aquellos tipos exquisitos que llegábamos al rastro muy temprano y en ayunas a la caza y captura de rarezas, descubridores de nombres ignotos, fieles a los clásicos y a los poetas malditos. Tipos iguales, hijos del mismo dios, que despreciábamos esa novelas con portadas ridículamente típicas y un título que se decía con un suspiro. Hoy, más viejo y desengañado, entiendo lo que quería decir aquel librero. Todo tiene su público. Es decir, que igual que hay personas que disfrutan con esas telenovelas de tarde, también hay personas que les gustan las novelas románticas, con un poco de magia y misterio, con algo de suspense y un final feliz. Y pienso que esas teleseries de amor en tiempos revueltos, república y posguerra, le han servido seguramente a José Manuel González de inspiración para escribir su novela, o que tal vez sea tan sólo una coincidencia, o tal vez le han servido de música ambiental, de banda sonora que se oye de fondo.
“Sin franqueo” tiene como mérito contar una historia original que contiene muchos de los elementos clásicos de la literatura ambientada en el Aragón pirenaico y rural El aislamiento, el analfabetismo y el retrato de aquella época –no tan lejana- en la que no había teléfono y la gente escribía cartas y las malas noticias se comunicaban por telegrama. Los pastores trashumantes, la dula y los pastos de verano. El costumbrismo y los habitantes de las crónicas de un pueblo: el mosen, el alcalde, y el secretario; las partidas de dominó en el casino, el entrañable tonto del pueblo, las malas lenguas y el qué dirán, la fiesta de la noche de San Juan con su hoguera, y, por supuesto, el personaje autóctono más típico: la bruja curandera y su cueva. Una bruxa que además de curar lee la mano. Una mujer que “Parecía una bruja salida de los cuentos de los caballeros de la Tabla Redonda. Nada más le faltaban las verrugas y la escoba para salir volando en cualquier momento hacia lo oscuro de la noche.”
“Sin franqueo” es una novela tierna, triste y heroica. Una novela bienintencionada, postal en blanco y negro coloreada a mano. Es una novela correcta, como es la belleza roma e insulsa de una novela romántica. “Sin franqueo” es una novela repleta de lugares comunes que gustará a los que gusten de esas historias manidas de la posguerra española. Todo tiene su público, todo discurso tiene su salmodia, sus tópicos, sus discos rayados, su estribillo, sus muletillas y su tabarra.
Pero yo, a pesar de haberme vuelto comprensivo y tolerante con los gustos de cada uno, sigo leyendo esperando que una novela sea algo más que una historia correcta y medianamente bien contada que me haga pasar un buen rato. Leo buceando, esperando, subrayando las líneas emocionantes, los deslumbramientos, los paraísos. Y ya no se trata de gustos particulares ni de romanticismo amable, sino de leer y no tener que encontrarse con algo así: “Cocinadas con sencillez, sólo se habían permitido añadir a las setas un poco de perejil. Una mezcla de sensaciones llenó mi boca: a monte, a musgo, a frescor de rocío, a mañanas de sombra y paseos sin rumbo ni destino… Marcial me escanció un vino que, según él, reservaba para las ocasiones especiales. Y de verdad que era excepcional. Maridaba de manera perfecta con la tortilla y permitía realzar los matices de los hongos sin enmascarar ni una sola de las esencias que emanaban de las muxardinas.” De frases como esta: “En el amor y en la guerra todo está permitido.” o esta otra: “…el eco de sus pies descalzos.”, o esta: “El letargo, la soledad y la ausencia de las voces convertían el edificio en algo parecido a un castillo embrujado, pero yo no sentía miedo.”
No, ya no es sólo cuestión de gustos, cursilería, romanticismo, telenovelas e historias tópicas y manidas, sino de buena literatura.

José Manuel González. “Sin franqueo”. Mira Editores. Zaragoza, 2011.

