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martes, 31 de enero de 2012

Trilogía de Giménez Corbatón



Reconozco a Giménez Corbatón como a uno de los mejores narradores vivos de Aragón. Y lo creo desde que me deslumbró con su novela “La fábrica de huesos”. Crónica de una nueva generación nacida en barrios de aluvión, extrarradio y casas baratas; de padres trasplantados del campo a la ciudad, jornaleros convertidos en operarios de fábrica que cambiaron de sitio pero no de vida; nuevos dueños y viejos criados; historia de lucha y dignidad por salir adelante que muchos conocemos de cerca.
Deslumbramiento que se confirmó con sólo leer “La umbría”, aquel primer cuento, magistral y doloroso, de su colección de relatos “El fragor del agua”. Con los relatos de ese libro materializó un universo extinto y presentido en los largos veranos de mi infancia, sació mi curiosidad de adulto sin respuestas; me trajo con sus palabras la conciencia física y estremecedora de un mundo desaparecido y los que lo habitaron: los masoveros y sus vidas sacrificadas resurgiendo de las ruinas y el olvido.
Supongo que compartir origen y geografía une. Él a un lado de Castellote; Santolea y su embalse; La Algecira y todos los Mas despoblados; el mío al otro lado, en Las Parras y el río Bergantes, a ambos lados de la raya de Castellón y Teruel.
Reconozco mi predisposición sentimental, la coincidencia en la mirada, mi agradecimiento por recuperar con sus relatos la vida y una de sus formas más duras. Pienso que si alguna vez tuviera que explicarles a mis hijos cómo era la vida de sus bisabuelos podría recurrir a las maravillosas guías etnográficas de Fernando y Ana Biarge, pero que esos libros les enseñarían sólo la parte visual del todo; que si de verdad quieren sentirlo, entenderlo, vivirlo en plenitud, deben leer los relatos de Giménez Corbatón.
Y en “Tampoco esta vez dirían nada”, esta segunda colección de relatos, tenemos la suerte de regresar, volver con sus palabras a El Crespol y Cantalar, al territorio del Maestrazgo y sus habitantes. A su soledad y sus recuerdos, su destino, su dignidad y su derrota. Su vida agreste y libre, sus secretos desvelados en una confesión. Su humillación y su orgullo. Sus heridas, su hambre, su dolor, su miseria y sus trampas. Su dura existencia no exenta de brutalidad, lágrimas, piedad, humor, ternura y amor. El abandono de las masías. La última historia de sus últimos moradores. Su propiedad y herencia, su renuncia forzosa, su emigración, sus muertos y sus cementerios. Relatos de sus actuales habitantes; esa vida nueva adaptada a los nuevos tiempos y a sus dificultades. Nuevas historias y nuevas voces de un viejo mundo cada vez más pequeño y lejano. Nietos, hijos, padres, abuelos, hombres y mujeres; presente y pasado de aquellos masoveros. Historias siempre de supervivencia, mundo que se niega a morir del todo, a perder del todo su memoria. La narrativa de Giménez Corbatón es la resurrección a la vida de un tiempo y un lugar, la pedagogía sin nostalgia; es lirismo, sentimiento, naturalismo, épica y realismo; es, sobre todo, la dolorosa carnalidad de sus personajes, su absoluta humanidad.
“Voces al alba” podría haber convertido a ese universo narrativo en una tetralogía esencial, pero no puede formar parte de él. Comparte con ellos escenario y esencia, pero unas veces las historias se hacen mitin y otras retales de sastre. Porque el cuento que le da título es un magnífico relato épico de humillación, venganza, amor, fidelidad y sacrificio, pero también un retrato parcial e incompleto de los guerrilleros comunistas del maquis. Talento puesto al servicio de la propaganda. El resto del libro nos deja momentos de evocadora y lírica belleza recuperando a algunos personajes de “La fábrica de huesos”, pero mezclando por una parte fragmentos afrancesados que afortunadamente fueron descartados de la novela y por otra un idealismo político que secuestra la narración convirtiéndola en un bochornoso panfleto.
La obra narrativa de Giménez Corbatón, esa que le ha convertido en uno de los mejores de Aragón, está formada por una trilogía.

