Revelando dos viejos carretes aparecieron fotografías de lugares que soy incapaz de identificar. Todos los lugares son distintos y todos se parecen. Quizás sea un estilo. O una mirada. Seguramente no sea más que una repetición constante. Una obsesión que no lleve a ningún sitio.
jueves, 5 de marzo de 2015
Algún lugar en la provincia de Huesca
Revelando dos viejos carretes aparecieron fotografías de lugares que soy incapaz de identificar. Todos los lugares son distintos y todos se parecen. Quizás sea un estilo. O una mirada. Seguramente no sea más que una repetición constante. Una obsesión que no lleve a ningún sitio.
jueves, 26 de febrero de 2015
Soplos de vida
A lo
mejor a algunos les parecerá una chorrada, pero yo soy de los que se fija en
esas cosas, en esos pequeños detalles. Al fin y al cabo se trata de la portada
y eso es lo primero que vemos de un libro: su cara. Y esa cara puede hacer que
nos fijemos en él entre los otros diez que haya sobre la mesa de novedades. Sí,
ya sé que lo realmente decisivo debería ser el nombre del autor, pero una cara
atractiva cuenta y eso es algo que las editoriales no deben despreciar. A nadie
se le ocurriría ir a una entrevista de trabajo en chándal (a no ser que vivas
en Venezuela, claro).
En “No me cuentes mi vida” la portada es
colorista y llamativa, con una composición de nueve cuadros en pequeño formato de
los que reconocí tres. En el interior (y ésta es la chorrada en la que me fijo)
se dice que es un “Montaje sobre detalles
de varias obras de Eduard Munch”, pero resulta que en el centro está “Los
jugadores de cartas”, un cuadro de Paul Cézanne. Sí, vale, es una chuminada,
pero no sé si es un despiste o algo hecho a propósito para ver si algún friki
como yo (prefiero quedar de friki que de pedante cultureta de tres al cuarto)
se fije y abra la bocaza. A lo mejor es una estrategia de la editorial y se
trata de un concurso de ver quién encuentra el gazapo. Si hay premio lo reclamo.
Un lote de libros estaría bien. Pueden ponerse en contacto conmigo en aragonliterario@gmail.com.
Gracias.
Alguno
dirá que estos detalles no son importantes, que es una anécdota que no lleva a
ninguna parte, que lo realmente importante está en lo que hay dentro. Y
seguramente tendrán razón, pero es que para mí un libro comienza desde su
portada, desde el diseño de la cubierta, antes de empezar a leerlo, y esos
detalles pueden hacer que se quede sobre la mesa de la librería o me lo lleve a
casa. Aunque también he de reconocer que ha habido libros con un diseño insulso
pero con una literatura excelente en su interior y al revés.
Está
bien, voy a dejarlo ya porque si no alguno podría cansarse e irse a ver la
tele. Olvidándonos del despiste o el concurso es cierto que lo que de verdad
importa es lo que hay dentro y en la “Nota
del autor” Tejedor a modo de presentación nos dice: “Escribimos relatos y novelas, soñamos poemas, empeñamos horas y días
acuciados por la necesidad de explicarnos a nosotros mismos y a los demás lo
que todo el mundo sabe y siente. A veces, también, lo vive. Lo vivimos. Después
lo contamos. Lo decimos al oído, en voz baja o lo ponemos en papel, para quien
quiera leerlo.” Y ese esfuerzo, esa pasión enfermiza que no sirve para nada
o para casi nadie -quizás tan sólo para nosotros mismos- y a la que a pesar de
todo no se renuncia es el oficio de escribir. Ser escritor.
Tejedor
nació en 1951. Hago cuentas. 63 años. Maestro jubilado. Toda una vida con este
veneno dentro. Una novela publicada: “Los lagartos de la quebrada”, y ahora escoge veintiún relatos y los publica
para que un lector quisquilloso y friki abra la bocaza. Tejedor es un valiente,
un temerario, un loco poseído por esta enfermedad que sabe que en esta paradeta
de pim-pam-pum que es la literatura a veces se acierta y otras se falla. Porque
en esto de la palabra hay unos pocos genios y muchos esforzados currantes,
proletarios del arte que saben que no ganarán nunca un premio y lo hacen por
puro placer. La diferencia está en hacerlo sin pretender engañar a nadie.
Porque si debemos elegir entre los secundarios de la literatura debemos
fijarnos en escritores como Tejedor. Él forma parte de ese pelotón de gregarios
que no tiene un padrino. Otros; jóvenes, guap@s y enchufados sin talento, nos
cuentan su vida insulsa y anodina y con los aplausos de la cla de papá pretenden
hacernos creer que lo suyo es nueva y alta literatura cuando en realidad no es
más que una colección de naderías, humo insípido, achicoria.
La
vida -la de Tejedor y la de cualquiera- son miles de días de sol, lluvia o
frío. Días de radiante belleza y días de nada. “Miles
de historias, miles de aventuras, jocosas, dulces, insignificantes, duras,
amargas, cargadas de drama”. Si tomamos la decisión de escribir que sea
para contar algo que merezca la pena de ser escuchado; respetar a la literatura
y no denigrarla reproduciendo por escrito un vulgar vídeo doméstico sin gracia,
emoción ni interés.
Y en
la vida de otros encuentra Tejedor los argumentos y los protagonistas para sus
relatos. Ellos y ese instante de sus vidas que podríamos protagonizar –nadie
está a salvo- cualquiera de nosotros. El escritor puede ser un gran mentiroso,
un inventor genial, un cazador de relámpagos o un cronista de sociedad, alguien
con memoria, conciencia y verdad; un ladrón de vidas ajenas o alguien que se
mira desnudo en el espejo; alguien que permanece despierto, escucha y observa
mientras los demás se miran el ombligo; denunciante incómodo para los
vendedores de opio y los estafadores. Ser escritor te permite revivir el
pasado, hacer lo que no hiciste, ser otros muchos y ser fiel a ti mismo;
alguien inquieto, angustiado y dolido. Escribir -y es lo que hace Tejedor- es mostrar,
poner por escrito lo íntimo y lo erróneo, contar lo que ellos, por incapacidad
o vergüenza, nunca contarían.
Pero
escribir y acertar no es sólo –creo- recurrir a un golpe de ingenio. Escribir
es pedir algo más que una buena idea, algo más que lo simplemente correcto
aunque sea una paradoja bien contada o una venganza irreprochable. Acertar es
no caer en lo fácil, el exceso o convertir a los personajes en caricatura,
abusar del melodrama, perder la credibilidad.
Se
trata –creo- de conseguir el equilibrio perfecto entre el qué y el cómo, llegar
a esa justa medida en la que nada sobra o chirría, encontrar el tono adecuado y
las palabras exactas. Y Tejedor lo consigue desde el intimismo evocador de “Hojas secas”, la agonía y resistencia de
“El abuelo”, el simbolismo de “La elección” y el fiel retrato del
hambre y la miseria de “La gloria de los
vencedores” utilizando en todos un tono seco, breve, conciso, directo,
efectivo y sin rodeos; descarnado, tierno, contundente y conmovedor sin un solo
contratiempo o tropiezo.