jueves, 26 de mayo de 2011

Desequilibrio

Enfrentarse al peso pesado, al mito de “La escarcha sobre los hombros” es una temeridad, pero alguien debe aspirar a arrebatarle el título, o al menos intentar quedar empatados a puntos, combate nulo, tablas en una partida de ajedrez.
Y este “Desterrado de cierzo” tiene el mérito de haberlo intentado, pero le ha aguantado un asalto. En el primero, con un inicio brillante y poético, pensé que podría lograrlo, pero en el segundo asalto quedó en evidencia que no iba a conseguirlo.
Se enfrentó al mito partiendo de la misma base, vieja historia del viejo Aragón: el destierro por necesidad, rebelarse a una vida miserable y de supervivencia sin más propiedad que la libertad. La bajada del montañés al llano en busca de fortuna y pan. Y un elemento que es el mayor logro de la novela: la historia de los canteros y sus enigmáticas marcas en las piedras. Elemento nuevo que logra captar el interés y que cambia la mirada hacia esas pequeñas señales que hemos visto cientos de veces en las piedras del viejo Aragón cristiano. Enigma y esperanza. Construcción contra conquista. Mano contra espada. Cincel y mazo como única arma. Y una vieja historia familiar grabada en la piel, tatuaje y orgullo de una estirpe.
Pero en el segundo capítulo, en el episodio en el que surge el amor a primera vista se derrumbó la esperanza de victoria o al menos de empate entre campeón y aspirante. El diálogo resulta tan poco creíble y disparatado que supe que ya no lo lograría, pero decidí quedarme hasta el final para saber cómo acababa y porque, aunque derrotado, había conseguido ponerme de su parte en el primer capítulo.
Y es que en su favor tiene la emoción de esa vieja historia del destierro y la emigración, del paisaje y los hombres del viejo Aragón. Tiene la aparición de unos sabios ermitaños franciscanos, la curación y el aprendizaje, la austeridad y la inteligencia. El viaje a pie, la búsqueda, el encuentro con el gremio de los canteros y el descubrimiento de una misión que se vuelve un imposible. El escenario de las tres culturas: cristiana, mudéjar y judía y su convivencia. La ilusión de un deseo del siglo XXI llevada al siglo XIII. La lucha contra el señor feudal y sus privilegios, la victoria con la ayuda de los enemigos, los marginados convecinos convertidos en aliados y amigos; el castillo de Monzón y sus templarios, la corte y sus conspiraciones, y un rey Jaime que se convierte en protector y salvador. Novela de aventuras y caminos, montañas y llanos, castillos y monasterios, nobles y villanos, humanidad, justicia, amistad, emociones, dudas, obstinación, romanticismo, misterio, lealtad a la familia y al amor con final feliz. Y un epílogo donde el pasado se hace presente y el tiempo y sus marcas se transforman y permanecen.
Pero una idea brillante, las emociones y la buena intención no bastan para escribir una novela. Porque “Desterrado de cierzo” no es sólo enfrentarse al mito usando alguna de sus armas sino enfrentarse a si mismo. Ya no es sólo perder en la comparación sino dejar en evidencia sus propias limitaciones, sus lagunas, sus fallos, sus errores. Caer derrotada por si misma.
Construir la estructura, el armazón, la cimentación con buenos elementos pero revestir el interior y el exterior con materiales que se convierten en barro con la primera lluvia. La literatura es todo, no es sólo una parte.
Como esos modernos mercadillos medievales que se hacen ahora, reproducciones a escala real para turistas, fiestas de disfraces, teatros a pie de calle en los que se ve, confundiéndose al mismo tiempo, la caracterización con el modernismo.
Porque en la Edad Media, Lérida era Leyda y no Lleida, porque algunos diálogos no los harían creíbles ni los mejores actores, porque no se pueden meter palabras entrecomilladas en un diálogo, porque no se pueden poner como encabezamiento de los capítulos citas de autores contemporáneos –Lorca, Aleixandre, Machado y Neruda- en una narración que transcurre en el siglo XIII, ni hablar farfullando con la efe, ni meter al narrador en la historia con un chiste fuera de sitio del escritor, ni convertir a los personajes en caricaturas.
No se puede escribir una novela esperando que la emoción, el misterio, la poesía, el sentimiento, el amor y la aventura compensen el desequilibrio entre las dos partes, equilibren el otro plato vacío de la balanza.

Luis Antonio Puente. “Desterrado de cierzo” Mira Editores. Zaragoza, 2010.