José Giménez Corbatón. “Tampoco esta vez dirían nada”. 185 páginas. “Voces al alba” 186 páginas. Prames-Las Tres Sorores. Zaragoza, 2011.



lunes, 14 de noviembre de 2011

Mensaje en una botella

Resulta muy curioso. Lo de menos en esta novela breve es la historia que viene anunciando desde el principio y que aparentemente la justifica. Un libro escrito para contar en él “una historia que siendo sincero conmigo mismo no puedo aspirar a que sea creída por ninguno de los que la lea”. Una historia que hábilmente se va aplazando para mantener esa expectación y que una vez contada -prácticamente al final de la novela- apenas ocupa nueve páginas.
Y es curioso porque lo que debería ser el motivo de la génesis de la novela se convierte en una mera anécdota. Algo bonito, misterioso pero prescindible. Y en un primer momento un lector apresurado, poco atento y superficial podría considerarse estafado; que el autor le ha tomado el pelo con un cuento de las mil y una noches. Pero yo creo que esa simpleza es una trampa. Una trampa inteligente e irónica. Porque esa historia: “una experiencia probablemente paranormal, una alucinación, algo imposible de explicar con la razón” no es lo que realmente importa sino que lo verdaderamente trascendente es todo lo demás. No es el destino sino el camino. No es el final sino todo lo que pasa antes.
Porque cuando al protagonista y narrador se le envía a un islote minúsculo en mitad del océano atlántico para realizar un trabajo de campo como una manera de quitarlo de en medio: “Todo era el resultado de un catedrático y padre intentando apartar de la competición a un sujeto (a mí) con más posibilidades que su hijo en ganar la carrera por la plaza”, lo que aparentemente es un amargo destierro se convierte en un lugar providencial en el que tomar conciencia de uno mismo, un tiempo para el aprendizaje de lo que realmente importa, la mayor y la mejor de las lecciones recibidas: “La estancia en la Isla de los Pelícanos me estaba proporcionando perspectivas que de no haber venido a ella no habría sido capaz de captar por mí mismo, inmerso como estaba en la vorágine del desarrollo”.
Y tal vez no sea una novela narrativamente deslumbrante, aunque se nota desde ésta -escrita en 1998- a la última -publicada en el 2011- una evolución, una contención en el lenguaje descriptivo que en esta “Isla” José Luis todavía no tenía, sobre todo en esas naturalezas muertas, paisajes, emociones y colores con los que en ocasiones tropieza; pero en la que ya está lo fundamental de su pensamiento al que se ha mantenido fiel: “Se puede elegir voluntariamente la vida que uno quiere llevar sin tener que pasar necesariamente por el pilón de la inercia en la que nos vemos envueltos”. Ya está la rebeldía, el individualismo, el carácter propio; el desprecio por los prejuicios, la apariencia y la superficialidad.
“En el mundo insulso, rutinario, carente de personalidad, donde todo el mundo y todas las cosas son iguales entre sí… en el mundo “estandarizado y global” lo original es sinónimo de extraño, y, además, es condenable por salirse de las normas a seguir por el rebaño”. Originalidad que José Luis nos muestra a través de unos personajes estrafalarios, sentimentales y entrañables. Personajes en ocasiones de un humor surrealista y disparatado que me recordaron al genial Harpo Marx. Personajes, como el hombre esdrújulo, que son protestas explícitas de la estupidez humana contemporánea y su empobrecimiento intelectual. Personajes que en su aparente insignificancia guardan el secreto inasible de la alegría, la tristeza sincera, la integridad, el equilibrio, la inteligencia y la armonía. “Como el resto de los habitantes de la Isla de los Pelícanos había alcanzado un grado de felicidad elevado suprimiendo la mayoría de sus necesidades. Sobre todo, esas necesidades absolutamente artificiales generadas por la sociedad de consumo y que no aportan ningún placer real y verdadero sino que son simples distracciones en medio de un mar de amargura provocado por la tensión originada en la sensación de carencia de bienes materiales”. “En la isla pude constatar lo inútil que resultan la mayoría de cosas consideradas indispensables en la sociedad de consumo”.
Porque esta es la manera en la que José Luis entiende la literatura: realidad factible e imaginación, fantasía, introspección, buen humor y una necesaria reflexión; un modo de expresión, un método útil, una manera de posicionarse en el mundo. Un mensaje en una botella.
Una novela en la que nos enseña a conocer frente al miedo la diferencia entre valentía y templanza; saber ante la adversidad o la injusticia qué es el valor. Nos presenta un original código de comunicación, un sistema con tres paraguas que según el color –rojo, verde o amarillo- sirve para comunicar el estado de ánimo de cada uno; una forma sincera de eliminar la hipocresía en las relaciones entre personas. Nos habla del estoicismo ante la tragedia y el escepticismo ante el júbilo momentáneo y fugaz; de la soberbia, la vanidad y la codicia; de la prisa y la lentitud; del confort insaciable, de la explotación insostenible del planeta, del contacto y el respeto con la naturaleza. Principios, valores esenciales por encima de cualquier apropiación interesada, oportunista y demagógica.
Pensamientos en los que encuentro una reconfortante coincidencia: “Nunca el dinero me ha proporcionado satisfacciones tan elevadas que no hubiera cambiado por crecimiento personal, intelectual y moral”. Reflexiones que podría suscribir, frases para dejar subrayadas: “Coincido con aquel viejo profesor de bachillerato que decía que el 70% de una persona no está compuesta de agua sino de los libros que lee y el otro 30% de las personas que ama y a las que odia”.

