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viernes, 17 de febrero de 2012

Nomeolvides

Yo no tengo ningún tatuaje, y, sinceramente, me llevaría un disgustazo si alguno de mis hijos se pusiera uno. Sí, soy un carca. ¿Qué pasa? Mi experiencia más cercana son las calcomanías que salían en los chicles bazooka. Los tatuajes eran cosa de marineros, legionarios y gente que había estado en la cárcel Y este ensayo de Salillas viene a explicarme porqué pensaba eso. Lo de ahora es más un criterio estético y antifutbolístico.
Rafael Salillas que nació en Angüés (Huesca) en 1854 es uno de esos personajes desconocidos y olvidados que merece la pena recuperarse. Médico, periodista, profesor del Ateneo de Madrid, creador y director de la Escuela de Criminología y Diputado, publicó una veintena de libros y fue precursor, pionero y divulgador de la antropología criminal en España. En 1908 publicó este ensayo: “El tatuaje”, que aunque no es un libro de lectura cómoda aporta sin embargo datos históricos y realmente curiosos sobre el origen y evolución del tatuaje. Lo primero que hay que tener en cuenta para no perder la perspectiva es cuándo se escribió este ensayo. No se trata del tatuaje ahora sino de quién y porqué se tatuaba en el siglo XIX y principios del XX en Francia, Italia y España. Y en aquella época y en esos países, tatuarse era –con algunas excepciones- propio de marineros, delincuentes y presos. Por eso resulta tan jugoso el exotismo de un diplomático español que se había tatuado en Japón, descubrir que la alta aristocracia inglesa se tatuaba con gusto y el episodio de ese profesor Williams, un tatuador de los EEUU que se exhibía con su mujer -también tatuada- en un teatro de Londres y que en una entrevista a un periódico británico afirmaba que “el tatuaje se está haciendo una de las artes más hermosas y uno de los anhelos más en moda”.
Lo mejor de este ensayo está en comprobar que a parte de esa extravagancia; de que fuera signo de pertenencia a un gremio, a un cuerpo del ejército o profesión de fe; que se hicieran por imitación; fueran propios de un colectivo marginal y carcelario; que algunos de sus dibujos fueran divertidamente pornográficos, “Lo que se hace en el tatuaje se hace en el anillo, en el medallón, en la estampa, en la corteza de un árbol, en las paredes, en los bancos, en los espejos de los restaurantes con el diamante de los anillos”. Los tatuajes podían ser Cristos y vírgenes; lemas políticos escritos en la piel: “Viva la anarquía”; de protesta, juramentos y anagramas de venganza; lemas delirantes: “Viva el vino” o fatalistas: “Hijo de la desventura”. Pero sobre todo los tatuajes eran una cicatriz, una forma de memoria; souvenir, recuerdo imperecedero. Los tatuajes de un hombre podían representar su biografía: la herida, los lugares en los que había estado, el símbolo, las amistades o la traición, las desgracias, las aficiones, la fe religiosa. Eran formas mnemotécnicas, la manera de no olvidar. Eran la expresión, la forma de grabar un sentimiento, y, sobre todos los demás, el del amor, la pasión amorosa. Corazones atravesados de puñales y flechas, simples iniciales, el nombre e incluso el apellido de la mujer amada. “Carmen piensa en Vicente y yo no te olvido año 1901”. Grabado con tres alfileres sujetos a un palito y con tinta china.



Rafael Salillas. “El tatuaje”. 204 páginas. Ediciones Nalvay. Almudévar (Huesca), 2011.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Ecosfera