martes, 29 de marzo de 2011

La última frontera

Durante muchos años uno sueña con algo que nunca cuenta. Una ilusión que siempre ha callado. Algo que sabe que los demás no entienden, creen absurdo y disparatado. Un viaje a pie en solitario recorriendo una comarca. Tal vez La Litera donde vivió libre su infancia, o tal vez el Maestrazgo que amó y odió su abuelo. Sí, caminar a solas y llevar un cuaderno en el que contar los pasos. Lo que sabía antes de empezar. Lo que descubrió entre el silencio y la soledad. Sí, tener siempre esa ilusión y aplazarla siempre. Por cobardía, por incompatibilidad, por hache o por be. Sí, querer siempre y no hacerlo nunca.
Y un día descubrir que alguien lo ha hecho. Aunque sea en otra comarca, en otros paisajes. Que alguien ha sido más valiente. Que ha encontrado nueve días de vacaciones para cumplir su sueño. Ha recorrido a solas los caminos en pleno verano, ha llevado un cuaderno de campo y ha anotado sus pasos. Lo que ya sabía antes de empezar, lo que descubrió entre el silencio y la soledad. Lo que el camino y el viaje le contaron. Porque los viajes hablan. Nos transmiten una enseñanza.
Todo viaje en soledad es múltiple. Es exterior e interior. El viaje exterior es la enseñanza del mundo. Lo que vemos. Lo que el mundo nos muestra. Y “En el país de los cucutes” Javier Arruga nos enseña los Monegros. La última frontera. Pueblos de regadío y secano. Los bancos en la plaza. Niños y abuelos. Bares, las miradas a un forastero; el calor, la sed, la tormenta súbita. El Monasterio de Sigena y Miguel Serveto. Callizos, hornacinas, capitanas y cierzo, fuentes, canales de riego y piscinas. Tierra y sol. Cabezos, mogotes y torrollones. Campos que espedregar. Abejarucos, cucutes, escarabajos, cigüeñas, pajares y parideras. Pueblos desiertos y pueblos de colonización. Marcén y Cantalobos. La casa de la Una del vizconde de Torres Solanot. El Monte Oscuro y La salina de la Muerte.
Todo viaje es lo previsto y lo imprevisto. Lo planeado y lo que se descubre. Lo que se quería ver, se llevaba marcado en el mapa, como Perdiguera y el origen, La Cartuja de los Monegros, el museo etnológico de Lanaja, El Cucaracha y su leyenda, la sierra de Alcubierre y las trincheras de la guerra, Orwell y aquel libro que debería haberse titulado Homenaje a Aragón, Poleñino y una enfermera australiana. Y es también todo lo que surge en el camino. Los encuentros imprevistos. El acento andaluz. Los lugares cerrados. Las pinturas de Bayeu. Las tapias que se saltan. El arte abandonado y condenado. Las sabinas que hablan.
Y el sentido de este viaje es también la memoria personal: Cuando tenga dudas sobre qué es la felicidad, podrá recordar cuando caminó por unas tierras irrepetibles, durante nueve días, con sus pensamientos a cuestas. Es el viaje interior. Caminar envuelto en el silencio y saber de uno mismo. Porque andando se ven las cosas de otra manera y se tiene más tiempo para pensar. Son las obsesiones. El vivir duplicado. Las preguntas y las respuestas. Todo viaje en solitario responde a una íntima necesidad. Tal vez en el camino encontremos la solución. Y si no la hallamos habrá que volver a salir a buscarla.

“En el país de los cucutes” Javier Arruga. Mira Editores. Zaragoza, 2010.

jueves, 13 de enero de 2011

Canela y regaliz

Me temo que será un acto reflejo, pero resulta inevitable durante toda esta huida pensar en la familia que me ha tocado en suerte. En que, por simple comparación, debo sentirme afortunado con mi premio en ese aleatorio sorteo. Porque en esta huida una hija tiene una madre que duele, un padre desaparecido y una hermana con alma de plástico.
Se hace inevitable convertirse en cómplice voluntario de esa hija; despreciar, mezclando risas y espanto, a esa madre castrada y a esa hermana egocéntricas, avariciosas, materialistas, frívolas y egoístas de modo superlativo; y echar de menos a ese padre de mirada amable, de océano tropical, en la que a ella le gustaba zambullirse. Odiar intensamente a esa madre ante tanto desapego e indiferencia por una de sus hijas; aguantar las lágrimas viéndola incapacitada, estéril para el cariño; y sonreír complacido con ese final novelesco y feliz.
Se hace fácil caer en el exceso, en el folletín, en lo grotesco y lo exagerado. Se hace fácil hasta que uno piensa seriamente en esos programas de televisión en los que seres humanos se convierten en caricaturas, en los que se prostituyen sin pudor ni decencia por cifras de seis ceros y quince minutos de fama; en esas muñecas hinchadas de silicona y estulticia. Esa ficción de verdulería y mercadillo que se hace tristemente real. Y entonces dejamos de pensar en lo excesivo y empieza a doler tanta triste realidad.
Se hace fácil caer en el recurso de la falsa compasión y el escepticismo ante tanto abandono agravado además por el impuesto directo de una enfermedad, hasta que se hacen evidentes la soledad, la ausencia y el desamparo en una habitación de hospital. Se hace fácil pensar en el melodrama forzado, en la tendencia del actor a sobreactuar interpretando su autodestrucción si no fuera por el vacío de la nada, la total incapacidad de los vivos y la desoladora falta de los únicos que nos dieron su cariño. Frialdad que es pura herida.
Se hace inevitable pensar en un ajuste de cuentas, en una biografía camuflada entre líneas. En ciudades que existen con el nombre al revés y en casas abandonadas de la niñez. Hasta que el dolor me obliga a callar. Huida del mundo marcha atrás. Lluvia de febrero eterno.
Y ahora algunos relatos cortos de “Amar en martes” cobran un sentido especial, me parecen un prefacio, un sabroso aperitivo que preparaba esta “Huida del cangrejo”. Aquel universo personal e intransferible, aquel tiempo de mujeres de “Casas solas”, “Rosas robadas” y “El llanto de abril”. Sabores e ingredientes servidos entonces por separado y ahora todos juntos en un delicioso puchero cocido a fuego lento. En largometraje y cinemascope.
Angélica Morales ha sumado y multiplicado en esta novela el bagaje, el poso, los argumentos de algunos de sus relatos más emotivos. Amplificando el sonido, aumentando la onda expansiva, subiendo el volumen, alargando la velada; elevando una nueva planta sobre los antiguos cimientos; encajando como luces de neón sus deslumbrantes metáforas, su estilo inconfundible, adornado de olores y colores. Pajaritas de papel, canela y regaliz.