“La isla de los pelícanos”. José Luis Galar. 111 páginas. Segunda Edición. Prames. Zaragoza, 2010.

lunes, 29 de agosto de 2011

Masoveros

Muchos al encontrarse con un Mas o una Torre en ruinas no ven más que viejas piedras comidas por las zarzas.

Muchos al ver un pueblo deshabitado no ven más que una anécdota en el camino, un punto en el sendero que recorren con su mapa y su equipo de trekking.

Muchos pasan impasibles ante las casas arruinadas que ya sólo habitan los murciélagos; atentos tan solo a cumplir el horario previsto, al desnivel del terreno, a las calorías consumidas, al reto deportivo. Contemplan el paisaje como una postal pintoresca, una jornada de fin de semana y camping, unos días de vacaciones, excursionismo y turismo rural.

Muchos al ver esas casas con las paredes reventadas y sus techos hundidos por la lluvia y el cierzo no verán más que escombros, no sentirán curiosidad ni se harán preguntas, no pensarán que fueron lugares habitados, que antes de convertirse en nada lo fueron todo, fueron morada y pan, casa, tierra y agua, cobijo, sustento, calor, amor, dolor y trabajo.

Muchos al llegar hasta aquel lugar alejado y perdido de la montaña y ver sus habitaciones vacías y sus cocinas derrumbadas no pensarán que antes de llegar ellos allí llegaron mercachifles de Valencia que se llevaron de las casas todo aquello que podían vender en los mercadillos de las ciudades. Un montón de cosas abandonadas por sus dueños por no saber dónde meterlas en el piso angosto de Zaragoza de Valencia o de Barcelona a donde se fueron a aguardar la muerte.

Muchos al llegar de excursión hasta aquel lugar agreste y tan lejos de todo no pensarán que hasta allí no subía nadie para quedarse. A buscar setas, trufas, o hacer madera, sí, pero no para quedarse, y que, sin embargo, allí, en aquella umbría, en aquel Mas de Río, junto al remanso, vivieron hombres y mujeres para los que aquella casa y aquel paisaje eran todo su mundo.

Muchos al subir hasta La Peña Blanca y leer en su guía de bolsillo el inventario de su flora y fauna no sabrán que las almas de los que se han pasado la vida en aquellas montañas se quedan arriba y no bajan. Que al ver aquellas ruinas están contemplando los vestigios, el último recuerdo de lo que se olvidó, se abandonó, se despreció, se comió el futuro abortado y el viento nuevo. Hijos que se van; padres viejos que se quedaron solos para morir en esta tierra y quedar en ella para siempre abrazados a un mundo desmoronado.

