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viernes, 18 de marzo de 2011

En el nombre del hijo

Qué extraño resulta verte, saber que existes; poner tu nombre y apellidos en el buscador y encontrarte. No estás muerto, no estás huido; hace menos de una hora dejaste un comentario en el post de un amigo, y ayer publicaste un artículo a cerca de una película que te hizo estremecer, emocionarte, escribir un apasionado discurso sobre los sentimientos imprescindibles que diferencian a los humanos de los animales sin alma. Y esto último ha resultado irónico. Jodidamente irónico.
No, resulta que no estás muerto, que simplemente estás desaparecido a medias, invisible a la medida de tu deseo, incorpóreo tan sólo para algunos, para tres, dos; para una persona en particular. Una que lleva tu mismo primer apellido compuesto. Ese que queda tan bien al decirlo, que reafirma tu singularidad y te diferencia del resto. Ese sobre el que escupir un viscoso gargajo salido de las entrañas.
Qué extraño resulta verte sonreír. Mirar a la cámara y sonreír como si nada, como si no existieran el pasado, las huellas, la carne y la sangre. Los nombres, la vida; los espacios en blanco, las fotografías y tus abrazos viejos; los besos que diste y la distancia sin puentes. Como si todo fuera una mentira, unos días de fiebre pasajera y nada más.
Qué curioso resulta verte así, descarado y feliz, exhibiéndote en lugar de esconderte. Insolente y desvergonzado en lugar de velado y anónimo para que él no pueda verte sonreír. Cínico y procaz, viviendo repleto de olvido. Indiferente, impermeable, satisfecho y feliz. No sé porqué pensé que sentirías vergüenza. Tanta como para ocultarte, vivir sin ser visto, en silencio, abochornado, arrepentido; en otro país.
Qué extraño resulta verte, saber de ti. Verte hacer el payaso, disfrazarte, bromear, sonreír. Presumir con la camiseta de España el día en que ganamos el mundial de fútbol. El fútbol y los amigos, la familia y los hijos. Todos juntos. Euforia, inmortalidad y felicidad. Aquel día para celebrarlo entre abrazos, gritos y canciones. Para recordarlo y guardar.
¿Qué piensas cuando ves a los hijos de los demás? A los hijos de tus amigos. A los padres jugando con sus hijos. ¿Sientes algo? ¿Conoces la definición de remordimiento? ¿O no eres más que un animal sin alma?
Qué extraño resulta ver a los demás admirarte. Tu larga lista, tus miles de amigos; tus triunfos, tu éxito, tus libros y viajes.
Qué extraño resulta ver a los demás admirarte, querer fotografiarse junto a ti, cogerte del hombro, reírte las gracias, seguirte el juego. Creerte un tipo brillante, interesante, culto, ingenioso; un ejemplo quizás. Periodista, escritor, guionista, crítico, fotógrafo, pintor. Sí, yo también te admiraba cuando te conocí, también yo pensaba que eras un tipo brillante, interesante, culto; alguien al que escuchar con atención y del que aprender.
Y ahora qué fácil resulta verte y despreciarte. Mirarte y odiarte. Sentir ganas de vomitar al ver tu sonrisa y tu felicidad. Insultarte, llamarte cabronazo, hijo de puta. Sentir ganas de dinamitar tu teatro de vanidades, tu tinglado renacentista de escritor y pintor. Verte humillado, ponerte la zancadilla y descojonarme; dejar en evidencia tu pose, tu palabrería pedante, tu inmensa falta de humanidad y conciencia. Contarles a todos tu falta, tu pecado; tu renuncia y deserción; el secreto que nunca has contado, lo que todos esos miles que parecen admirarte no saben de ti.
Qué asco siento al verte sonreír. Mirar a la cámara y sonreír como si nada; como si no existieran su carne y su sangre, su nombre y su vida; el amor y el dolor. El laberinto de la pérdida, la inocencia y la culpa, el espacio en blanco, el agua no potable y la amputación.