Mención
aparte merecen –para mí- los dos mejores del libro: “Álbum de fotos” y “La
pensión del abuelo”. En los dos ese mismo y acertado lenguaje de los
anteriores y en los dos la bofetada de un realismo social desolador, cercano,
posible y desasosegante. En “Álbum de
fotos” una construcción narrativa sobresaliente con el acierto de un final
en blanco elocuente; en “La pensión del
abuelo” el abismo de nuestro propio miedo, la incapacidad de reprochar o
censurar un acto ajeno.
Seis
soplos de vida entre mil historias. Seis aciertos en esta paradeta de genios,
proletarios y tahúres. Seis veces el oficio de contar y provocar una
emoción.
Antonio Tejedor. “No me cuentes mi vida”.
143 páginas. Editorial “La Fragua del Trovador”. Zaragoza, 2014.
Antonio
Tejedor: www.lagartosquebrada.blogspot.com
La
Fragua del Trovador: www.lafraguadeltrovador.com
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jueves, 12 de febrero de 2015
lunes, 21 de julio de 2014
martes, 15 de julio de 2014
lunes, 14 de julio de 2014
miércoles, 31 de julio de 2013
¿Narrador o erudito?
Reseña publicada en la revista "Culturamas", el miércoles 31 de julio de 2013.
Ramón Acín es un autor reconocido en Aragón y tal
vez poco conocido en el resto de España. Ha publicado libros de relatos,
dietarios, novelas y ensayo literario en diferentes editoriales y ahora Traspiés,
la editorial de Granada, dentro de su colección “Breves” al cuidado de Miguel
Á. Cáliz, publica este “Abrir la puerta”;
una colección de once relatos que Acín ha subtitulado: (Innombrables, apócrifos y curiosidades). El origen de esta
colección lo imagino como el reconocimiento a su larga trayectoria como
escritor al concederle el editor, sin cortapisas ni enmiendas, completa libertad
para publicar el libro que Acín ha querido. Y amparándose en esa libertad ha
reunido once textos eclécticos que en ocasiones son relatos –más o menos- estrictos
y en otras adquieren la forma de ensayo histórico o erudito, carta pública o
desmentido anónimo, artículo periodístico, “curiosidad”,
y en mayor medida biografía real o “apócrifa”.
De esos once textos a mí me parecen realmente
excelentes cuatro: “Cioconda, la
radiante”, “Héroes inmolados”, “Del entierro de Estanis, el abacero” y “Amores locos”. Y para mí lo son porque
en esos cuatro Acín, sin renunciar a su personalidad, se dedica más a narrar una
historia que a la alquimia literaria. Mención aparte merece el último: “Y, al final, como todos, él dijo guau”,
un cuento que es un trampantojo, un habilidoso juego en el que nos engaña desde
el principio haciéndonos creer otra cosa de la que realmente es. Yo empecé a
sospechar algo cuando descubrí la primera pista, y reconozco que me divertí
buscando referencias en Google y en la Wikipedia.
Un relato ingenioso en el que demuestra su gran sabiduría sin
llegar a empachar.
Porque es precisamente cuando esa sabiduría se
convierte en excesiva erudición narrada de una forma abstrusa cuando se produce
la indigestión. Supongo que sucede porque a veces los escritores cometen el
error de convertirse en catedráticos dando una conferencia y se olvidan de que
delante no tienen a un pequeño auditorio de licenciados pelotas que esperan
convertirse en doctores -y que se romperán las manos aplaudiéndole aunque no
hayan entendido nada- sino a simples lectores. Yo soy un pobre mortal que sacó
un cinco en la selectividad y estudió la carrera equivocada, un lector que espera
de un relato otra cosa que no sea una soporífera conferencia o un laberinto en
el que internarse buscando al Minotauro. Ya estoy mayor para caer en complejos
de inferioridad y callarme por no querer pasar por un ignorante con el paladar
atrofiado. No voy a buscarle los tres pies al gato; si un escritor quiere
convertirse en el repelente niño Vicente allá él, su ombligo y sus experimentos
literarios con gaseosa. Y no lo entiendo más que nada porque Acín es capaz de
escribir un excelente relato en claroscuro como “Amores locos” cargado de lirismo trágico sin caer en el empandullo
farragoso de “El santo bebedor” o “Defensa del maestro o discurso sobre
desiertos en la selva humana”. En “Petite
mort la mueca de Tánatos” insiste en esa tonalidad y acento enredador, pero
deja destellos de un personaje y un escenario atrayentes sin caer del todo en
lo enmarañado y su embriaguez, pero sin librarse del todo de él. Y al
contrario, en “Lobo Solitario”, resulta
transparente y claro, pero más que un relato lo veo como una reflexión sobre “el sufrimiento gozoso” de la mitomanía.
Lo mismo sucede en “Un espacio llamado
ocaso” y “Make-up, make-up, make-up”
que más que relatos se tratan de un irónico artículo de opinión o de un
panfleto político en clave.
Me gustaría que un autor me diera una explicación
convincente de por qué a veces se empeñan en querer marear al lector. No quiero
pensar que pretenden hacerle creer que es un idiota que no entiende la alta
literatura; más bien quiero imaginar que a veces sin maldad, pero con evidentes
perjuicios para nuestra búsqueda del placer, se les va la pinza y las manos por demostrar que no son simples
buhoneros o cuentistas. Y me encantaría entenderlo porque Acín en “Amores locos” consigue ese equilibrio necesario
y difícil entre belleza y misterio, sofisticación, extrañeza y sentimiento que
no resulta incómodo ni necesita –para apreciarlo-de un doctorado en filosofía
clásica o literatura comparada.
Y lo mismo sucede con esos otros tres relatos
extraordinarios que pueden considerarse falsas biografías auténticas; la
semblanza apócrifa o no -eso da igual- de unos personajes perfectamente
posibles, personas que formaron parte de la Historia (con H) con su particular y minúscula
historia (con h), ninguno –como nosotros- tendrá su entrada en las
enciclopedias, ni en las de papel ni en las electrónicas. Acín recupera en “Cioconda, la radiante” a Luisa que “con apenas diecisiete añitos huyó de
Sobrepuerto. Con una mano delante y otra detrás. Y sin embargo, seis meses
después ya reinaba en el Paralelo, y toda la bohemia noche tras noche se rendía
a sus pies, a la par que hacía babear a los más noctívagos de la rancia
burguesía catalana”. Esa historia es apenas un par de apuntes biográficos,
pero no necesita más, cuenta lo imprescindible y le añade un interesante
paralelismo que no resulta –esta vez- elucubración pedante. En “Héroes inmolados” parte del suicidio de
un hombre desde lo más alto de una torre de Caracas para, a través de una
investigación periodística -con todo lo que eso tiene de verdad y oportunismo- recrear
la vida de un anarquista aragonés exiliado en Venezuela después de la Guerra Civil. Y en “Del entierro de Estanis, el abacero”
–que es sin lugar a dudas mi favorito- cuenta la historia de un pastor de
Monteflorite que llega a Tortosa como almadiero, su amor y su tienda, su muerte
absurda y el porqué quería que su ataúd fuera de pino; un relato que está a la
altura de los mejores de Jesús Moncada. ¿Por qué no puede ser siempre así? Ya
se que no es lo mismo ser uno que otro, pero yo prefiero mucho más al narrador
que al erudito. Con uno disfruto, el otro me resulta cargante.
