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lunes, 13 de septiembre de 2010

Cera y manzanas

Para Sigfrido González

No eras tú, pero fue lo más parecido que encontré.
Tenía tu mismo color de pelo: negro abisal. Lacio, suave, brillante y eléctrico. Los ojos como los tuyos: ligeramente rasgados, faraónicos, subterráneos. Y el mismo frío, la misma mirada dominante, indiferente, magnética.
La encontré por catálogo. Productos exclusivos para clientes exigentes. Máxima discreción. Pasaba las hojas y miraba sus rostros perfectos buscándote. Como una rueda de reconocimiento ilegal. Agrupadas por razas, color de pelo y ojos, estatura y medidas de tres variables. Una foto de un primer plano y dos de cuerpo entero. Todas con un mismo vestido corto, luminiscente y plateado; eternas coristas de una orquesta ambulante. Y todas también desnudas; con una pierna adelantada, el brazo izquierdo en jarra y el derecho pegado al cuerpo.
Me dijeron que si no encontraba lo que buscaba podían conseguirme una a la medida de mi deseo. Pero los encargos especiales sobrepasaban mi presupuesto y además tenía que aportar datos sobre ti que no tenía: tatuajes, marcas o cicatrices, la simetría de tu cuerpo en centímetros y una fotografía de tu rostro. El retrato robot de mi insomnio. Mi particular pesadilla desde aquel lunes cuando, al llegar a la tienda donde siempre te veía, me encontré con un cartel de “Se traspasa” y un cristal pintado en blanco.
Te busqué por toda la ciudad y no te encontré. Te busqué durante un año y no apareciste. Ninguna tenía tus ojos rasgados; tu exótica, irresistible y magnética belleza. Ninguna se parecía a ti. Por eso pagué para que ella viniera. Porque ella se quedaría conmigo y yo creería la mentira de que eras tú.
La tarde que llegó a casa desprecié su maleta. Sus accesorios, sus pelucas, su ropa interior y sus juguetes de látex. Lentamente le quité el vestido plateado y el tanga minúsculo y se quedó desnuda en el centro del salón. Como un insecto miope giré a su alrededor y aspiré el leve perfume que desprendía su piel. Olía a cera y manzanas. Mentira y pecado.
Su estatura, su pelo; su cuerpo que imaginé el tuyo. Era perfecta. Valía lo que había pagado. Los meses de búsqueda. Gastar todos mis ahorros para tenerla y creer que eras tú. No tendría que temer no estar a la altura de sus expectativas. No oiría ni un solo reproche sobre mi cordura y mi comportamiento inadecuado. No me despreciaría por mi precipitación ni por el sudor de mis manos. Sus labios dispuestos, su boca ligeramente entreabierta; su sexo depilado, sus pechos redondos y duros; su silenciosa disposición, sus ojos tristes, inexpresivos.
Puse mis manos sobre sus hombros y recorrí lentamente sus brazos sin vello. Tenía un tacto extremadamente suave, tibio. Los dedos sin anillos, las uñas sin pintar. Con mis caricias temblaba y sus ojos parpadeaban bajo sus largas pestañas. Me miraba sin resistirse ni estremecerse, sin mostrar ninguna emoción.
Traje la bata de seda y la cubrí. El nudo sobre su vientre plano, los pechos insinuándose bajo la tela. Con suavidad la agarré por debajo de las rodillas y de los brazos y la llevé hasta el dormitorio. Novia secreta de plástico y soledad. La tumbé en mi cama y la arropé con la sábana. Sus ojos se cerraron en un reflejo mecánico. Apagué la luz y salí del cuarto. Aquella noche por primera vez desde hacía un año, tu pesadilla dejó de perseguirme. No eras tú, pero se parecía bastante.
A la mañana siguiente sus ojos de muñeca oriental se abrieron al sentarme junto a ella, sentir el peso de mi cuerpo sobre la cama. La levanté y llevé hasta el cuarto de baño. La despojé de la bata de seda y la puse frente al espejo. Con suavidad cepillé su pelo hacia la frente y con las tijeras corté el flequillo al ras de las cejas. Me arrodillé ante ella y con cuidado para que no perdiera el equilibrio le puse las sandalias de verano que había comprado. Iguales a las que llevabas la última vez que te vi y que encontré de casualidad en una boutique del centro mientras te buscaba por todas las tiendas de la ciudad. Tiras rojas, adornos de pedrería, tacón alto. Número 37. De nuevo giré a su alrededor. Estaba más esbelta, sus nalgas más redondas y rotundas. Y en el espejo el reflejo de tu rostro, tu mismo peinado, tus ojos rasgados.
Con delicadeza la cogí de las manos y la arrastré hasta el ventanal del salón. Levanté su brazo derecho, doblé su codo, y coloqué la mano sujetando la cortina. Sus articulaciones cedían a mi capricho. El brazo izquierdo lánguido, pegado al cuerpo. La cabeza ligeramente inclinada. Se dejaba manejar igual que la modelo obedece al fotógrafo corrigiendo la postura y permaneciendo inmóvil en la posición que yo deseaba. La luz de la mañana brillaba en su piel y en su pelo sintético.
Salí cerrando la puerta despacio, bajé a la calle y me situé frente al edificio, en la acera contraria. Desde allí pude verla asomada a la ventana del balcón, la mitad de su cuerpo desnudo mostrándose, la otra mitad cubierto por la cortina; la mirada fija, perdida en la calle.
Así, desde la distancia, la confundí contigo.
Me marché a trabajar con la seguridad de que cuando volviera ella seguiría en el mismo lugar. Esperándome quieta en el balcón. Creer, al verla desde la calle, en la ficción de que eras tú la que me estaba esperando.
Pero cuando regresé por la tarde no estaba.
Alguien la habría visto; subido hasta casa, forzado la puerta con una palanca y se la había llevado.
De ella tan sólo quedaba una sandalia con el tacón roto y mechones de su pelo en el cubo de la basura.
En ese momento comprendí que no era yo el único en esta ciudad que te conocía y deseaba; que era adicto a tu exótica, irresistible y magnética belleza; que quería tenerte a su lado y te echaba de menos desde aquel lunes de septiembre de hace un año cuando, al terminar las rebajas, cerraron la tienda y desapareciste del escaparate.

