martes, 29 de junio de 2010

La caja de música

Conocí a Ricardo Espín por pura casualidad, pues la Librería París nos había puesto juntos en la misma caseta para firmar en la Feria del Libro de Zaragoza. Él promocionaba su octava publicación, “Melodía en Alabama”, finalista del premio Dulce Chacón 2008.
Acudí a su presentación, me cautivaron sus palabras, compré el libro y me dejé transportar…porque en cuatro páginas ya nos ha metido en el corazón de los EE.UU. sudistas, en las fincas de algodón, en los bares de jazz con músicos negros y en el racismo subyacente de algunos blancos.
Su editor dijo en la presentación que era un libro muy cinematográfico, aunque no sé si se refería a su manera de escribir por medio de frases cortas, directas y sin complicas adjetivaciones, o tal vez porque al leerlo fluyen a tu cabeza imágenes o paisajes que hemos visto en el cine. En mi caso surgieron tres títulos conforme leía la novela, ustedes dirán si con acierto o no cuando la lean: Matar a un ruiseñor, El sargento negro, y Arde Missisipi.
Espín lleva su novela de menos a más, hasta un clímax emocionante, envolviéndonos en sus enredos sin darnos tregua ni dejarnos especular durante la lectura. Las pistas y detalles los va dosificando a la vez que introduce los personajes y dando forma a la trama que queremos que nos explique.
Narrada en primera persona, a través de su protagonista, Víctor Rey, nos sumerge en la investigación de un asesinato no muy claro que sucedió décadas atrás
Y lo resuelve muy bien, en un doble salto hacia delante con un trufado de Entre fantasmas.

Ricardo Espín. “Melodía en Alabama”. Ediciones Nalvay. Teruel, 2010. 143 páginas. 13,95 €.

Reseña de José María Morales
http://unodetellerda.blogspot.com/

Ricardo Espín
http://ricardoespin.wordpress.com/

domingo, 27 de junio de 2010

Razón y corazón

Sería injusto comparar “Adónde vamos” con cualquier otro texto que hable en tercera persona de lluvia amarilla, derrumbe, soledad y muerte. Así que prefiero unirlo a “Casa por casa” y, sobre todo, a “De puertas adentro”, los dos magníficos libros-documento de Fernando y Ana Biarge porque son la forma perfecta de ver, ponerle imágenes a las palabras y entender todo lo que Ana Tena nos cuenta en su novela.
El estilo literario no es lo importante; lo valioso de “Adónde vamos” está en su enseñanza, en lo que quiere que sepamos, comprendamos y guardemos. Ana ha puesto en un doloroso y lúcido monólogo las historias oídas en su casa. Palabras que ella escuchó con atención, respeto, curiosidad y cariño. Palabras que puso de igual forma sobre un papel para que no se perdieran. Una forma de vida desaparecida que yo también he oído contar a mi padre, mi madre y a mi abuela. Primera persona del singular que se convirtió en plural.
“Adónde vamos” es la historia de tres generaciones. Entender que para poder llegar a la orilla en la que ahora estamos es porque otras dos generaciones lo hicieron posible. Mis padres son de los que marcharon a la capital. A mis abuelos les tocó verlos marchar. La generación de nuestros abuelos se quedó en la otra orilla, la contraria a la nuestra; y nuestros padres hicieron de puente uniendo una y otra. Pasado, presente y futuro y dos lugares distintos. Y que cuando el puente se rompa ya no habrá forma de regresar porque lo que nos une y mantiene unidos al pasado habrá desaparecido. Por eso debemos escuchar, saber, comprender y guardar.
“Adónde vamos” está escrito contra el silencio; le pone voz y sentimientos a esa generación que fue la última orilla. La que tenía que despedirse de los hijos y quedarse solos en su pueblo para morir con él. “Adónde vamos” nos enseña el porqué de todos esos pueblos derruidos y deshabitados de Aragón. La llegada del progreso que dejó sin trabajo a los jornaleros, los más humildes que no tenían tierras propias, que los obligó a marcharse porque allí ya no eran necesarios. Y que hizo después que los hijos de los propietarios ya no quisieran ser agricultores, vivir en un pueblo pequeño de tierra escasa y abrupta sin más futuro que la subsistencia. Una nueva época. Una nueva vida.
“Adónde vamos” es vivir en soledad con la única compañía de los recuerdos. Del pasado y lo vivido, del hablar solo, ver morir un mundo y nacer otro distinto donde ya no se tiene cabida. Dos vidas distintas. Sentimientos, resignación, orgullo y duelo.
“Adonde vamos” es razón y corazón. Razón es la sensatez, asumir lo inevitable. Corazón es lo sentimental. Razón es comprender el porqué. Porqué abandonaron aquellos lugares, porqué se derrumbaron. Corazón es sentir dolor al verlos destruidos, abatidos, irrecuperables dos generaciones después. Razón es lógico y duro destino. Corazón es Ana Tena; es primera persona del plural. Razón es “Adónde vamos”, es conocer, escuchar, comprender, apreciar, agradecer y guardar en el corazón.