Estos relatos no son la elegía de un mundo ideal ni un canto a lo arcaico en contra de la modernidad. Son algo que no explican ni enseñan las guías de viaje ni las rutas de senderismo; son una mirada, un reconocimiento, un homenaje, un recordatorio, un llanto sin falsa melancolía. Nos invitan a una reflexión acerca de la sobriedad y lo eterno, el obstinado amor a la tierra, el sacrificio, la fatalidad y la derrota.

Los relatos de “El fragor del agua” nos harán mirar esas casas derrumbadas de otra manera, con orgullo y tristeza, con admiración y dolor, porque esas ruinas guardan la memoria de otra manera de vivir: la estremecedora memoria de la vida, destino y muerte de los masoveros del Maestrazgo para quien quiera saber y escuchar.

Y todo eso contado por José Giménez Corbatón, sin duda, uno de los mejores narradores de Aragón. Por algo este libro va por la tercera edición.

José Giménez Corbatón. “El fragor del agua”. Prames. 3ª edición, Zaragoza, 2009.

Ilustración de portada: Ricardo Polo
, en la que se puede ver a la vieja de “La umbría” llevando a los lomos de la mula el cadáver de Próspero.


viernes, 8 de octubre de 2010

Romance de cobardía

“Escrito con luna blanca” es una novela con multitud de referencias: La España negra de Gutiérrez Solana y Darío de Regoyos con sus misas en latín, sus procesiones y rogativas mezcladas con el humor Made in Spain de Rafael Azcona y García Berlanga. Las crónicas de un pueblo aragonés de Jesús Moncada y los titiriteros de “El viaje a ninguna parte” de Fernán-Gómez. Y el realismo rural naturalista de principios del siglo XX de Ortega Munilla con la reflexión filosófica y existencial del "Camino de perfección" de Baroja. Todos, de alguna manera, están dentro; mezclados, no agitados; evocados y diferentes. Referencias que no la convierten en copia o imitación sino que aparecen como reminiscencia y compañía, que sitúan a esta luna blanca y a Juan Carlos Soriano junto a todos ellos, incluidos en esa lista y a su misma altura; como transbordo, continuación de esa línea prodigiosa. Porque esta luna blanca es un cuadro original y personal de un pueblo de Teruel batido por el cierzo que nos hará disfrutar a carcajadas con su humor; compadecernos ante su miseria, la miseria moral de los ricos y la que mataba de hambre a los pobres; y rebelarnos ante la tragedia de una muerte injusta que será para siempre un tumor en la memoria. Emocionarnos con su historia de amor no correspondido, su soledad de flores de papel y locura asomándose al balcón. Sonreír con tesoros escondidos, espectros de generales cubanos que se aparecen en la cambra, entierros accidentados y muertos que sacan la lengua. Temblar con la visión premonitoria por el ojo de una cerradura de un animal que anuncia la muerte un día de lluvia. Gris sobre negro y lo blanco salpicado de barro. Luna blanca sobre los tejados de un pueblo del Maestrazgo, tejados de un rojo doliente, amasados con sangre de labradores que tenían el silencio por pecado y llevaban en la resignación su penitencia.
Pero esta luna blanca es, fundamentalmente, un viaje de vuelta. Y esos viajes son siempre un reencuentro con el pasado y sus abismos. Camino de vuelta y tiempo en blanco para recordar toda una vida dejada atrás. Desde el día en que nos fuimos. Desde el día en que todo se perdió y comenzamos a ser otro. Presente imperfecto, pasado ideal; comparaciones odiosas, hirientes; porque el pasado sólo vuelve si mejora lo presente.
Esta luna blanca es el retorno de un bastardo con tratamiento de Ilustrísimo Señor. Es lo que esconde la apariencia, la historia de un perdedor que ha triunfado en la política. Y es el dolor personal que producen la conciencia y el remordimiento. Un romance de vergüenza y cobardía. Un ajuste de cuentas con uno mismo. El drama de un hombre que reconoce que en el momento decisivo le faltó coraje ante la vida y le sobró egoísmo, valor para salvar a un amigo. Porque la carrera política es un oficio al que hay que echarle tragaderas. Cada quien alcanza su meta, y sólo los sentimentales se quedan por el camino. No haber hecho nada para evitar que se ajusticiara a un inocente. Dar por bueno que no importa que el inocente pague por el culpable. Que ese es el precio del orden.
Esta luna blanca es el recuento de todos los pasos en falso, el inventario de los errores cometidos, de todo lo que no hicimos. Volver la vista atrás y tener la sensación de no haber tomado las decisiones por uno mismo, dejarse llevar, dejar que otros decidieran por nosotros y obedecer. Es un viaje de vuelta y encontrar un tiempo y unas ilusiones perdidas por el camino. Es buscarse a sí mismo y encontrarse solo y sin coherencia; sin pasado, presente ni amor propio. Es regresar para descubrir que ha llegado el momento de romper con todas las conjugaciones del tiempo y volver a empezar.