Texto de Jorge del Frago.

Fotografía de Reinaldo de Abreu
http://www.reinaldodeabreu.com/

jueves, 22 de abril de 2010

Entreacto

Entreacto
es
eclosión
y alimento,
tiempo nuevo,
silencio,
alacrán sin aguijón.
Entreacto
es patria
y es quimera,
territorio fértil,
pelea,
planeta sin gravedad.
Entreacto
es refugio
y es tormento,
lugar íntimo,
paréntesis,
efímera lealtad.
Entreacto
es búsqueda
y es comienzo,
es vida
y reflejo,
identidad y lugar.
Entreacto
es tregua
y alfabeto,
intermedio,
partida de nacimiento,
incendio, instante, verso,
la única verdad.

Poema de Jorge del Frago

Fotografía de Sigfrido González
http://www.flickr.com/photos/sifro/

domingo, 28 de febrero de 2010

Pensando en mí

Dime
si merece la pena,
si no sería más fácil
vivir.
Dime
cuántos días he restado
a un futuro imperfecto
por creer en ti.
Dime
cuántas barricadas me quedan
por saltar,
cuántos tropiezos más
hasta alcanzarte.
Dime si acaso
eres real.
Dime
cuánto tiempo más
debo seguir
hasta perdonarme.
Dime
qué debo hacer
para
traicionarte.