Angélica Morales. “La huída del cangrejo”. Mira Editores. Zaragoza, 2010.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Rincón y universo

Para muchos de los que viven en las grandes ciudades los pueblos son lugares tediosos y remotos. Planetas de otra galaxia. Y cuando los conocen se quedan solamente con lo pintoresco y los tópicos y se olvidan de que en esos pueblos viven hombres, mujeres y niños. Que, cómo en todas partes, en esos rincones olvidados hubo un pasado y existe un presente. Hombres que fueron niños libres, felices y desdichados. Jóvenes que, cómo todos, buscaron el placer y se sintieron presos dentro de sus límites. Adultos que esconden secretos tras las puertas; y unas calles, un paisaje, que guardan heridas abiertas.
Dentro de éste “Rincón escondido” están las viejas historias de López Allué, sus pedriscos y cuentos, su Pedro y Juana, sus capuletos y montescos. Sus odios antiguos, sus casas ricas y pobres, su ignorancia, su violencia primitiva y sus celos salvajes. Y está Javier Gracia, escribiendo esa parte del pueblo que cuentan los ancianos y guardan los romances.
Dentro de este “Rincón escondido” está Javier, como Jesús Moncada, escribiendo esa parte de tertulia en los poyos junto a la puerta, de cafés y burlas, famas y sambenitos, niños y trastadas, bailes, petardos, y perros con latas atadas al rabo.
Pero por encima de todo eso, en este “Rincón escondido”, está Javier escribiendo de pueblos y universo. Rincón y humanidad. Niños que descubren la vida y su crueldad en las conversaciones de los adultos. Vecinos y ventanas abiertas, silencios y miradas. Amores antiguos y palabras torpes; y el deseo brotando, espiando un cuerpo desnudo de mujer tras una tapia. La vergüenza de ser de pueblo y volver, mucho tiempo después, a una casa vacía para descubrir que se puede ser pobre aunque te sobre el dinero.
Rincones escondidos donde existe lo único realmente importante: las personas y sus actos, las personas y sus afectos. La fidelidad al amor y su recuerdo, a aquel día en el que se compartió lo poco que se tenía; deuda eterna de gratitud y liturgia del corazón. El amor y su recuerdo repintados cada aniversario, palabras a solas en el corral convertido en jardín. La amistad y el arriesgar la vida por salvar a los demás de la barbarie. Pueblos y ciudades; pasado y presente; mujeres educadas en deseos reprimidos, convencionalismos y prejuicios; mujeres víctimas, maltratadas y sin cobijo. Frío y humillación. Rincones y universo.
Ahora sé que después de este “Rincón escondido” de Javier Gracia cuando la próxima Navidad coja de la bandeja de los dulces uno de esos higos con media nuez dentro que todos los años prepara mi madre me acordaré de la Paxarona y su bondad vestida de domingo. Y que su sabor, antes simple y anodino, será nuevo, peculiar y tierno. Que desde ese momento y para siempre, su sabor me devolverá en secreto un recuerdo antiguo y una historia leída inolvidable. A un lugar y un tiempo lejano de la niñez, al temblor de una tormenta y la fuerza mortal de un rayo; a la humanidad del hombre, a la tristeza y la soledad de los muertos que nadie recuerda, y a la extraña magia del cariño, que nunca debe darnos miedo.

Javier Gracia. “Rincón escondido” Mira Editores. Zaragoza, 2010.