Juan Carlos Soriano. “Escrito con luna blanca”. Prames, Zaragoza. 3ª edición, septiembre de 2005.

martes, 3 de agosto de 2010

Mirar

Podemos mirar la vida representada en la televisión hasta quedarnos dormidos. Podemos ver y olvidar. Y podemos mirar desde la calle las ventanas. La luz azulada que parpadea. Ver de otra forma.
Podemos ir en el coche detrás de un camión y golpear nerviosos el volante. Arriesgar por adelantarle. Ir más rápidos. Llegar antes. Podemos estar detenidos en un atasco con la miada perdida en un punto fijo. En el depósito de la gasolina y en el reloj. Y podemos ir por la carretera y asombrarnos de los colores, sus formas y sus nombres. Ver lo que está cerca y lejos, envolviéndonos.
Podemos caminar o estar sentados sin mirar a nuestro alrededor. Y podemos percibir los detalles. Detener la mirada.
Y quizás se trate de eso. Simplemente. Darnos cuenta de lo sencillo y lo real. De lo que está junto a nosotros. De no quedarnos flotando en la superficie. Indemnes. Indiferentes. Que vivir se trata de parar y mirar. Contemplar. Sentir. Expresar. Guardar.
Porque sólo la poesía tiene esa virtud. Sólo la poesía puede marcar ese ritmo. Sólo la poesía consigue con sus palabras la mirada intensa, lenta, absoluta; incondicional. Sólo la poesía reduce el espacio y lo acerca a lo íntimo. A lo esencial. Y eso es lo que Jesús Miramón nos muestra y enseña en “El sueño del erizo”.
Podemos correr para llegar antes y no ver nada. Podemos vivir sin retener nada. Podemos vivir rápido sin contemplar, sin guardar el tiempo que se escapa. Salir ilesos y vacíos. Y podemos vivir y mirar, vivir y recordar, vivir y subrayar.
Podemos vivir pasando por encima de la vida. Vivir sin advertir. Y podemos escuchar el ritmo de las palabras encadenadas a la respiración y a la contemplación del silencio. El rumor de las olas sobre la piel. Podemos sentir cómo Jesús Miramón nos devuelve algo que perdimos. Algo necesario, vital e indispensable. Algo que es contrario a lo que estamos habituados. Algo que es lo opuesto a esas soluciones rápidas y asépticas que consumimos. A lo inmediato y lo fácil. Al barniz y la estética. Vivir delante de un escaparate, vivir delante de todo sin ver nada.
Porque Jesús Miramón escribe de lo que oímos y lo que vimos. De lo que sabemos y recordamos. De lugares, caminos y paisajes. Árboles solitarios y naturaleza junto a las autopistas. Viendo lo que para otros pasa inadvertido.
Escribe y refleja gestos cotidianos cargados de sentido. Del recuerdo que nos traen los olores y dónde nos lleva la música. Desiertos y acantilados. Viajes y otra edad. El sabor intacto de los besos.
Palabras que dan forma a los años, los secretos y las noches. De lo que estuvo antes y ahora. De lo que siempre vuelve. Siestas de verano y silencio. Conciencia de lo que somos. Reconciliarnos con nosotros y nuestra existencia. Vernos reflejados en instantes próximos, iguales. Observarnos y aceptarnos en los gestos mínimos. Sonidos, olores; biografía formada por familia, pasado y presente. Biografía hecha de personas: padres, mujer, hijos, trenes, amaneceres, cielos y trabajos. De nosotros y otros lugares, otro tiempo.
Despedidas, instantes grabados, diálogos, mudanzas, nubes panorámicas, el olor de las hojas, las calles vacías, la hierba mojada, las nueces y la lluvia.
Jesús Miramón nos enseña a mirar la naturaleza y sentirnos afortunados y pequeños. Nubes que amenazan tormenta, sol del alba, campos segados. A detenernos y observar, escuchar lo que está fuera, junto a nosotros, lo que palpita dentro.