Poema de Jorge del Frago

La fotografía es de Sigfrido González
http://www.flickr.com/photos/sifro/

lunes, 21 de diciembre de 2009

Poemas para Laura

Dos.-

Seguramente
no sirva de nada,
que tan sólo esté dando
vueltas en círculo,
órbita terrestre
alrededor de ti.
Que sirva tan sólo
para aborrecerme,
embarrancar,
quedarme clavado
en el mismo lugar.
En el último día,
la última noche,
el día siguiente
después de ti.

Poema de Jorge del Frago.

Fotografía de Sigfrido González.

http://www.flickr.com/photos/sifro/

martes, 6 de octubre de 2009

El círculo hermético


Y tan hermético…y no digo más, que desvelar cualquier pequeña pista puede ser fatal para la necesaria y placentera investigación lectora. Y es que la redonda propuesta de Lalana y Almárcegui es todo un reto para aquellos que gustan de juntar las piezas, elaborar esquemas mentales, recrear los hechos, bucear, y plantear hipótesis.

Al compás de una acción trepidante, si además te apetece jugar con los escenarios (tan cercanos a ti, si frecuentas las calles zaragozanas), y enfundarte en la piel de los protagonistas, te auguro dos días –el libro engancha de tal manera que devorarás sus páginas-, de intensidad detectivesca, de misterios por resolver, de indagación permanente.

Acude a tu cita, hazlo, y encontrarás un mucho de relato histórico, un más de novela negra, aventuras, confesiones y amoríos, y hasta morbosos salpicones de gore al estilo aragonés, que de todo tiene este libro. Y no digo más, que la maraña de “El Círculo” te aguarda. Entrégate a sus argumentos. No temas. No sufrirás martirio alguno..., y acabarás por descubrir unas miradas..., diferentes.

Y no digo más....que con esto último, ya he dicho bastante...

¿Cuánto tiempo más serás capaz de esperar para empezar a desentrañar el secreto?

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El Círculo Hermético
Autores: Fernando Lalana – José María Almárcegui.
Editorial: Editorial San Pablo Año de publicación: 2009. Número de páginas: 552
Genero: Novela. Colección: Novela juvenil.

Texto y fotografía de Sigfrido González.
http://www.flickr.com/photos/sifro/

martes, 8 de septiembre de 2009

El brumario de Emilio

Como dice la canción del Reno Renardo, “crecí en los ochenta”, y esa es mucha distancia a efectos generacionales, más conceptuales que cronológicos, si te lanzas a comparar Brumarios. Y es por ello, que de no mediar cercanías afectivas, familiares, de no haber vivenciado en primera persona (aunque con ojos de niño-adolescente) las coletillas de todo aquello, seguramente me hubiese quedado con la parte de crónica social, de “Cuéntame”, -como de forma reduccionista se define ahora a la historia de gran parte de nuestro siglo XX-. Pero no es el caso.

Encontrará el lector -y la lectora- (el feminismo de diseño se mide hoy en día por estos detalles), un relato de posguerra y Transición, sí, un retrato sociológico, también. Pero por encima de todo, en él se habla de política, es decir, de teatro, de música, de Cocina -con mayúsculas-, de pasiones. Política también en su significado más literal, política de la buena, de la de entonces. Y en cuanto a hilos conductores, el Brumario es acción, es amistad, es Aragón..., y es recuerdo argumental de desengaños, y de dolidas ausencias; físicas, éticas y morales. El Brumario es, en definitiva, humano. Con sus grandezas y con sus miserias.

El protagonista se descubre, a través del escritor, como un hombre cortés, franco -sin mayúsculas-, honrado. Un personaje lleno de agradecimientos que repartir y recuerdos que compartir. Preocupado por sacar a la luz la intrahistoria (aquella de la que hablaba Unamuno), la de los que no ocuparon en la versión oficial el puesto que merecían, y también de los que la ocuparon durante muchos años, y siguen, disfrazados de demócratas al uso.

Es un texto amable, sí, como el propio Emilio, y optimista en su conjunto (a pesar de todo). En sus páginas se dice mucho –entre líneas más- y la estopa, que haberla hayla, se adorna en magníficos requiebros literarios, que a buen entendedor...