sábado, 10 de julio de 2010

Complicada inteligencia

Empecé a leer “Albeta” con las referencias del “Pedro Saputo” de Braulio Foz y “El país de García” de José Vicente Torrente Secorún. Y es que Albeta, pastor pobre de Torrelapaja, y de inteligencia excepcional, decide abandonar su pueblo y lanzarse a la aventura de conocer mundo. Recorre a pie los pueblos del Somontano del Moncayo hasta llegar a Zaragoza y su viaje se hace descubrimiento, éxito, diálogo y guía de peregrino. Tarazona, el Monasterio de Veruela, y Vera. Bécquer y su huella indeleble y la Ínsula de Barataria quijotesca en Alcalá de Ebro. Pero ahí se acabaron las similitudes de partida. En su camino de ida, vuelta, punto final y destierro hay mucho más que un simple viaje.
“Albeta” es la rebelión de los humildes con inteligencia contra su único destino posible en aquella época y lugar: el seminario. “Albeta” es un retrato desolador y cierto de la sociedad aragonesa de las primeras décadas del siglo XX. Pueblo y ciudad. Pobreza y riqueza. Atraso y prosperidad. Y sus conferencias sobre la higiene ante un auditorio que sólo se lavan cuando llueve me hicieron recordar “Spanish Village”, la serie de fotografías que W. Eugene Smith hizo en Deleitosa (Cáceres) en el año 1950 y a “Las Hurdes” de Buñuel.
Pero lo más sorprendente fue que “Albeta” me hizo cambiar de opinión respecto a la superdotación intelectual. Hasta ayer siempre había pensado que sería una suerte tener una inteligencia extraordinaria y, sin embargo, “Albeta” me enseña que tener un coeficiente por encima de 130 tiene más inconvenientes que ventajas, es más una desgracia que una suerte. Tu inteligencia te permite hablar de todo por referencias, por haberlo leído en los libros. Conoce la fría teoría de las enciclopedias pero no el sentimiento de la experiencia. Y me recordó a “El indomable Hill Hunting” de Gus Van Sant. “Albeta” acaba devorado por la fama, se convierte en una atracción de feria, un Mesías que iba seguido por una corte de admiradores, rodeado de mujeres, niños y ancianos que querían verlo de cerca y tocarlo y que lo escuchaban como a un oráculo. Y esa responsabilidad, ese temor a defraudarlos, le llevan al agotamiento mental y físico, le hacen renunciar a ese papel para recuperar su libertad y querer vivir con la única aspiración de ser un simple pastelero, un artesano del chocolate.
“Albeta” resulta una narración desigual, con una primera parte extensa y profusa y una segunda que se acorta y precipita. Y entonces surge la inevitable referencia de la trilogía “La forja de un rebelde” de Arturo Barea.
Pero lo más difícil de “Albeta” está precisamente en su peculiaridad. En esa extraña forma de expresarse entre gongorina y quevedesca que le hace más cursi que el tío Rana y le convierte a su pesar en un insoportable pedante. Se hace antipático, atormentado, soporífero y complicado, y tan sólo le salvan su alma poética, su insobornable honradez y el ser fiel a sí mismo, a su origen y conciencia.
Pero al final sorprende su ingenuidad y simpleza en un personaje de tanta inteligencia cayendo en la política y en su discurso esteriotipado en lugar de mantener la independencia y el escepticismo.

“Albeta”. Miguel Ángel Marín. Mira Editores. Zaragoza, 2009.

lunes, 3 de mayo de 2010

Una centésima de segundo

“La crueldad del fotógrafo” me ha enseñado a mirar las fotografías de otra manera. A observarlas, enfrentarme a su espejo de papel con otra perspectiva. A temer su poder y apariencia, su predicado y su mentira; las verdades a medias que enseñan; la trampa del tiempo congelado, atrapado, detenido en un segundo sin un antes ni un después.
“La crueldad del fotógrafo” me ha enseñado que las fotografías son la tarjeta de presentación de los recuerdos perfectos. Pero también que son material altamente inflamable. Y es que el recuerdo de cada uno no es más que un traje hecho a la medida de su hambre y de su sed.
Antonio Cardiel me ha enseñado que la fotografía es un ejercicio cruel y devastador porque nos trae el pasado hasta el presente. Lo dota de corporeidad, lo hace real y visible. Me ha enseñado que las fotografías pueden causar dolor o alegría, pueden hacer reír o llorar, pueden ser una tabla de salvación o una puñalada trapera.
Antonio Cardiel me ha enseñado que ver fotos es un ejercicio de melancolía. Que las fotografías devuelven la vida a los muertos, los hacen resucitar; y también que cada foto representa una centésima en la vida de alguien. Y que todas juntas pueden suponer 96 segundos en su vida. Noventa y seis segundos sólo de los momentos de felicidad, de los momentos que todos quieren recordar, pero ni una sola de los momentos oscuros y tristes, de la otra cara, de todos los segundos, horas, meses y años que faltan para completar el círculo que trazan las manecillas del reloj.
¿Qué pasaría entonces si nos encontramos con el álbum de fotografías de los momentos felices de unos desconocidos? No sabemos nada de ellos, así que imaginamos, inventamos una historia acorde a sus sonrisas capicúas e inmortales, a los escenarios soleados, a las fachadas coloreadas donde brillan. Montamos un largometraje basándonos en unas cuantas fotos fijas; emulsiones sin movimiento ni diálogo. Vemos lo que queremos ver, lo que deseamos imaginar. Interpretamos las imágenes a nuestra conveniencia y necesidad.
¿Pero qué pasa cuando todo lo que creímos fortuna y alegría era una mentira vestida de vulgaridad?, ¿cuando las fotografías de la felicidad son un repetitivo cliché?, ¿cuando los misterios se desvelan y se vuelven prosaicos; un auténtico fraude?, ¿cuando lo que imaginamos no tiene nada que ver con la realidad?
¿Qué pasa cuando te encuentras por casualidad dentro de la fotografía de otro? Cuando el tiempo detenido en una fotografía se vuelve el recuerdo perfecto, y recuperar ese pasado en tu único objetivo; el único motivo para llenar tu tiempo; salvarte de tu soledad; darle un sentido a tus pasos; la razón para querer vivir el presente y confiar en el futuro.
¿Qué pasa si te reencuentras con el amor de tu vida y ella ni siquiera sabe quién eres? No recuerda tu nombre ni tu cara, ni ese verano del que le hablas. ¿Qué pasa si el flotador que te mantiene a flote en medio del océano se pincha; el recuerdo se vuelve papel mojado, las fotografías se velan a la luz y la locura en final de trayecto?
¿Qué pasa si descubres que la vida es un fogonazo en medio de la nada?