Ana Tena Puy. “Adónde vamos” Gara d’Edizions. Zaragoza, 2009.

miércoles, 23 de junio de 2010

Mecánica vacía del tiempo

Diez minutos de retraso. Hora en punto. Terminó la cuenta atrás. Desde ahora, y por cada minuto que pase, llegaré tarde a trabajar. Miro las vías en dirección este. Nada. Semáforo en blanco. Oscuridad. Un minuto tarde. Ciento cincuenta y tres pasos hasta el final. Media vuelta. Nada. Dos minutos. Veintiocho personas en el andén. Tres minutos más. Siete mujeres. Veintiún hombres. Pasatiempos. Cuatro minutos. Número par. Doscientas dieciséis baldosas. Andén uno. Dirección Zaragoza. Silencio. Invierno. Cinco minutos tarde. Mi jefe y su cara de vinagre. Mi puesto vacío. Su voz atronando. ¿Dónde está Saganta? Seis minutos. Trabajo en cadena. Línea rota de producción. Perjuicios. Descuento en tu salario proporcional. Días mecánicos. Asco. Condena. Repetición. Ciento cincuenta y tres pasos por cuatro. Final del andén. Nada. Vacío. Media vuelta. Ciento cincuenta y tres por seis. Siete minutos. Semáforo en rojo. Media vuelta y una maleta junto al último banco; de pie. Nadie sentado. Nadie alrededor. Treinta y dos personas. Cuatro más. Nueve mujeres. Veintitrés hombres. Carne de cañón. Este. Vía muerta. Ocho minutos tarde. Sin disculpas ni excusas. Sin perdón. La maleta abandonada, tipo trolley, azul eléctrico, nueva, sin un arañazo; de pie. Nueve minutos. El cartel de prohibido fumar y la cajetilla en el bolsillo. Uñas mordidas. Diez minutos. Mi jefe mirando su reloj y mi puesto vacío. Blasfemia. Insulto. Suspensión. Me siento en el banco, la maleta junto a mí. Azul eléctrico. Nueva. De pie. Miro a mi espalda. Miro a mi alrededor. Tres hombres y una mujer paseando por el andén. Ciento cincuenta y tres pasos hasta el final. Once minutos tarde. Sirenas a lo lejos. Nadie cerca. Nadie fijándose en mí. Pongo la maleta en el banco. Tres cierres negros. Derecha, izquierda, centro. Doce minutos tarde. Abro. Una camisa blanca. Corbata color burdeos con el nudo hecho. Traje azul. Cinturón. Calzoncillos. Calcetines. Zapatos negros de cordones. Equipaje de domingo. Boda. Bautizo. Comunión. Cambio de planes. Extravío. Renuncia. Insumisión. Y en el fondo un DNI: Javier Burceat Estada. Nombre y dos apellidos. Identidad. Fotografía de un hombre corriente. Vulgar. Anodino. Mediana edad.
Y el tiempo quebró su mecánica.
Se paró.
Dejó de medirse en minutos. En pasos. En angustias de retrasos. Egoísmos y rebajas, números detrás de mí.
Javier Burceat Estada. Rostro conocido. Rostro sin palabras. Sin nombre. El mismo que a diario veo frente a mí. Cinco días a la semana. Turno de ocho horas. Pausa de veinte minutos y volver a empezar.
Javier. Cadena de empaquetado. A un paso, medio metro, dos baldosas frente a mí.
Javier. Rostro sin nombre. Repitiendo los dos los mismos gestos. Mecánicos. Iguales. Espejo. Reflejo. Imitación.
Javier. Doce años en el mismo sitio. Doce años sin nombre. En silencio. Doce años frente a mí. Javier. Trolley azul. Camisa, corbata, zapatos, chaqueta y pantalón. Equipaje abandonado. Semáforo en rojo. Vía muerta. Sirenas en el este. Vacío. Interrogación.
Javier. Doce años tan cerca y sin saber nada de ti. Buenos días. Silencio. Ocho horas. Hasta mañana. Adiós. Días mecánicos. Vacíos. Copia. Plagio. Repetición.
Una voz en la megafonía de la estación. Aviso. Debido a un incidente en la vía el servicio se encuentra suspendido. Volverá a funcionar con normalidad en treinta minutos. Disculpen la interrupción.