Y para finalizar, un consejo: no pidáis para este texto salsas ni aportes extravagantes. La materia prima, Emilio, es de primerísima calidad, de temporada, y el acompañamiento del autor es notable en cantidad. Vuelta y vuelta es suficiente para obtener un libro de obligada deglución.

Que aproveche.

...Y ahora permitidme que regrese a las cercanías afectivas, familiares, de “la Casa”, y en comedores más personales, comparta con Emilio que la sosegada lectura que hice de su Brumario, tuvo marcada vocación internacionalista, pues fue desgranada en Cerdeña -la tierra de Gramsci y Berlinguer- y finalizada en Malta (dónde siempre se conduce por la izquierda), frente a las costas de ese mar que quisieras para Zaragoza, un 20 de agosto de 2009, a 43 años exactos, más o menos, de todo aquello.

"EL BRUMARIO DE EMILIO" de JORGE CORTES PELLICER.
MIRA EDITORES, S.A. 2009
381 páginas. Año y lugar de edición: 2009, Zaragoza
.


Texto y fotografía de Sigfrido González.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Ya no

Ya no creo en el amor.
Perdóname.
Ya tan sólo
creo en mí.
En mi egoísmo
y mi existir,
en mis ganas de llorar.

Perdóname.
Ya no creo
en ese verbo ardiente, absoluto,
en esa extrema plenitud.
No es verdad.
Ya no existe ese lugar.

Perdóname.
Ya no soy capaz
de entregar la mirada,
el tiempo, el silencio,
todo mi ser,
a esa emoción intensa,
generosa
forma de sentir.

Perdóname.
Ya no puedo entender,
querer otra cosa
que no sea yo mismo,
mis ganas, mi necesidad
por apuñalarme, morir desangrado,
cada noche resucitar.

Perdóname.
Ya no creo en el amor.
Tan sólo creo
en ajustar cuentas, errores,
palabras pendientes
con el tipo que ahora soy.
En rebelarme y liquidar
años, pasado, vida,
deudas sin pagar.

Poema de Jorge del Frago

Fotografía de Sigfrido González.
http://www.flickr.com/photos/sifro/

viernes, 27 de marzo de 2009

Los cañones de Zaragoza


Desafiando el tránsito de “machinas” que poblaban las calzadas de Zaragoza, los valientes componentes de aquella squadra se abalanzaron sobre la puerta del Templo. Cruzaron las bancadas repletas de fieles y arriesgaron el pellejo para alcanzar su objetivo: el cajón de bronce a través del cual subirían a lo más alto de la Torre del Fin.
Desde ahí podían divisar las estrechas bocacalles y obtener las coordenadas exactas del lugar en el que iban a encontrar el preciado tesoro que habían venido a buscar. El campo de visión era demasiado amplio, entre San Miguel de los Navarros y el Palacio del Conde de Aranda. Ahí, tenía que estar ahí.
Sin esperar a que anocheciera, y no sin antes asegurarse de que llevarían suficientes monedas de oro, se adentraron en el viejo puerto fluvial, dónde les esperaba Agustina. El paseo en aquella barcaza se hizo eterno, y no estuvo exento de encuentros inesperados con las tropas del General Trolebús.
Amanecía ya. Paolo Sidonia, Sebastián Cienfuegos y Eduardo Sigfrido llegaron a la Imprenta vieja del Hospital. Ante ellos apareció una sala repleta de legajos, pergaminos y volúmenes literarios en la que iba a ser imposible hallar lo que tanto ansiaban. De pronto, el Comandante González recordó las palabras del Vizconde, -“Los cañones se fundirán en sangre”. Todos parecieron comprender, y como si de una aparición se tratara, justo frente a ellos emergió aquel tomo de lomo rojo que agarraron con ansiedad. Dejaron varias libras jaquesas en el hueco que se había formado en el estante, y sin tiempo para más, introdujeron el libro en la bolsa. Por fin era suyo “1808 LOS CAÑONES DE ZARAGOZA”, de Fernando Lalana y José Mª Almárcegui.
No quedaba mucho para que oyeran sonar el tañido de la campana de los perdidos. Cumplida su misión, debían emprender el viaje de partida a Huesca.