Antonio Cardiel “La crueldad del fotógrafo” Mira Editores. Zaragoza, 2009.

viernes, 5 de marzo de 2010

En defensa propia

No se trata de encontrarle los defectos a la trama. De verla influenciado por esas series de televisión en las que los policías analizan los detalles microscópicos del crimen, encuentran piezas que no encajan y siempre aparece un pelo con el ADN del culpable. No se trata de pensar en coartadas insostenibles ni en dobles vidas imposibles de mantener ocultas. No se trata de valorar su mensaje desde principios legales o morales ni en comenzar un debate sobre la eutanasia. No se trata de que la protagonista sea una mezcla inaudita entre Lara Croft y un ama de casa y que a ratos parezca un hombre metido en el cuerpo de una mujer. Ni de pensar en que el trío investigador resulta surrealista y absurdo y la abuela parece la hermana gemela de Agustín en un moderno y divertido remake de “La ciudad no es para mí”. No se trata de una literatura con pretensiones estéticas, metáforas y mariposas. No. No se trata de eso. Nada de eso es importante. Sino que se trata de dejarse llevar. Vivir la aventura, reírse y disfrutar. Gozar del buen humor y quedarse con el mundo desgraciadamente real que retrata con precisión toda esta ficción. De esa maldita cosa llamada fama.
De pensar en esos actores que en su tiempo eran famosos galanes y lo tenían todo y que con la llegada de una nueva época pasaron a ser nada. En esa caída libre en el abismo. En descubrir a un hombre acabado, consumido, devastado, destruido. Y en la posibilidad de que exista un moderno Tánatos que elimine a los que no desean vivir. A los expulsados de ese paraíso que apesta, a los tachados de la lista de la fama.
Pero no se trata sólo de eso. En esta novela de Ricardo Bosque hay sobre todo una crítica a todo ese mercadillo infecto que podemos ver cada día en la televisión. Esos programas donde algunos venden sus miserias propias y ajenas por unas monedas. Y de todos los que viven de ese sucio cuento. Y del público que disfruta consumiendo esa mercancía podrida al ritmo de un politono. Un submundo en el que un fotógrafo idealista que quería ser como Weegee, el fotógrafo de Nueva York y “El ojo público”, descubre que las fotografías de papel cuché se hacen por encargo, orden y supervisión de la superioridad. Y los mensajes no se dejan en el contestador sino que se graban a golpes en un lugar sin testigos. Made in spain al estilo siciliano.
Un mundo repleto de frivolidad en el que juraría que José Luis Gracia Mosteo hace un divertido cameo que nos llevará hasta la reina de todos esos peones, de toda esa mentira y ese espectáculo denigrante. La persona que escribe y dirige los guiones retorcidos del mundo del corazón. La madame de ese putiferio rosa. Una cínica que dice ofrecer un servicio público a la plebe porque siempre ha necesitado individuos de los que reírse y olvidar así sus propias desgracias. Un nuevo circo romano donde los leones tienen apariencia humana y los cristianos son voluntarios deseosos de obtener fama y dinero vendiendo su dignidad.
Eso es lo verdaderamente importante. Dejar en evidencia toda esa farándula vomitiva. Lo triste y despreciable que resulta. Y agradecer el buen humor de Ricardo. Su estilo ácido y directo contándonoslo. Y descubrir que un ramo de flores lo puede cambiar todo, puede confirmar, en exclusiva y en directo, todas las miserias nacidas de la ambición y el oportunismo; puede convertirnos en cómplices alegres de un acto de justicia, de una mujer que los tiene bien puestos y actúa en defensa propia; dejarnos una sonrisa maliciosa y el sabor agridulce de un sórdido circo que ojala no existiera, pero que, desgraciadamente, el próximo sábado volverá a levantar el telón.