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martes, 16 de julio de 2013
Treinta años de buscador de libros
Antes de empezar a decir nada creo que debería
pensar si siento envidia o no. Yo también, durante unos años, madrugué para ir
al Rastro (de Madrid), me pasaba por la Cuesta de Moyano, iba a algunas librerías de
viejo y en primavera y otoño a la feria del Paseo de Recoletos.
Podría alegar algunas excusas, echarle la culpa a
otros o a mis circunstancias, pero lo único cierto es que José Luis Melero, al
contrario que yo, tuvo claro desde muy
joven lo que quería. Mientras él recorría una línea recta a velocidad de
crucero sin marcha atrás y sin altibajos yo corría etapas de un tour con perfil
de dientes de sierra. Mientras él buscaba libros yo me dedicaba a buscar mi
sitio en este lugar llamado mundo.
Sí; si algo admiro y envidio de Melero es lo que
yo no tuve –y quizás tampoco tengo ahora- su carácter, su perseverancia y
determinación. Por eso sé que las virtudes y defectos que yo le veo a este
libro no son producto de los celos. Claro que me gustaría tener algunos de los libros
que tiene Melero, pero si yo me hubiera dedicado durante treinta años a esa
búsqueda y compra también los tendría. Así que libre en mi opinión de la
sospecha que podría surgir de la rivalidad creo que este libro podrían muchos
abandonarlo tan sólo con leer los primero párrafos de la “Introducción”, cuando
Melero tras pedir disculpas declara que lo ha escrito porque su amigo Martínez
de Pisón –el más antiguo y uno de los más
queridos- me dijo un día: todos hemos
escrito libros menos tú. Tienes que escribir un libro. Ya vale de antologías,
prólogos y artículos. Tienes que ser escritor como nosotros. Y producto de
esa petición Melero reconoce: “Un mismo
pensamiento me rondaba insistentemente y se instalaba altivo allí donde resida
nuestra vanidad o nuestro orgullo: hoy escribe libros cualquiera, ¿voy a ser yo
menos que tantos zascandiles como hay sueltos publicando sin rubor alguno?”
Me pareció de una arrogancia y una soberbia insultante. En esto de la
literatura hay de todo; buenos y malos –según el criterio de cada uno- libros.
El mismo derecho y la misma libertad que tiene alguien de escribir y publicar
lo tenemos de opinar; y ambos deben respetarse. No seré yo, por dar mi opinión,
quien me crea mejor que nadie, ni mucho menos que impida –como un censor- que
alguien publique lo que quiera. No me atreveré a calificar de “cualquiera” o “zascandil” a un autor por escribir –bajo mi punto de vista- un mal
libro. Quizás a mi me irrita que alguien publique por ser la novia de F. o la
hija de R. y a Melero eso no le parezca mal si es alguno de sus amigos.
La virtud de este “Leer para contarlo” es disfrutar
del enorme conocimiento que tiene Melero, de alguna de las anécdotas que cuenta
como la de “el mecánico oscense Mariano
Catalán, que fue quien construyó la primera bicicleta en España, llamada
entonces velocífero y más tarde velocípedo”, su reivindicación del escritor Ramón Ezquerra;
y descubrir que “Santiago Salvador
Franch, de Castelserás según unas fuentes y de Alcorisa según otras, fue quien
en la noche del 7 de noviembre de 1893 arrojó dos bombas desde el quinto piso
al patio de butacas del Gran Teatro del Liceo de Barcelona causando veintidós
muertos”. Interesa sin duda como una gran bibliografía en la que encontrar
referencias y datos de autores, títulos desconocidos que anotar para tal vez,
con algo de suerte, leer algún día.
Pero el mayor defecto que le veo a estas
“Memorias” es que en su mayoría es una larga y monótona lista de libros
comprados por Melero. Una ruta y enumeración de librerías de Zaragoza y del
resto de España –abiertas o cerradas- que Melero conoce –o conoció- y los
libros que compró en ellas en esos treinta años de buscador de libros. El
recuerdo de los que adquirió en el Rastro e incluso de las bibliotecas que
compró a las viudas o herederos de sus propietarios. Todo ese mundo propio que seguro
es una lectura muy entretenida para los bibliófilos que comparten con él esa
afición, pero creo que fuera de esa colla puede entenderse como una especie de
exhibicionismo. En cierta manera el mismo de un cazador que nos enseña,
colgados en el pasillo y el salón de su casa, las cabezas disecadas de las
mejores y selectas piezas cazadas por toda España –y algunas en el extranjero-
en sus múltiples safaris. Muy interesante –e incluso motivo de envidia- para
los cazadores, pero batallitas de vanagloria para los que sólo cazan moscas con
una paleta de plástico y no son aficionados a las antigüedades porque decoran
su casa con funcionales muebles de Ikea.
Para librarse de esa imagen de coleccionista o friki
Melero se distancia de ese calificativo: “Quizá
haya en Aragón una o dos bibliotecas similares a la suya pero pertenecen a
bibliófilos de corte coleccionista que
carecen de proyección social y perfil investigador. Estas dos características,
que los libros de uno se sepa que están ahí y que están a disposición de los
escritores o estudiosos que necesiten utilizarlos, es decir, que no reposen
eternamente en los plúteos de nuestras bibliotecas sino que estén siempre
dispuestos a prestar un servicio a la sociedad de la que proceden, y que a su
vez esos libros, bien leídos y trabajados, le sirvan a uno para escribir los
suyos propios o para ayudar a que los escriban sus amigos, son indispensables
desde mi punto de vista para considerar relevante la función social del
bibliófilo y para distinguirlo del mero coleccionista, que sólo encuentra
satisfacción en lo que compra o atesora, sean libros, alfileres de corbata o
vitolas de puros habanos.”