Texto y Fotografía:
Sigfrido González Pardo

Ficción Literaria -repleta de guiños- inspirada en el libro “1808. Los cañones de Zaragoza”, de Fernando Lalana y José Mª Almárcegui. Formato: Rústica con solapas. Sobrecubierta impresa en el interior con un mapa histórico Páginas: 220. Fecha de publicación: 11/3/2008. Género: Novela. Colección: Serie Roja. A partir de 14 años.

“Mayo de 1808. Una escuadra de artilleros mercenarios parte de Venecia hacia Zaragoza para cumplir con un singular encargo del Conde de Fuenclara. Pero no menos misterioso resulta ser el verdadero motivo que ha llevado a los jefes de la squadra a aceptar este trabajo: encontrar el secreto para fabricar los mejores cañones del mundo, fundidos en Zaragoza años atrás bajo el sello “Dei Machina”. Todos sus planes sufrirán un vuelco inesperado con el asalto a la ciudad por las tropas de Napoleón. Los generales franceses cuentan con lograr la victoria en unas pocas horas, pero durantes los siguientes cuarenta y cinco días, españoles, venecianos y franceses librarán una feroz batalla. Es el primero de los “Sitios de Zaragoza”.
http://www.alfaguarainfantilyjuvenil.com/index.php?s=libro&id=695

domingo, 22 de febrero de 2009

Conversaciones con Mariano


A Pepo Montserrat (in memoriam)

Las primeras conversaciones con Mariano tuvieron lugar en la finca de Movera, paseando por la granja, en una escena –que todavía hoy existe en formato 8mm- casi Buñuelesca, con ovejas incluidas y retazos de Orwell, con más personajes y yo, en el papel de “la soldadesca”, atento a cualquier desmán de la manada. Por aquel entonces, hablábamos en el cuarto de los juguetes, enorme nave repleta de ellos, que con el paso de los años pareció empequeñecer para romper las dimensiones que sólo tus ojos de infante te dan; y recuerdo también una mesa de corte medieval y platos de barro al uso, cerca de la chimenea.

Luego vinieron más conversaciones, muchas, esta vez en la calle Costa, entre Teatro leído, música de Hindemith a todo volumen (“como debe ser”) y lápices de colores en cajas repletas de tonalidades. Por aquella época -los tiempos se desdibujan- también conversaríamos en el escenario del Teatro Principal, en la “Oficina de horizonte” de Labordeta, Miguel, o en torno a la “Ensalada”, y en el local de ensayos del antiguo Teatro Fleta, el que recuerdo con más cariño, quizá por la fascinación de conocer a Fernando de Aragón disfrazado de Mariano, o a mi padre de Colón, ¿o era al revés, como en aquel otro cuento de Caperucita?…

Y también hubo tiempo para los libros de “Mercenarios” y crónicas periodísticas sobre extraños acontecimientos a raíz de la “Muerte accidental de un anarquista”. Y mucha pintura. La de Mariano. Y Cine y Televisión, e incluso con el paso de los años teatro en “deuvedé”, fíjese usted, ¡quién nos lo iba a decir!

También existieron conversaciones teñidas de tragedia griega, como la que se desarrolló en Reus, con aquel contrapeso que se desprendió de vaya usted a saber dónde y acabó a escasos centímetros de un Mariano con suerte. No he olvidado esa escena, y me consta que el protagonista tampoco lo ha hecho. Ya pasó. Y también pasó Reus.

Y en la vuelta a Aragón -entre Huesca y Zaragoza-, conversamos entre cameos, a sus órdenes, cuando yo jugaba a ser el figurante Romerales, pueblo entero, o aspirante a paje 1º.... Tiempos de giras y montajes de escenografías en honor a Enrique IV (¡¡¡mastodónticas y pesadas escenografías, Mariano!!!), y entre unas y otras, el Real Zaragoza, algo de Medea…. y Casa Emilio, siempre Casa Emilio (comidas, cenas y nocheviejas).