Ricardo Bosque. “Suicidio a crédito”. Mira Editores. Zaragoza, 2009.

jueves, 4 de febrero de 2010

Cuando la luz se apaga

Se me ocurrió un texto para esa tira de papel rojo que se pone en los libros y sirve de reclamo al comprador: Si tienes hijos recién nacidos, hijos de 6 años, hijas de 20, perros, gatos o mascotas de cualquier tipo, NO compres este libro. Porque “Mentes perversas” de Óscar Bribián arranca, a la primera, el maquillaje de los demonios ahogando nuestra inocencia en una bañera. Y los asesinos en serie, esos estereotipos del terror adolescente, se convierten en mamarrachos con caretas y uñas postizas de las fiestas del carnaval. Porque el verdadero terror son unos padres y su ángel dacroniano, es oír a nuestra hija maullar como un gato, es un niño desaparecido sin dejar ni rastro. Es la lotería de la vida -la de verdad, y no esa estupidez de cada diciembre- la que decide que hoy estés vivo o muerto. Ese terror que si se adueña de ti no te dejará dormir hasta que tu hija vuelva a casa cada sábado por la noche. Y es ese miedo que si tienes perros te hará pensar seriamente en sacrificarlos. Y si tienes gatos te hará odiar sus ojos brillando en la oscuridad y dejar de darles de comer. Y si todavía no llevas un amuleto en el bolsillo empezarás a llevar uno por si acaso.
Si eres aprensivo, claustrofóbico y te preguntas: ¿a dónde vamos después de muertos? NO compres este libro. Porque después de estas “Mentes perversas” temerás acabar caminando por un desierto que te llevará hasta un lugar donde se escuchan los lamentos de los condenados. Mirarás con desconfianza a los cuervos y descubrirás que Jekill y Hide son nuestro sueño y nuestra vigilia, una parte de nosotros mismos que desconocemos y que actúa por su cuenta sin control. Y sentirás el ahogo de los techos bajos, y las paredes estrechas de piedra húmeda. El terror de un hombre corriente secuestrado, atrapado en un zulo sin saber porqué.
Si sólo buscas terror NO compres este libro. Porque en “Mentes perversas” están los elementos clásicos que producen el miedo. Están las tormentas y las cuevas, los pasadizos y los laberintos, las brujas de los Pirineos y sus pócimas. Pero está también el humor y la ironía de Óscar mostrándonos la venganza de la inteligencia frente a la belleza superficial; la banalidad que reina en un plató de televisión. Y está un hombre que tiene que asesinar a su mejor amigo. Un corto de cine negro americano en un barrio periférico de yonkis y ladrones, bares con máquinas tragaperras y calendarios de tías en pelotas. Una historia de perdedores y una viuda negra vestida de azul. Está la terrorífica e indignante violencia que sufren las mujeres. Y un chaval, aprendiz de delincuente cum laude, cavando en plena noche un hoyo en un descampado bajo la atenta mirada de un ángel exterminador.
Si lees este libro no apagues después la luz. Porque Óscar te devolverá a tu terror infantil, a tu miedo a la oscuridad. Te meterá dentro de un túnel y te dejará a oscuras. La linterna se quedará sin pilas, la bombilla de 40 vatios y su pálida luz se apagará de repente, la cerilla se consumirá y seguirás vivo, pero completamente a oscuras. Y oirás tu respiración alterada, ruidos de insectos y alimañas; te oirás a ti mismo llorar, temblar como un niño asustado.

Óscar Bribián. Mentes perversas. Mira Editores. Zaragoza, 2009.

martes, 8 de septiembre de 2009

El brumario de Emilio

Como dice la canción del Reno Renardo, “crecí en los ochenta”, y esa es mucha distancia a efectos generacionales, más conceptuales que cronológicos, si te lanzas a comparar Brumarios. Y es por ello, que de no mediar cercanías afectivas, familiares, de no haber vivenciado en primera persona (aunque con ojos de niño-adolescente) las coletillas de todo aquello, seguramente me hubiese quedado con la parte de crónica social, de “Cuéntame”, -como de forma reduccionista se define ahora a la historia de gran parte de nuestro siglo XX-. Pero no es el caso.

Encontrará el lector -y la lectora- (el feminismo de diseño se mide hoy en día por estos detalles), un relato de posguerra y Transición, sí, un retrato sociológico, también. Pero por encima de todo, en él se habla de política, es decir, de teatro, de música, de Cocina -con mayúsculas-, de pasiones. Política también en su significado más literal, política de la buena, de la de entonces. Y en cuanto a hilos conductores, el Brumario es acción, es amistad, es Aragón..., y es recuerdo argumental de desengaños, y de dolidas ausencias; físicas, éticas y morales. El Brumario es, en definitiva, humano. Con sus grandezas y con sus miserias.

El protagonista se descubre, a través del escritor, como un hombre cortés, franco -sin mayúsculas-, honrado. Un personaje lleno de agradecimientos que repartir y recuerdos que compartir. Preocupado por sacar a la luz la intrahistoria (aquella de la que hablaba Unamuno), la de los que no ocuparon en la versión oficial el puesto que merecían, y también de los que la ocuparon durante muchos años, y siguen, disfrazados de demócratas al uso.