Y hay que agradecer y reconocerle a Melero la
aclaración y la disposición. Que públicamente ponga sus libros al alcance
–consulta sin préstamo lógicamente- del que esté interesado es algo que no hacen
todos los bibliófilos. Pero esa aclaración no elimina toda la larga y monótona crónica
de librerías, libreros y libros en que consisten sus memorias. Creo que lo que
tenga que decir Melero respecto a los libros que ha ido comprando tiene mucho
más interés respecto a lo que él ha averiguado como estudioso e investigador de
los autores y sus obras. Creo que para los interesados en la literatura hubiera
sido mucho más interesante una colección de artículos de Melero en ese sentido
que el que nos cuente dónde, a quién y en qué circunstancias –batallitas de
cazador viajero sin escopeta- compró algunos libros. Porque creo que el mejor
destino que tienen muchos de esos libros viejos y raros adquiridos por Melero
sería el de su reedición. Ya sé que no son best-sellers que puedan interesar a
las grandes editoriales, pero no creo que yo sea el único chalado interesado en
ellos. Una reedición moderna de determinados libros con un prólogo o estudio
del autor, su biografía y su obra me parece de mucha más utilidad. Se podría
comprar y no haría falta ir a casa de Melero a consultarlo y que nos contara
todo lo bueno e interesante que él sabe. Aunque nadie crea que estoy inventando
la pólvora, por poner algunos ejemplos la editorial Valdemar lo hizo con “La torre de los siete jorobados”de Emilio Carrere, con el excelente prólogo de Jesús Palacios y el Instituto de
Estudios Altoaragoneses lo hace en su colección Larumbe. Además ese libro nuevo
y con información sobre el autor (algo que no viene en la edición original) lo
podemos comprar a un precio actual y no al de antigüedad o rareza, elevado
importe que muchos no nos podemos permitir, y pongo por ejemplo las “Iluminaciones
en la sombra” de Alejando Sawa, que en su primera edición original cuesta 500
euros, y que en el año 2009 publicó Nórdica y cuesta 18 euros y antes publicó la
efímera Josef K, editor, con presentación de Andrés Trapiello; o hizo Llibros
del Pexe, con “En plena bohemia” de E. Gómez Carrillo con edición y prólogo de
José Luis García Martín; y hace la Editorial Renacimiento
en su excelente Biblioteca del Rescate que tiene como director literario a José
Esteban y que en cada libro ofrece una extensa introducción. Reedición que
reconoce Melero alguna vez ha hecho, como esa guía de lupanares de Zaragoza de
1934 que junto a Ángel Artal, José Luis Acín y el impresor Pepe Navarro, editó
en facsímil en una tirada corta no venal para regalar a sus amigos pero que yo
–y tal vez algunos más que le interesara- nos quedamos sin ella por no estar
entre ellos.
Pero volviendo al asunto del precio de los libros
viejos es seguro que hace treinta, veinticinco o incluso veinte años todavía se
pudieran comprar libros de esta clase a buen precio. Yo mismo compré alguno de
pura chiripa en el puesto de Ruidavets y tuve un golpe de suerte en el puesto
de unos gitanos en el Rastro. Pero todo eso ha cambiado mucho, ahora –y desde
hace diez, quince años- el libro viejo es un artículo caro y sus vendedores son
profesionales cualificados que saben qué tienen en las estanterías de sus
tiendas. Basta con hacer una búsqueda en http://www.iberlibro.com/ Es posible encontrar algunos libros viejos al
mismo precio –o incluso más baratos- que un libro nuevo, pero si buscamos
libros de, por ejemplo una primera edición de un autor de la Generación del 98, el
precio sube hasta los setenta u ochenta euros. Y su precio se duplica –como
mínimo- si tiene una dedicatoria autógrafa del autor; fetichismo que Melero
reconoce y del que presume en alguna de sus adquisiciones más valiosas. No dudo
de que Melero comprara hace muchos años libros viejos a buen precio, que haya
tenido unos cuantos golpes de suerte que le hicieron llegar a sus manos libros
raros y valiosos, pero no creo que esta clase de libros estén al alcance de un
poder adquisitivo –con tres hijos y una hipoteca- como el mío. Tal y como
Melero dice: “No sabía, claro, que en
esto de los libros viejos la quimérica ambición de querer comprar siempre bueno
y barato es habitual compañera de los necios”.
José
Luis Melero. “Leer para contarlo. Memorias de un bibliófilo aragonés”. 206 páginas.
Biblioteca Aragonesa de Cultura. Institución Fernando el Católico. IberCaja obra
social y Cultural. Zaragoza, 2003.
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martes, 18 de junio de 2013
Un verano en París
Aunque cada día hay –afortunadamente- más
excepciones, lo normal es que la mayoría de los libros sean iguales. Me refiero
a que el interior de un libro es casi siempre el mismo; rara vez nos sorprende;
podemos desgajarlo de la carátula y lo que nos queda no será distinto de otro
cualquiera; un mar de letras, carne de soporte electrónico. Todo el trabajo de
diseño y la originalidad que los diferencia está en la tapa: la fotografía de
la portada, el lomo, las solapas y la contracubierta.
Pues este es un libro que viene a romper con esa
convencional uniformidad. Un libro en el que la tapa –sin ser anodina- es
sencilla como en un libro de bolsillo, pero que no podríamos arrancarla y
valorar como un cuerpo con vida independiente del resto porque está
perfectamente integrada en el todo. Por fin las dos partes –cara y vísceras- unidas
y haciendo la guerra juntas en lugar de cada una por su lado.
Pero además el interior no es lo previsible, no es
sólo texto. El interior es un maravilloso trabajo de maquetación y diseño de Víctor Montalbán dándole otra forma y
apariencia a la entraña, alternando diferentes tamaños de letra, páginas en
negro, gris y blanco –en las que podríamos tomar nuestras propias notas- y un
poema con los versos en vertical como gotas de lluvia. Y dentro también las
excelente fotografías en blanco y negro de María
Lanuza: panorámicas y de detalle, perspectivas, estampas, postales, miradas
y recuerdos personales de un lugar y un tiempo compartido. Víctor lo hace
encajar todo –textos y fotografías,
tipografía e imágenes- en un solo cuerpo que convierte a este libro en algo más
que un objeto plano y mil veces visto; un trabajo que hace de él algo valioso, único,
original, placentero; artístico.
Y ese sería el continente; la apariencia, el
aspecto visual, la belleza que seduce rompiendo los esquemas; pero otra cosa es
el contenido, lo literario, lo que dicen las palabras; y en eso me temo –y de
verdad que lo siento- que no está a la altura del continente.
“Estancia de investigación” son las notas que Enrique Cebrián Zazurca escribió durante los dos meses de verano
que vivió en París: “Siempre conmigo,
estos días en París, va un cuaderno Moleskine en el que voy escribiendo esto
que tú estás leyendo ahora”. Dos meses en los que, quizás por tratarse de
un viaje y un tiempo de obligación académica y no de un peregrinaje hecho a
propósito y con el único objetivo de deambular y escribir, lo literario es
residual, pasatiempo fuera de las horas de trabajo, curiosidad de turista.