Jesús Miramón. “El sueño del erizo”. Prames Editorial. Zaragoza, 2001. XXXIII Premio de Poesía “Hermanos Argensola”, Barbastro, 2001.

miércoles, 9 de junio de 2010

Raíces y alas

Yo soy un niño de ciudad que se pasaba los largos veranos de la infancia descubriendo paisajes en bicicleta, arrancando regaliz de las cunetas y recogiendo fruta de los árboles en un pozal. Melocotones amarillos que lavar en las acequias. Mordisco dulce y caliente. Mermeladas y conservas. Ponche en las fiestas de agosto.
“Malos Tiempos” me trae el recuerdo de aquellos veranos interminables, igual que Javier Delgado me los devolvió en su “Tierra de nadie”.
Chusé Inazio me recordó que cuando regreso a las raíces hay casas y torres que ya no existen, que los escenarios de la memoria se van derrumbando, que tan sólo los olores y el paisaje nos dejan propina a cambio de nada. Que las calles y placetas del pueblo son siempre un billete de vuelta. Que el niño que yo fui murió, o se extravió para siempre entre las hojas de los álbumes de fotos de esos años. Igual que Fernando Sanmartín lo contaba en “La infancia y sus cómplices”.
“Malos tiempos”
me habla de días de escuela. De viejas escuelas que yo no conocí. De maestras que llegaban a los pueblos igual que contó Severino Pallaruelo en su “Pirineos, tristes montes”. Escuelas en las que se cantaban las tablas de multiplicar y las lecciones de geografía. Ríos y afluentes.
Chusé Inazio me trae recuerdos de noches de invierno alrededor del fuego, haciendo lucecitas con palos encendidos. Viejas palabras que aprendí de mis padres y se perderán conmigo. Significados que sólo yo conozco y repito en silencio.
“Malos tiempos” es la infancia y los animales, asombros y crueldades. Vacas que entran en bares y billares. Bandadas de vencejos que ocultan el sol. Salamandras y antorchas. Palomas y escopetas de perdigones. Farolas, salamanquesas, noches y piedras.
Soy un niño de ciudad que en casa de sus abuelos tenía corraletas con tocinos. Mondongos, embutidos secándose en la despensa. Conejos. Huevos y gallinas.
Soy un niño de ciudad que pasaba sus días de vacaciones ayudando a sus primos en las granjas de cerdos. Carretillas llenas de pienso. Emoción de ir por la noche a ver cargar los camiones del matadero. Bañarnos desnudos en la balsa y jugar con la rueda parcheada de un tractor. Sandalias llenas de barro.
Trágica coincidencia; trágico final; muerte narrada en el “Revuelo en una granja de cerdos”. Realidad vieja e inolvidable que vuelve para abrir la herida, mancillar, destruir los escenarios extrañamente felices de la infancia.
“Malos tiempos” es un diario disperso. Diario de pérdidas, simiente negra en los bolsillos, vías de agua, noches de insomnio, duelo y euforia. Años que van pasando y nos arrastran río abajo.
“Malos tiempos” son días modernos, domingo de vermú y berberechos. Tardes de bares y cervezas frías. Mes de verano, oposiciones y futuro. Piscina, sol y belleza, mujeres desnudas. “Malos tiempos” es Huesca, esa ciudad en la que los suicidas malgastan sus pies callejeando a la búsqueda de un río en condiciones en el que ahogarse. Huesca ciudad y la plaza de López Allué, los personajes de Rafael Andolz y los “Papeles dispersos” de Carlos Castán. Huesca, billete de vuelta.
“Malos tiempos” es literatura de consumo interno, literatura enronada, diluida, quieta y agitada entre hojarasca y chatarra.
“Malos tiempos” es opinión personal, libertad de cátedra, literatura de partido, tinta servicial, discurso, ideología, ingenuidad inoxidable.
“Malos tiempos” son tiempos de brindis, alcohol y compañía, alcohol y amistad. Excursiones, aperitivo, comida, sobremesa, cena y copa. Humor, surrealismo y poesía. Delirios y bromas. Negocios imposibles. Carcajadas.
Viejas tabernas apuntaladas. Lugares donde escuchar fábulas de pastores que todavía llevan boina, paraguas y pellejo. Pastores y campos de tiro, bombas sin estallar y motocicletas que moler a palos.
Chusé Inazio es bisnieto de pastores. Aragonés de estirpe fronteriza y burlona. Oveja negra que permanecía como amuleto contra los rayos y las centellas, de los que protegía al rebaño.