Es un texto amable, sí, como el propio Emilio, y optimista en su conjunto (a pesar de todo). En sus páginas se dice mucho –entre líneas más- y la estopa, que haberla hayla, se adorna en magníficos requiebros literarios, que a buen entendedor...

Y para finalizar, un consejo: no pidáis para este texto salsas ni aportes extravagantes. La materia prima, Emilio, es de primerísima calidad, de temporada, y el acompañamiento del autor es notable en cantidad. Vuelta y vuelta es suficiente para obtener un libro de obligada deglución.

Que aproveche.

...Y ahora permitidme que regrese a las cercanías afectivas, familiares, de “la Casa”, y en comedores más personales, comparta con Emilio que la sosegada lectura que hice de su Brumario, tuvo marcada vocación internacionalista, pues fue desgranada en Cerdeña -la tierra de Gramsci y Berlinguer- y finalizada en Malta (dónde siempre se conduce por la izquierda), frente a las costas de ese mar que quisieras para Zaragoza, un 20 de agosto de 2009, a 43 años exactos, más o menos, de todo aquello.

"EL BRUMARIO DE EMILIO" de JORGE CORTES PELLICER.
MIRA EDITORES, S.A. 2009
381 páginas. Año y lugar de edición: 2009, Zaragoza
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Texto y fotografía de Sigfrido González.

viernes, 24 de julio de 2009

Perra vida

Sé que existen; los he visto desde la ventanilla del tren, al salir de la ciudad. Los he visto mil veces en reportajes de la televisión, en las páginas de sucesos del periódico.
Sé que existen, pero nunca he estado allí. Nunca me he manchado con el barro de sus calles sin asfaltar, ni he tenido que enfrentarme a sus miradas metálicas, a su violencia o a su desesperación.
Sé que existe gente así. Malnacidos que golpean a sus mujeres y a sus hijos. Bestias. Hogares que son purgatorios, penales, lugares de paso. Que es mejor estar en la calle, en un banco del parque, en cualquier otro sitio.
He visto de lejos esos barrios precarios, siempre en las afueras, con la ropa tendida a la calle en diminutas terrazas con bombonas de butano. Siempre de lejos. Descampados, coches calcinados, perros sin collar. Y en el cine los yonquis, los perdedores, los muertos, los ajustes de cuentas, los tipos duros de pelar.
Sentí vergüenza y alivio de mi suerte. Suerte de haber pasado mi vida en un colegio donde nunca conocí las drogas, ni camellos en la puerta, ni chavales que abandonaran los estudios para irse a trabajar de paleta o de camareros. De vivir en un barrio sin pandillas, territorios, trapicheos de golosinas y peleas de perros clandestinas.
Pensé que nunca he visto ese mundo, pero que existe. Y Mario me lo ha mostrado. Lo mete por los ojos con golpes secos y certeros. Rápido, sin dejarte tomar aliento, cayendo por un terraplén. Sin un solo adorno en un lugar donde, en Navidad, no hay bombillas de colores para decorar las calles.
“Perro mordedor” me dejó dolorido, con el eco de los gritos retumbando entre las hojas. Ni si quiera el final, ese último gesto, me consoló. Todos esos lugares, esa gente, esas noticias de la televisión dejaron de ser un ruido de fondo para convertirse en furia, sangre y manos vacías. Ese cuerpo tumbado en la acera, tapado con papel brillante, dejó de ser nada para hablar de sus heridas, de los golpes y el desconcierto, el odio y el amor que sintió cuando estaba vivo. Todo eso que no cuentan las noticias.
Una historia donde todos tienen nombre, todos excepto el protagonista, que es tan sólo un muchacho que eligió el camino más corto para ganarse el respeto, tener dinero en el bolsillo y sentirse protegido bajo la sombra de la fuerza. Cumplir un encargo fácil y que el amor se cruce entre las patas de un perro. La sensación de soledad rota por una sonrisa en inglés y besos de hierro. Y descubrir una mentira lo cambia todo. Lo roba todo, la única esperanza. Y otro error lleva a perder la protección y recibir una paliza. Ser nadie. Dejar de tener la seguridad y el respeto. Dejarte más solo. No tener a quien acudir. Y el odio nace con el sentimiento de culpa por un amigo muerto. Una tumba anónima. Un entierro en el que nadie lloró. Una mujer con un vestido de novia raído, con el mono a punto de saltarle desde las venas del cuerpo, perdida, sin saber a dónde ir. Una mosca sin alas. Y la venganza asesina para escuchar un grito en la cabeza. Y una renuncia, un deseo de dejarlo todo. Pero antes un último trabajo, una deuda que pagar. Y después una náusea. El nombre de un traidor. El arrepentimiento, el asco, la última oportunidad de reconciliarse consigo mismo. Y al final la esperanza en que un perro sepa hablar y pueda contarlo todo.

Mario de los Santos “Perro mordedor” Mira Editores. Zaragoza, 2008.