Eso no quita para que las notas de esta estancia tengan, como en un juego de
similitudes y diferencias, un doble mérito o atractivo. Porque creo que lo
primero que hará cualquiera que lea este libro es lo que hice yo: acordarse de su
viaje a París y rememorar los mismos lugares que Enrique cita y vio y que alguna
de las fotografías de María nos muestran de otra manera: los puestos de los bouquinistes a la orilla del Sena, el
detalle de uno de los telescopios a los pies del Sacré Coeur y su espléndida vista panorámica difuminada, la
perspectiva desde abajo de la torre Eiffel; la plaza de La Sorbona y la de Vendôme, el barrio de Marais y su plaza des Vosgues, y el viaje nocturno en el Bateau-Mouche. “Uno debe tener la actitud y la mirada de un viajero, aunque en el
fondo, no sea más que un turista”. Y además de recordar, compartir y evocar
lo ya visto nos revelará lo nuevo, lo que no vimos y quedará pendiente para un
próximo viaje –porque a París siempre queda pendiente regresar-: el Colegio de
España, obra del arquitecto Modesto López Otero y su escultura de Orensanz, el
cementerio de Montparnasse, el museo
Rodin, el Louvre y el de Orsay –el único museo al que yo entré fue al de Mont Martre- y tal vez una excursión al Mont Saint-Michel.
Enrique no nombra algunos lugares que yo visité, y
él ha estado en algunos a los que yo no fui. Echo de menos, por ejemplo, que
cuando habla de La Closerie des Lilas, no cite a Buñuel; pero no
importa, no se trata de una competición, eso sería ridículo; “París marea, y casi asfixia, en cuanto a
referencias y evocaciones”, y cada uno tiene las suyas.
Todo viaje es una experiencia personal e íntima y
en este Enrique decide anotar en su cuaderno sus vivencias, lo que esa ciudad le
muestra y provoca; pero de las notas sobre una estancia en lugar tan especial
como París parece obligatorio que salga algo más que un par de buenos poemas y unas pocas
páginas de acertado lirismo. Y tal vez resulte injusto porque si nosotros hiciéramos
nuestro propio álbum o cuaderno de ese mismo viaje seguro que no resultaría
mejor que el de Enrique, pero si un editor decide convertir esas notas en libro
–algo que no está al alcance de cualquiera- es porque resultan excepcionales
por su calidad literaria o su personalidad, una mirada y guía singular o palabras
de sustancial belleza que son mucho más que escribir para nombrar a los amigos,
hablar de la novia, esbozos insustanciales y unas cuantas anécdotas sin importancia.
Y resulta doblemente injusto porque “Esta
ciudad es una religión” y se hace inevitable la comparación con un libro que el
propio Enrique nombra: “Siempre van,
también conmigo, los “Apuntes de París” de Fernando Sanmartín, a quien este
libro que ahora lees debe tanto, por tantas cosas. Fernando Sanmartín es uno
de los secretos más valiosos –y en eso es algo en lo que estoy
completamente de acuerdo-y mejor
guardados de Zaragoza”.
Debo reconocerle a Enrique su honestidad, el que
no haya pretendido imitar a nadie, pero es que se ha escrito –y se escribirá-
tanto a cerca de París que en mi memoria esta estancia suya quedará como un objeto de papel repleto de original
belleza inolvidable, pero literariamente insípido. París es una mujer consciente
de su belleza y con una larguísima lista de amantes que sólo lograremos conquistar
con un talento que esté a su altura. Muchos llegan a esta ciudad, pero si no
queremos ser un turista más de los millones que la visitan debemos regalarle
algo más que bisutería.
Víctor Montalbán
http://www.montalbanestudio.es/
viernes, 7 de junio de 2013
Grotesco y humano
No es lo mismo hablar de un libro cuando conocemos
a su autor que cuando no sabemos nada de él. En ese sentido la ignorancia creo
que es la situación ideal que debería –por honradez- darse siempre. Si no le
conocemos de nada podemos centrarnos en lo escrito sin interferencias ni deudas
de ninguna clase que distorsionen nuestra opinión.
Por lo poco que yo sé y conozco de él, Carlos
Manzano es –y se declara- tímido. Y sin embargo leyendo estos relatos podríamos
imaginarnos a otra persona completamente distinta: un tipo descarado;
extremadamente desvergonzado, desinhibido y sin pelos en la lengua; un tipo insolente
y pendenciero, malhablado y trasnochador que bebe whisky con cerveza y recita
poemas de Bukowski en bares y garitos de mala fama. Y podríamos perfectamente
crearnos esa imagen de él por alguno de los relatos de este libro. En el que le
da título: “Estrategias de supervivencia”,
practica un exhibicionismo canalla y procaz. En “El regreso de la hija pródiga” un realismo sucio, sórdido y brutal.
En “Padre enamorado que mira a su hija” se
atreve con un tema tabú. En “La ley del
más fuerte” habla de la violencia, las drogas y el sexo. En “Orgullo y justicia” convierte a un
hombre corriente en un perturbado asesino. Y en “Una historia del Japón” el protagonista es un perverso atraído por
el sadismo.
Sí, podríamos crearnos de él esa imagen; pero yo,
que conozco a Manzano, puedo asegurar que es todo lo contrario: una persona
tranquila, equilibrada, educada y normal que no pasa de la tercera –o como
mucho cuarta- cerveza, y, que –yo sepa- no trasnocha, no debe dinero a su psiquiatra,
no tiene antecedentes penales ni lleva una doble vida.
Pero tal vez la literatura se trate precisamente
de eso. De que nos permite ser lo que no somos, convertirnos en otro, en el que
seguramente no seamos nunca; hacer lo que nos gustaría y no nos atrevemos. Al
lector y al escritor. Vivir una ficción como si fuera real, hacer ese viaje,
mirar por el ojo de una cerradura; inventar lo que queramos, transformarnos,
travestirnos, hacernos colegas de un camello, testigos de una vileza, voyeur en
una habitación de hotel, descubrir los secretos de alguien, decir lo que
realmente pensamos, cruzar las líneas rojas. Cuando nuestra vida es ordenada,
previsible y monótona sentimos atracción por lo contrario: por el desorden, por
el lado salvaje.
Porque a quién no le gustaría tener una historia turbia
que contar de su adolescencia; convertirse por un momento en un justiciero y vivir
un día de furia; quien no se ha sentido tentado alguna vez por el morbo; decir la
verdad en lugar de una mentira piadosa; caer en el otro lado de nuestra
bipolaridad, ceder en esa lucha entre lo correcto y lo incorrecto en la que
muchas veces nos debatimos. La literatura, si somos cobardes o simplemente
sensatos, nos permite todo eso. Como lectores y como escritores.