Texto de Jorge del Frago.

Fotografía de José Luis Ríos.
http://andan-dos.blogspot.com/

lunes, 21 de junio de 2010

Fiesta mayor

Cuando llevamos una existencia en la que lo único que hacemos es acumular rutinas y calderilla podemos inyectarnos en vena la heroína letárgica de la televisión o leer para olvidar.
Cuando la realidad se vuelve tedio y espina deseamos que nos pase algo que alivie el plomo de los días, y para eso lo fácil es comprar imaginarios viajes en el tiempo; ser abducido por una nave alienígena; o vivir una noche de sexo, drogas y rock and roll sin pisar la calle.
Por el contrario lo difícil es hacer lo que hacía Ramón Sabatés en sus “Grandes inventos del TBO”, inventar algo extraordinario, absurdo y posible con lo que tenemos más cerca, al alcance de la mano, dentro de nuestra casa, en la puerta de al lado, en el piso de arriba, en la ventana de enfrente, al otro lado de la calle, a la vuelta de la esquina, en el parque del barrio. Con las personas que nos rodean, se cruzan en nuestro camino; nuestra mujer, nuestra familia, nuestros silencios y dudas, nuestro miedo, nuestra locura y valor. Lo difícil y lo extraordinario es lo que hace Félix J. Palma en “El menor espectáculo del mundo”.
Porque Félix es un tipo corriente, un tipo como nosotros que inventa una mentira para consolar a su hija, que ha leído esas chorradas que hay escritas detrás de la puerta del aseo de un bar de mala muerte; que tiene un piso con trastero, que va los domingos a comer a casa de sus suegros y que en su edificio viven un gato maullador, un vecino ligón al que envidia, un jubilado que te puede contar dónde están el cielo y el infierno y una anciana que vive sola y echa de menos a sus hijos.
Félix nos regala ese algo deseado que venga a poner patas arriba nuestra rutina de tipos corrientes. Ese algo que sucede sin pedirlo y que convierte la línea en ángulo, lo cómodo en angustia, el amor en valor y la palabra en gesto.
Félix nos cambia las lágrimas por asfixia, convierte al gusano en mariposa, multiplica uno por siete, divide en dos y le resta uno; transforma una llamada de teléfono en un misterio, el aburrimiento y el fastidio en secreto, lo habitual en sorpresa y terror.
Félix cambia los cuentos y mezcla “Qué bello es vivir” de Frank Capra con “La cabina” de Antonio Mercero.
Félix mete nuestro pequeño y ordenado mundo dentro de un Bibelot y lo pone del revés. El escenario que pisamos y el decorado que nos rodea tiemblan y se agitan dentro de una tormenta. Y mientras dura leeremos palabras de dolor y amor, de arrepentimiento y lucha por recuperarlo, de paternidad y heroísmo, de muerte y tiempo atrás, de secretos y traiciones, de soledad y tragedia. Relatos que nos hablan de matrimonios y dudas, mentiras piadosas, finales tristes; malabarismos y lluvia; ascensores que suben al infierno; imaginar qué hubiera pasado aquel día si en lugar de torcer a la derecha hubiéramos torcido a la izquierda, hubiéramos sido intrépidos en lugar de apocados.
Vidas vulgares contadas con dolor, humor, ternura, fantasía, piedad y melancolía para reconciliarnos con nosotros mismos y curarnos de carcomas, hipocondría, aprensión y ombliguismo; mirar a nuestro alrededor de otra manera; saber apreciar lo que tenemos.
Y por si eso no fuera suficiente, Félix además, convierte a la literatura en inolvidable fiesta mayor.

Félix J. Palma. “El menor espectáculo del mundo”. Páginas de Espuma. Madrid, 2010.