Hace poco, o algo, conversamos de nuevo. Oí su voz después de su recuperación, y volví a verlo de nuevo en el Concierto de Quilapayún, en Zaragoza. Y habrá más lugares para el encuentro, y conversaciones, claro que sí…y con suerte, volverá a llamarme marsupial, como en aquel ya lejano 1966.

Pero existen otras conversaciones, éstas con apellidos, Cariñena-Castro, y otros protagonistas, Antón. Y repite Mariano, en el papel de primer actor. Y aquí lo mejor; están editadas, y si me lo permites, debes leerlas. No todos los días se tiene la oportunidad de descubrir a un “hombre total”.

http://www.centrodramaticoaragon.com/web/documentacion/detallepublicacion.asp?idma=es&id=6

Texto de Sigfrido González.
Fotografía/composición: Juego fotográfico de espejos sobre la portada original* del libro “Conversaciones con Mariano Cariñena” (Antón Castro) y fotografías de archivo personal propio, obra de Sigfrido González

*Fotografía de portada (José Miguel Marco). Composición de Ángel Lalinde

miércoles, 11 de febrero de 2009

Un deseo solamente

Para José Antonio Lozano

No le parecía justo. Ellos eran tres y sólo podía pedir uno. Pero el rubio se lo había dejado bien claro. Esa era la oferta. Sólo un deseo.
Y se había quedado sentado en el otro extremo del sofá, quieto como una figura de cera, mirándole fijamente, esperando su respuesta.
El castaño curioseaba por todo el salón. Acariciaba el lomo de los viejos libros de las estanterías, le daba la vuelta a las figuritas de porcelana, buscaba la firma de los cuadros y sopesaba los marcos y los candelabros de plata.
El negro se había sentado en el sofá pequeño y hojeaba una revista de moda con sus manos enguantadas. A sus pies una enorme bolsa de lona vacía.
-Una cosa, sólo una- susurraba él, mientras trataba de decidirse.
Miró al rubio. Se estaba sacudiendo el confeti pegado en el armiño de la capa. Los diminutos trozos de papel caían sobre la alfombra. Eran de todos los colores: rojo, azul, verde, blanco.
Trató de concentrarse. Una cosa, un solo deseo…
El castaño sacó una cajetilla de tabaco y encendió un cigarrillo. Cogió un cenicero de la estantería y se sentó en el sillón orejero, frente a él. Cruzó las piernas y se puso a mirarle con descaro. Llevaba unos botines negros con cremallera, de tacón cubano. Extraño calzado para un rey.
Desvió la mirada para poder pensar. Una cosa, un solo deseo…
El negro se había puesto a hacer una torre con los trozos de guirlache de la bandeja de los dulces. Los iba poniendo con cuidado uno encima de otro, había puesto ya cuatro, cinco, seis trozos. Estuvo por contarle el truco que él utilizaba de pequeño para conseguir que la torre no se derrumbara: chupar bien chupaos los trozos de guirlache para que se pegaran uno con otro.
Oyó un carraspeo. Miró al rubio. Con gesto de impaciencia le señalaba la esfera de su dorado reloj de pulsera.
-Está bien, está bien- dijo él. Si es que me estáis distrayendo. Así no puedo pensar. Y cerró los ojos para concentrarse. Una cosa, un solo deseo…. piensa, piensa.
-Ya lo sé- dijo en voz alta.
Y al abrir los ojos se habían marchado.

Texto de Jorge del Frago

Fotografía de Sigfrido González.

Podéis disfrutar de más imágenes de este fotógrafo aragonés en su galería http://www.flickr.com/photos/sifro/
Y también, como curiosidad, pasaros por este sitio
http://sigfrido-sifro.blogspot.com/