En esos relatos de Manzano hay algo más que
realismo sucio y un lenguaje crudo. “La
ley del más fuerte” es una versión –no importa si anterior o posterior- de
aquellos quinquis de “Las leyes de la frontera” de Javier Cercas, pero también
una historia de miedo y enamoramiento, de humillación, venganza y astucia
frente a la fuerza Pero “Orgullo y
justicia” acaba convirtiéndose en un exceso que le hace perder la
credibilidad. “Padre enamorado que mira a
su hija” puede interpretarse como que su intención es plantear un debate
moral y ético, cruel en el sentido que plantea José Ovejero; pero a mi me
parece inadmisible, un trastorno mental que requiere tratamiento psiquiátrico
urgente. “Una historia del Japón”
además del sadomasoquismo –tan de moda- y el vicio o perversión de un hombre
gris y respetable nos presenta al fotógrafo Nobuyoshi Araki y nos hace
descubrir su obra. “El regreso de la hija
pródiga” aunque es una historia vomitiva, una vileza inconcebible, me
resulta atractivo por su sórdida puesta en escena, sus demoledores diálogos; su
aliento corrupto. Y en “Estrategias de
supervivencia” el exhibicionismo provoca la carcajada por la situación y su
descaro, pero al mismo tiempo plantea un interesante debate sobre el
comportamiento humano; una paradoja que mezcla lo vulgar, el sexo, lo
intelectual, la hipocresía, la timidez y una pregunta con muy mala leche.
Pero al contrario de lo que pueda parecer
“Estrategias de supervivencia” no es una colección monotemática de
perversiones, pesadillas, extravagancias y monstruos. Hay más; lo que pasa es
que esos, por el morbo y la provocación, seguramente serán los que llamen más
la atención del lector igual que hacen subir los índices de audiencia en la
televisión. Y aunque alguno de esos relatos estén entre los mejores del libro, hay
otros que, sin provocar o provocando menos, resultan buenos y alguno de ellos
excelentes. Los hay incluso más cerca del ensayo que de la narración como “El vertiginoso declive del cinematógrafo”
en el que encontré múltiples coincidencias con sus reflexiones y una frase para
subrayar que aunque habla de cine podría aplicarse a la literatura: “…sustituimos la cultura del pensamiento y
la creatividad por la sociedad del entretenimiento y la diversión efímera”.
Y entre los –para mí- buenos están “No
era mal tipo”, un relato breve
que es una original necrológica que dice mucho en muy poco de cualquiera de
nosotros: tipos vulgares con nuestros defectos y virtudes; “Sadismo insoportable” inteligente y original perspectiva y de
lenguaje preciosista y lírico; mismas virtudes por las que también destacan “Acuciante necesidad de silencio” e “Insolente simetría”. Pero los dos
relatos que -creo- valen por todo el libro son “La fotografía” y “Lento
atardecer sobre Venecia”; aunque debo reconocer que su elección tiene mucho
que ver con los temas que a mí me gustan: la desolación y su encarnación; la
insatisfacción y sus preguntas sin respuesta, el tomar conciencia de nuestro ser
y no ser.
De Carlos Manzano además de esta variedad –aunque
inicialmente pueda parecer lo contrario- temática, me gustaría destacar su
precisión lingüística. Precisión que creo proviene de su carácter minucioso y
metódico para narrar; en su ambición por buscar en cada momento y utilizar las
palabras adecuadas que expliquen perfectamente lo que quiere decir y transmitir;
la palabra como molde con el que se fabrica o da forma, ajusta y encaja sin holgura.
Lenguaje que resulta adecuado y preciso incluso cuando resulta soez y grosero sin
eufemismos ni ambigüedad porque, nos guste o no, esa es la forma –y otra
resultaría un ridículo artificio- en la que se expresan habitualmente muchos. Precisión
que nos entrega la variedad y riqueza de un lenguaje del que cada día nos vamos
desprendiendo a cambio de volvernos más pobres, abreviados y tecnológicos.
Carlos
Manzano. “Estrategias de supervivencia”. 88 páginas. Libros Certeza. Zaragoza,
2013.
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miércoles, 29 de mayo de 2013
Postales de la moderna desolación.
Mucha gente prefiere la literatura que les haga
olvidar lo que son. Literatura que los lleve lejos. Y los entiendo; pero yo
prefiero la literatura que, aunque duela o resulte cruel, pueda verme reflejado
en las esquirlas de su espejo; historias que suceden en los lugares que conozco
y contemplo a diario; unas calles más allá; al doblar la esquina. Y este breve –brevísimo-
e intenso texto de Miguel Carcasona es de esa clase de literatura, porque habla
de gente corriente –que puede ser cualquiera de nosotros- y de un lugar que
conocemos: “Vivo en una urbanización del
extrarradio, en una acumulación de sesenta casas dispuestas como un ejército en
cerrada formación de avance: diez casas por fila, seis filas de casas. Con la
particularidad de que es un ejército de siameses unidos por la espalda”. Un
paisaje reconocible para muchos. Un lugar reconocible para mí porque yo vivo
–con algunas diferencias- en un lugar así.
Aquellas ciudades dormitorio que surgieron a finales
de los sesenta se han convertido en barrios integrados en la ciudad, y el
centro antiguo en un lugar alejado para ir de turismo o manifestación. Los nuevos
extrarradios del siglo XXI son islas de cemento y ladrillo que han brotado en
los pueblos cercanos; rodeadas de autopistas, campos de cultivo abandonados y cañadas
sin ovejas, murallas que guardan parques de árboles raquíticos, jardines
japoneses, piscinas de plástico y barbacoas domingueras. Campo abierto de
puertas cerradas en el que nunca pasa nada apasionante; tan sólo nuestra vida vulgar
y moliente.
Carcasona
nos muestra el lado feo y desolador de ese lugar, ese del que nunca nos
hablaron los vendedores que vivían lejos de allí: el páramo como frontera, la
uniformidad impersonal, las líneas rectas, la distancia y el aislamiento. Pero eso
no quita para que algunos no le vean su lado bueno. Se trata de gustos. Todo
tiene sus ventajas e inconvenientes y nada es perfecto. Unos lo buscan a
propósito y consiguen adaptarse sin problemas; otros no tanto, pero se resignan
y agarran a sus aspectos positivos.