Se hace inevitable caer en el tópico. Lo siento. Pero es que nunca algo resultó más apropiado. Me refiero a esa maldita pregunta que le hacen siempre a todos los escritores de relatos: ¿Y para cuándo una novela? Como si escribir relatos fuera hacer guiones para episodios piloto, experimentos de quimicefa, correr la banda para calentar antes de jugar el partido de verdad. Pues bueno, para todos esos que no conceden el título de escritor serio sin haber pasado ese examen de reválida Óscar Sipán ha escrito su primera novela, y ya no tendrá que escuchar la odiosa pregunta que ponga en duda todo lo mucho, y muy bueno, que ha publicado hasta ahora.
Óscar ha aceptado el reto y ha elegido el arma que le daba ventaja en ese desafío. Ha saltado al ring disfrazado de su hermano gemelo y ha utilizado su sombra y un espejo para romper la maldición. Igual que un mago recurre a su mejor truco para hacer saltar la banca. Porque Óscar no ha escrito una novela sino seis cuentos entrelazados. Ha utilizado un bloque de viviendas para relacionar seis historias y siete personajes unidos por los elementos comunes y la ley de propiedad horizontal, la soledad y la mentira, la ambición y la muerte, la derrota y la nostalgia, el rencor y la decadencia, la envidia y la lucha, el odio y la atracción. Una ecosfera, un acuario, un mundo a escala real concentrado en seis relatos magistrales. Seis relatos que hacen una novela
Algunos dirán que eso es hacer trampa. Que Óscar no ha hecho nada nuevo, que ha ido sobre seguro. Que no ha evolucionado, que se repite, que es más de lo mismo. Y tal vez con el escándalo me hagan dudar un momento, pero si esos reproches no son más que una discusión pseudo-académica sobre los aspectos formales de la novela no entraré al trapo. Y si tuviera que ponerme de parte de alguien; elegir bando en ese debate, me pondría del lado de Óscar. Porque yo nunca firmo manifiestos ni elaboro listas, pero si tuviera que hacer una con los cinco mejores narradores vivos de Aragón, Sipán estaría entre ellos.
Óscar es capaz de resumir una vida en un relato. Microuniverso, cosmorama que contiene el mundo. Un novelista cuenta una noche en trescientas páginas. Óscar va directo, sin concesiones ni rodeos; como ese artilugio de las ferias: un mazo, un golpe seco y el peso sube como un cohete hasta el máximo y hace sonar el timbre. El novelista prefiere los caballitos o la noria; por el mismo precio diez vueltas y un globo con forma de margarita. Óscar prefiere el salto del trapecista y la retórica del cirujano y el radiólogo. El novelista un largo paseo por el campo y las curas de balneario. Óscar escribe como si el día que lo hiciera fuera el último. Como si padeciera una enfermedad mortal. El novelista siempre deja algo para mañana.
Óscar ha escrito una novela de seis relatos y nueve epílogos -algunos más logrados que otros- sobre unos personajes cruzados como un dios voyeur espía a sus inquilinos. Siete personajes de los que hace su currículum vitae, su retrato, su árbol genealógico como trabajan los grandes publicistas: a frase ganadora. Siete personajes unidos y separados, protagonistas, hormigas de esta ópera bufa en la que entre el pasado y el presente se espera la resurrección; se vive deprisa para morir joven y tener un bonito cadáver; se echa de menos la vida; se miente para espantar la soledad; se busca el aire entre tanto tedio y tanta calma; se escriben anónimos para mitigar el resentimiento, se busca oro en las bolsas de basura y en los buzones; se queman diarios y se oyen ruidos al otro lado del tabique.
Óscar es ladrón de secretos y pensamientos; inserta relatos dentro de los relatos como una transfusión de sangre y lágrimas, como un electroshock. La narrativa de Óscar es guerra de guerrillas; es estimulante, anfetamina legal. No hay nada más desolador que levantarse en mitad de la madrugada y no tener una misión, ese es el verdadero santo y seña de la decadencia. Su narrativa es humana entomología, mirada y olor, fogonazo, rabia, vida y herida, sabor y dolor. En sus relatos encontramos el veneno de los buenos libros. Y en estas “Concesiones al demonio” ha vuelto a hacerlo.

Óscar Sipán. “Concesiones al demonio”. Ediciones Nalvay. Almudévar (Huesca), 2011.
Ilustración de portada de Óscar Sanmartín.