Chusé Inazio Nabarro. “Malos tiempos”. Prames. Zaragoza, 2009.

jueves, 13 de mayo de 2010

Dura lección de vida

Empezar por el final es una manera de comenzar. Esta es la segunda edición de “La fábrica de huesos”; la primera, de 1999, vendió sus dos mil ejemplares. Y al terminar la novela –en realidad, mucho antes de terminarla- comprendí el porqué. Por una vez le daré la razón a los números y además espero que llegue a la tercera edición.
El mayor mérito de “La fábrica de huesos” es que José Giménez Corbatón nos deja que saquemos nuestras propias conclusiones de la lectura. Y no estoy hablando de tirar la piedra y esconder la mano o de dejar las cosas a medias; hablo de que su forma de narrar es líquida y completa, visual y lírica; que José describe y conmueve, muestra y hiere, pero no lo hace de forma evidente y explícita sino que la emoción, el efecto, se destilan lentamente, gota a gota hasta rebosar el vaso; grado a grado, a fuego lento hasta hervir y quemarnos. Y es que las lecciones más duras, a veces, no se aprenden de golpe.
“La fábrica de huesos” enfrenta dos mundos opuestos; enfrenta generaciones, presente y pasado, opulencia y miseria, padre e hijo, niñez y madurez, amor y dudas. “La fábrica de huesos” nos cuenta que la resignación de un adulto tiene algo de inocencia. Y esa, como la de un niño, llega un día en que se pierde. Que un adulto puede sentirse confuso, extraviado, débil; puede caminar de puntillas bordeando precipicios, contemplar la muerte como algo ajeno, sentir el amor como un calor frío y la vida como un destino forzoso con el que conformarse. Pero un día las heridas invisibles hacen mella, llaga, tocan hueso, y se descubre la forma y el sabor de la palabra desprecio, la dolorosa moraleja que encierra el final de un cuento duro y amargo; se le pone cara, nombre y apellidos a la crueldad humana. Y ese día se abren los ojos y se dice basta.
“La fábrica de huesos” rememora al patrono que gobernaba, dominaba y dirigía hombres aprovechándose de su infortunio, explotando la desventaja, debilidad y carencia de los que nacieron jornaleros. Pero, sobre todo, me deja el significado peyorativo y despreciable del sustantivo Dueño: persona que posee a otras personas. Dueño, amo de una mujer nacida en casa pobre y cuyo único destino era el de marchar a la capital a servir en casa rica. Dueño, amo de una sirvienta a la que convierte en amante y esconde en un piso. Propiedad privada que convierte a uno en dueño y a la otra en pertenencia. Posesión y placer que la enfermedad convierte en un mueble inútil, vida ajena que es un objeto para tirar al estercolero cuando ya no nos sirve.
La indiferencia ante la muerte puede hacer visible la verdadera dimensión de los que nos rodean. El presente y el futuro que nos espera si permanecemos bajo su dominio. La desolación de encontrar en el hijo, la siguiente generación de patronos y dueños, ninguna virtud y los mismos vicios despreciables que el padre. El cinismo, la avaricia, la hipocresía; el mal ejemplo en el que reflejarse; la hombría mal entendida.
Todo tiene un límite, y hay hombres nuevos, adultos recién nacidos, que no tienen precio ni pueden comprarse. Después sólo queda marcharnos y acompañar a la dignidad de los derrotados hasta otro lugar donde espero que conozcan eso que llaman suerte. Regresar al punto de partida y volver a tirar los dados con la lección bien aprendida.