El retrato que se hace de ese lugar en “Todos los
perros aúllan” es devastador y subjetivo, pero se trata de mostrarnos un
escenario en el que lo realmente importante está en la historia que cuenta. Si
fuera una historia feliz o cómica saldría su lado fotogénico y no su perfil
malo. Llegar hasta allí es una elección, la de los nuevos emigrantes que
abandonan el centro de la ciudad buscando espacio abierto sin ruido y
contaminación y se convierten en sus habitantes. “Clara opinaba que los cuarenta y cinco metros del piso alquilado donde
vivíamos, en la primera planta de una avenida con tráfico excesivo, no eran el
mejor entorno para el desarrollo de nuestro hijo. Buscábamos espacio saludable
para él y espacio, a secas, para nosotros, y combinar superficie amplia con
precio asequible solo era viable en el extrarradio”. Razones y argumentos
comunes a la mayoría si se hiciera una encuesta puerta por puerta. Y los
entiendo. Pero el texto de Carcasona no se trata sólo de sacar a la luz los
defectos de ese paisaje impersonal y desolador sino en que a veces cambiar un
lugar imperfecto por otro puede hacerse con muy buena intención pero puede
convertirse en un error. Y que lo realmente grave y calamitoso es el
persistir en ese error por las consecuencias que eso conlleva. El orgullo y el autoengaño,
el no querer reconocer que te has equivocado, la falta de comunicación y
sinceridad, el no saber rectificar a tiempo; el callarte y dejarte llevar por
la inercia de lo cotidiano, permitir que el cansancio se apodere de ti y acabe
aniquilándote, hacerte odiar el lugar en el que vives. Lo que antes era virtud
ahora es un defecto insalvable.
Y la maestría de Carcasona está en mostrarnos todo
eso con muy poco. En resumir, concentrar años de carcoma y podredumbre en un
par de hechos cruciales; en unas cuantas postales, imágenes decisivas: el asco
de una rata muerta; la invasión de las hormigas que se cuelan por las grietas;
la crueldad de ver morir a tu mascota envenenada.
Pero además de todo eso Carcasona también deja en
evidencia la desorientación y fragilidad de los padres modernos y sus hijos
cibernautas. Sus nuevas formas de divertirse y relacionarse y comunicarse con
los demás. Comportamiento en el que también caemos los padres y los adultos y
que nos deja sin argumentos ni fuerza moral para decir no. Realidad virtual que
nos separa y aísla a cada uno en su cuarto delante de una pantalla y la puerta
cerrada. Soledad que acaba llevándonos a visitar de noche los polígonos
industriales y a compartir quince minutos en el asiento de atrás con una falsa
hada madrina.
Es triste y cruel. Pero debemos darle las gracias
a Miguel por mostrarnos algo de nosotros mismos que tenemos muy cerca y de
lo que huimos sin movernos en realidad del mismo sitio, persistiendo en el
error.
Miguel
Carcasona. “Todos los perros aúllan”. 43 páginas. Instituto de Estudios
Altoaragoneses. Huesca, 2012.
miércoles, 13 de febrero de 2013
Un cuaderno de hule
El rescate de la figura de Manuel Chaves Nogales y
su novela sobre la Guerra Civil
“A sangre y fuego” nos devolvió el nombre de la Tercera España. “De mi pequeña experiencia personal, puedo
decir que un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído
méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros”. Chaves
Nogales “pequeñoburgués liberal” huyó
del Madrid republicano. Su deserción la pago entonces con el exilio voluntario:
“Se paga caro, desde luego. El precio,
hoy por hoy, es la Patria ”.
En el siglo XXI no pertenecer a ningún bando no sale tan caro, pero tampoco sale
gratis; se paga con la indiferencia. Pero eso es algo de lo que hablaré
después.
La reaparición de esa Tercera España me devolvió
una vieja curiosidad olvidada. Y una de las ventajas de esta época digital es
poder buscar u obtener información sin salir de casa. Basta con escribir en un
buscador y obtener el premio: http://laterceraesp.blogspot.com.es/Y el primer nombre que aparece en esa lista era un completo desconocido para
mí: Luis Lucia.
Su historia resulta absolutamente estremecedora. Fue
encarcelado por unos y por otros. Los republicanos lo encarcelaron por
derechista y católico, el franquismo por traidor y haber declarado su fidelidad
a la República.
Y los comentarios a esa entrada me llevaron hasta
este libro: “En tierra de nadie”, escrito por Rafael Esteban Silvestre. Una excelente
novela corta que recupera un episodio en la vida de Luis Lucia cuando, al estallar
la Guerra Civil
huye de Valencia y se esconde en la falsa (buhardilla) de un Mas del
Maestrazgo. Durante los meses de ese ocultamiento escribió en un “cuaderno de hule” la memoria de su
huida y sus temores antes de entregarse a un grupo de milicianos que
registraban la casa. Ese cuaderno, muchos años después, acaba en las manos de
José María Gil Robles, compañero y jefe político de Luis Lucia.
“En tierra de nadie” se mezcla realidad y ficción; pero eso es lo de menos. El encarcelamiento por partida doble de Luis Lucia fue
trágicamente cierto. Rafael Esteban se basa en esa estremecedora verdad para
recrear lo que Gil Robles pudo sentir al leer el cuaderno y lo que Luis Lucia
pudo escribir en él. Y aunque la novela tiene un inicio narrativamente
trastabillado se recupera rápidamente al expresar los pensamientos de Gil
Robles y aquella paz que no fue posible. El recuerdo doloroso de una época: “Luis era partidario de mantener la paz a
cualquier precio. Muchos, Pablo Iglesias no fue ajeno a esto cuando amenazó con
pasar por las armas a Maura, se desviaban hacia la violencia”. “No nos dimos cuenta, el viento presagiaba
lo que se iba a desatar, estaba escrito en la historia de nuestro país, y no
nos dimos cuenta”, y el destino del amigo: “Ni perdonado por unos, ni comprendido por otros. Como otros, Luis pagó
por todos. Sí, les podía haber pasado a muchos. Pero Luis, ingenuo o
simplemente bueno, no dio el paso definitivo cuando otros abandonaron una nave
que se hundía, pues venía haciendo aguas desde tiempo atrás”.
Reconstrucción de una huida caminando por el inclemente
paisaje del Maestrazgo. Reconocimiento de la belleza que hay en la dureza de su
paisaje. Lugares que para Lucia suponían el horizonte de su infancia.
Reconstrucción de los pensamientos de un huido
que abandona a su mujer y a sus hijas; a su hijo mayor haciendo el servicio
militar en Valencia; el temor a represalias, su desamparo. “No sé a quién temo más, si a los revolucionarios que han tomado las
calles y arman al pueblo, o a los africanistas con los que ya alguna vez me
enfrasqué hace ya trece o catorce años a raíz de la guerra de Marruecos”.
El miedo y la humillación de un hombre escondido, las dudas y el examen de
conciencia de un fugitivo. La certeza de su derrota gane quien gane: “Yo, por mucho que pudiera ampararme en mi
condición de diputado en un hipotético arresto, no dejaba de ser católico
militante, líder derechista, hasta no hace tanto tiempo tradicionalista, y no
podía caer en manos de activistas revolucionarios. Por otro lado, era
oficialmente rojo, ex ministro de la República a la que me había adherido por medio del telegrama que envié desde Benicasim
el día que comenzó la sublevación. No se me perdonaría, y tanto si me atrapaban
unos como otros, acabaría mal. Tierra de nadie, pues, exilio forzoso, extranjero
en mi propio país”.