viernes, 29 de abril de 2011

Pura diversión

Si no supiera quién es Roberto Malo escribiría una carta al editor de esta novela preguntándole si es el hijo de alguien. O el novio de la hija de alguien. O el pseudónimo tras el que se esconde alguien.
Si no supiera quién es Roberto Malo pensaría que el editor le debe un favor enorme (tal vez le salvó de morir ahogado en la playa el verano pasado) y que por eso ha publicado esta novela.
Si Roberto Malo no fuera Roberto Malo pensaría que es un sinvergüenza, un bromista, un caradura.
Pero sé quién es Roberto Malo (el auténtico) y sé que es cuentacuentos, actor de teatro, ameno animador sociocultural, comediante, escritor, y un tipo que le da sentido a la palabra buen humor.
Si yo fuera crítico hubiera tirado este libro a la piscina que no tengo. Y si tuviera dieciséis años lo hubiera guardado debajo del colchón y hubiera tenido recurrentes fantasías con las ilustraciones de Abraham Pérez y con un capítulo en concreto. Si no tuviera cuarenta años habría incluso tomado nota y me hubiera comprado un tarro de miel y una botella de leche. Hubiera aprendido a hacer nudos marineros.
Si Roberto Malo no fuera Roberto Malo pensaría que esta novela es el guión de una película porno. El disparate calenturiento de un adolescente. Una secuela de American Pie. El paraíso de los salidos. El sueño de Andrés Pajares sin Fernando Esteso: un club nudista repleto de tías buenas.
Pero como conozco a Roberto Malo empecé el libro sabiendo dónde me metía y con la seguridad de que iba a divertirme. Y empecé a hacerlo desde el principio con la escena del ascensor estropeado en un rascacielos y el protagonista subiendo por las escaleras los pisos de uno en uno por orden alfabético. Y con los niños bromistas –e hijoputas- del primero E. Y con el acoso disparatado –y digno de Benny Hill- de una vecina jamona con hambre de hombre atrasada desde hace tres años. Y con el surrealismo culminante de un cartel en una puerta que ponga: LUIS GÓMEZ, ASESINO PROFESIONAL. Y encima de su mesa una placa regalo de sus colegas, que reza AL MEJOR ASESINO. Y la aparición de un coche que habla y se llama señor Ruiz. El hermano de Kitt, el coche fantástico, a la española.
Pero este “Asesinato en el club nudista” nos descubre entre su absurdo divertimento la discriminación humana, la eugenesia; una selección de la raza que desprecia a los gordos. Convierte un hotel de vacaciones en la casa de Gran Hermano, nos descubre con humor a un tipo listo y cínico, a un tipo con suerte y cuenta una historia en la que hay que prestar atención a los detalles, a las puertas que no se cierran, a los ojos que se vendan para no ver y a las armas de plástico y madera que desaparecen en el fondo del mar. A los favores que se deben y se devuelven con otro favor por odio.
Roberto Malo es, simplemente, un tipo feliz. Un tipo que no pretende nada más que divertirse y hacernos reír. Roberto no cambies nunca.

Roberto Malo. “Asesinato en el club nudista” Ediciones Nalvay. Teruel, 2011.

martes, 29 de junio de 2010

La caja de música

Conocí a Ricardo Espín por pura casualidad, pues la Librería París nos había puesto juntos en la misma caseta para firmar en la Feria del Libro de Zaragoza. Él promocionaba su octava publicación, “Melodía en Alabama”, finalista del premio Dulce Chacón 2008.
Acudí a su presentación, me cautivaron sus palabras, compré el libro y me dejé transportar…porque en cuatro páginas ya nos ha metido en el corazón de los EE.UU. sudistas, en las fincas de algodón, en los bares de jazz con músicos negros y en el racismo subyacente de algunos blancos.
Su editor dijo en la presentación que era un libro muy cinematográfico, aunque no sé si se refería a su manera de escribir por medio de frases cortas, directas y sin complicas adjetivaciones, o tal vez porque al leerlo fluyen a tu cabeza imágenes o paisajes que hemos visto en el cine. En mi caso surgieron tres títulos conforme leía la novela, ustedes dirán si con acierto o no cuando la lean: Matar a un ruiseñor, El sargento negro, y Arde Missisipi.
Espín lleva su novela de menos a más, hasta un clímax emocionante, envolviéndonos en sus enredos sin darnos tregua ni dejarnos especular durante la lectura. Las pistas y detalles los va dosificando a la vez que introduce los personajes y dando forma a la trama que queremos que nos explique.
Narrada en primera persona, a través de su protagonista, Víctor Rey, nos sumerge en la investigación de un asesinato no muy claro que sucedió décadas atrás
Y lo resuelve muy bien, en un doble salto hacia delante con un trufado de Entre fantasmas.

Ricardo Espín. “Melodía en Alabama”. Ediciones Nalvay. Teruel, 2010. 143 páginas. 13,95 €.

Reseña de José María Morales
http://unodetellerda.blogspot.com/

Ricardo Espín
http://ricardoespin.wordpress.com/

martes, 26 de enero de 2010

Nueva editorial: Ediciones Nalvay


Máziel se ha metido en un lío mayúsculo. Tiene entre patas un misterioso cuadro y un enigma por resolver. ¿Aceptará el reto? ¿Se atreverá a convertirse en detective?
"Máziel Spück y el misterio del cuadro" es un libro nacido en forma de capítulos semanales que Pepe Serrano leía cada lunes a sus alumnos de primaria. Así, poco a poco, Máziel creció hasta convertirse en una historia trepidante y llena de emociones, donde la amistad, el ingenio y la valentía son los auténticos protagonistas.
Ediciones Nalvay abre su línea de literatura ingantil-juveni con el perro más hábil con los pinceles y los misterios del mundo animal . Un cuadro cambió la vida de Máziel, y con él llego la revolución a su mundo canino. Ahora a Máziel no le queda más remedio que enfrentarse a este enigma como auténtico detective, con la ayuda de sus amigos.

Ediciones Nalvay