José Giménez Corbatón. “La fábrica de huesos”. 2ª Edición. Prames. Zaragoza, 2009.

jueves, 11 de febrero de 2010

Detrás del espejo

Seguro que me gano el primer abucheo al reconocer que “El espejo griego” es la primera novela que leo de José Luis Corral. Y seguro que suena el segundo al reconocer que siempre paso de largo la sección de “Novela Histórica” en las librerías. Y es muy probable que me gane el tercero cuando alguien termine de leer esto. Pero así es la vida del espontáneo. Nadie entiende su arte irracional, apasionado y precipitado.
Porque diré que me quedo más con el transfondo de esta novela que con su parte visible. Más con la carga que lleva en su bodega que con su romántico sol embotellado. Más con el argumento secundario que con su amor y hermoso paisaje protagonistas.
Aunque lo primero que debo reconocer es que José Luis hace que parezca sencillo escribir. Y eso, al menos para mí, tiene mucho mérito. Porque mientras yo tardo horas, días y un cartón de tabaco en escribir un folio, él escribe una novela como un virtuoso pianista acaricia el teclado. Y esa forma suya de narrar, sencilla, desnuda y directa, te mantiene atado a la historia sin un solo bostezo. Leerle es como ver soplar a un vidriero. Convierte, con destreza y sin aparente esfuerzo, una burbuja de gelatina en un corazón de frágil cristal.
Pero cambié ese asombro por incomodidad cuando la novela se convirtió en el folleto a color de una agencia de viajes y en el cuaderno de campo de un gourmet. Y la historia de amor en una novela romántica de bajo presupuesto en la que sobran lugares comunes y le faltan palabras que expliquen cómo se declaran los incendios y hagan creíbles las quemaduras.
Por eso me quedaré más con la biografía de ese novelista mediocre que se convierte con el tiempo en un escritor famoso al aceptar un día, veinte años atrás, el encargo de su editor de escribir un libro sobre la Guerra Civil a cambio de un cheque de seis cifras. Escribir un libro a la medida del mercado. El negocio redondo. Las cifras de ventas. El libro adecuado en el momento justo. Las campañas de publicidad y promoción y sus mentiras convenientes. Y la política apropiándose de las palabras. Tergiversándolas. Retorciéndolas. Interpretándolas a su conveniencia.
Me quedaré con el éxito y sus caminos subterráneos, el comercio de papel y el navegar a favor del viento, el besamanos a banqueros y la injerencia de políticos; los premios sin mérito y los banquetes de cartón piedra.
Me quedaré con la renuncia, el desencanto, la ingenuidad destruida. La independencia imposible. Las castas y grupos a los que hay que pertenecer para ser alguien. Y todo ese idealismo perdido en el camino cambiado por materiales más imperecederos y tangibles.
La fama, el dinero y el vacío. Y el peor, el más doloroso arrepentimiento. Ese que ya no sirve de nada.

José Luis Corral. “El espejo griego”. Prames. Zaragoza, 2009.