Reconstrucción que además de ser narrativamente
concisa y brillante tiene un mérito extraordinario. Porque lo que cuenta Rafael
Esteban no resulta –paradójicamente- de un interés mayoritario. Porque la
opinión y ficción que más vende por escrito y de palabra de esa época es la de
un maniqueísmo en blanco y negro, la de una Arcadia feliz que no existió, en la
idealización a posteriori de algo que fue imperfecto. Y el mérito de Rafael
Esteban y la recuperación de Luis Lucia es el de no caer en lo subjetivo ni en
lo tendencioso. De aquella época aciaga, triste y terrible lo único que merece
la pena resucitar es esa Tercera España que no pudo ser, que entre unos y otros
no hicieron posible. Ese es el único ejemplo que merece la pena novelar.
Y es curioso –y también triste- que esta “Tierra
de nadie” resulte ahora útil y precisa. Que hoy, ahora mismo, resulte una
novela esclarecedora. Porque hoy, todavía, esa Tercera España es minoritaria. Y
que nadie me mal interprete, no estoy haciendo propaganda de ningún partido
político. Me refiero a esa indiferencia con la que se paga hoy en día al que no
milita en ningún bando.
Y es que te das cuenta de que esa Tercera España
no pudo ser entonces por lo mismo que hoy se margina al que no practica el
sectarismo de alguna de las dos orillas. Ahora muchos manifiestan públicamente
y sin pudor su fanatismo, la violencia verbal, el escarnio, el insulto que
rezuma el odio y su larva eclosionada. Y si no te sumas a ninguno de esos
bandos, si no firmas manifiestos, sales en la foto o le das al “me gusta” lo
que ganas es la indiferencia. No es buen negocio estar en medio, en ninguna
parte, no ser la novia de nadie. No ser de ninguno no te traerá el
reconocimiento de tu independencia. Es mejor ser de un color. Si formas parte
de uno de los grupos no estarás solo, tendrás el aprecio de unos para
defenderte del desprecio de los otros. La palmada en el hombro, la sonrisa del
compañero.
Porque lo que se critica, lo malo, lo injusto, el
escándalo está siempre en la otra acera, en el otro bando. Los que nos
indignamos o sentimos vergüenza de los dos somos una minoría. Son muchos más
los que sonríen con una mueca tenebrosa de alegría y triunfo ante la caída de
los otros. Los que insultan a los del bando contrario por delincuentes pero
callan de los del suyo. Los que convocan manifestaciones en una sede y exigen
dimisiones ajenas. Los culpables siempre están enfrente; la verdad en mi casa,
bajo mi bandera.
“En tierra de nadie” es un título muy apropiado. Una
novela elocuente. Por Luis Lucia y sus dos carceleros. Para ver con más
claridad el pasado y lo que fue. Para sentir, sin miedo, vergüenza del
presente. En que es preferible la soledad de vivir en tierra de nadie al
refugio de uno de sus bandos.
Rafael
Esteban Silvestre. “En tierra de nadie”. Comarca del Maestrazgo, 2007.
jueves, 27 de diciembre de 2012
Teresa Sopeña y "Fotomatón"
La escritora Teresa Sopeña dedica una entrada en su blog a "Fotomatón".
Gracias Teresa.
http://leoleolo.blogspot.com.es/
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Editorial Telee.,
fotomaton,
Teresa Sopeña
miércoles, 12 de diciembre de 2012
"Fotomatón"
"Fotomatón" son veinte relatos que hablan del amor, la vida y la muerte. Y lo que lo hace especial es que cada relato va acompañado de veinte fotografías en blanco y negro de Emilio Molins, Sigfrido González, Karto Gimeno, Javier García Blanco, Carlos Canales Ciudad, Cristina Gómez Latorre, Sonia Balduque, Carlos Martín, Ana Campo, Diego Ibarra, Marga Bohanna, Vicente Guerrero, José Luis Ríos, Maite Pérez Pueyo, Silvia Viñuales, Álvaro Arregui, Ana Moreno, Jose Anoro, Esther Corra y Ana Infante.
Os dejo uno de los relatos: "Jab".
La fotografía es de Carlos Canales Ciudad
https://www.facebook.com/CarlosCanalesCiudadFotografia
Fue como un truco de magia. Verla
y abrirse una grieta en el suelo. Caer dentro y aparecer en otro lugar. Fue la
hostia.
Fue ver aquella nevera portátil y
hacer el puto viaje en el tiempo. Roja y con la tapa y el asa blancas. La
misma, idéntica a la que nos llevamos a las carreras aquel domingo.
Fue verla y acordarme, volver
hasta aquel día que fuimos Pablo y yo al circuito del Jarama a ver las carreras
de coches llevando aquella nevera que salió de un altillo de casa de mis
viejos. Roja y con la tapa y el asa blancas. Igual que ésta. Que llenamos con
una bolsa de hielos de la gasolinera y un montón de latas de birra. Y el calor
sofocante de aquel domingo y la cerveza helada. Y nosotros dos allí sentados
toda la mañana viendo pasar coches. Las risas y el pedo que nos cogimos a lo
tonto. Pablo. Mi amigo Pablo.
Los años en los que todo era
presente y un descojone en sesión continua. Siempre juntos a todas partes y a
todas horas. Hasta que a mí me dio por apuntarme al gimnasio a hacer Thai
Boxing y él pasaba de ese rollo de los karatekas. Y yo empecé a currar los
fines de semana de portero en una discoteca para sacarme algo de pasta y él se
puso a estudiar en la universidad. Al principio venía todos los sábados y se
tomaba unas birras conmigo, pero luego él empezó a quedar con gente de su clase
y yo me enrollé con aquella camarera rubia de bote que llamábamos la gamba.
Vendió el Dyane 6 verde -“La lechuga” lo llamábamos- y se compró un Clío blanco
de segunda mano y se puso a salir con una piba muy pija que me miraba con asco.
Alguna vez volvió y nos tomamos unas cervezas, pero las risas sonaban de otra
manera. Sonaban enlatadas.
Hasta que un día cambié de
garito y no le volví a ver. ¿Cuántos años hace de eso? Un huevo y parte del
otro. Supongo que él acabaría la carrera y ahora será ingeniero de caminos y yo
dejé lo de las puertas y me puse a trabajar para Anzano. Y ahora, después de
tanto tiempo, aparece esta nevera roja y blanca llena de hielo, igual que la de
aquel domingo en las carreras. Y dentro, en lugar de latas de birra, la oreja
derecha de la hija de Chibluco con el pendiente puesto para que vea que es la
suya y no la de otra. Y para que entienda que, o paga lo que debe, o lo
siguiente que le llevaré dentro de esta nevera será la cabeza de esa zorra de
mierda.
"Fotomatón". Luis Borrás. 140 páginas. Editorial Telee. Calatayud, 2012.
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