Me pregunto ¿qué pensarían de ti si lo supieran? Si ahora mismo, en tu muro, pusiera su nombre y hablara de él, certificara que cuatro años después de su nacimiento te fuiste y lo olvidaste por completo, que desde entonces no lo has vuelto a ver ni una sola vez. Que te desentendiste de él como si no existiera, como si hubiera sido un juego de azar, una etapa de tu vida para quemar y soplar, un animal que dejar abandonado en una gasolinera al llegar el verano, una fotografía vieja que se queda olvidada en un piso de alquiler.
¿Qué pensarían de ti? ¿Te seguirían admirando por miles? ¿Seguirían riéndote las gracias? Escuchándote pontificar sobre los sentimientos imprescindibles que diferencian a los humanos de los animales sin alma. ¿Y tú?, ¿seguirías tú sonriendo como si nada?
Qué extraño resulta contar los años con los dedos de las manos de un niño. Sumar y restar. Uno menos uno: cero. Cero más cero: cero.
Contar desde el siglo nuevo; un año fácil para nacer y llevar las cuentas de una vida. Un año imposible de olvidar.
Contar desde cero y esperar a septiembre, cinco días después del tuyo. Justo cinco días después. Uno y cinco: seis. Y siempre, cada año, pienso lo mismo. Cuando es tu cumpleaños, ¿nunca te acuerdas del suyo? ¿Ese día nunca te acuerdas de su nombre, de su edad, de su existencia, de sus preguntas, de su orfandad? ¿Nunca te ha dolido en el alma?, grandísimo cabrón.
Qué extraño resulta no haberte visto desde hace años y encontrarte ahora, por simple curiosidad, en esta ventana abierta por la que el mundo se desnuda y muestra sus miserias y sus héroes; sus pústulas y sus llagas.
Encontrarte y verte sonreír, hablar de tu chica y el sol de agosto en sus piernas, de la luz del atardecer y sus nubes de calabaza madura.
Enseñar tus cuadros y tus fotografías, tus chistes, tus juegos de palabras y las exclamaciones y las risas por escrito de tus aduladores.
Hablar de tus amigos y sus fiestas, de los escritores que presentas y te dedican con cariño sus libros. De tu libertad sin ataduras ni compromisos, sin horarios de colegio, tardes de invierno y urgencias, sacrificios; responsabilidad ni purgatorio.
Qué extraño resulta saber lo que sé y ver a todos esos aprendices de escritores que te respetan tanto y buscan tu aplauso de crítico. Saber de tus libros publicados, tu amplia experiencia profesional, tu impresionante currículum, tu sabiduría, tu chaqueta de cuero negro y tus exóticos viajes. Y vuelvo a sentir una arcada al pensar que en algún momento, en público o en privado, pudieras hablar de moral, ética y justicia, causas justas y guerras injustas; hablarle de amor a tu chica bajo la luna de julio.
Qué asco y qué repugnancia siento al saber lo que supongo que a ella jamás le habrás contado. El tiempo de aquellos años congelado, amordazado, ahogado, sumergido en una piscina de plutonio y hormigón: demandas de divorcio sin contestar, domicilio y paradero desconocido, sentencias en rebeldía y renuncia a la patria potestad y a la pensión alimenticia de tu hijo. Y él cada mes de septiembre cumpliendo años y tú evaporado, ausente; pagando con silencio y desprecio su vida que sigue contando; regalándole indiferencia despiadada y brutal.
Qué doloroso y qué duro resulta verte sonreír y pensar en tu hijo. Verte sonreír y saber que él no existe para ti. No existen su hambre y su miedo, sus deberes, su partido de los sábados, su presente y su porvenir. Su hipermetropía y sus gafas, su ortodoncia, sus éxitos y sus fracasos, su inestabilidad, sus pesadillas cuando apaga la luz.
Qué extraño resulta saber que tu primer apellido es el suyo y no te conoce. Que puede abrir una ventana y verte sonreír. Saber que no estás muerto, que vives en la misma ciudad que él.
Qué doloroso resulta imaginar lo que siente por ti. Saber que mi hermana tuvo que mentirle cada vez que preguntaba dónde estabas, cuándo ibas a volver. Que tuvo que inventar durante años una excusa, una mentira piadosa, un país sin teléfono, un trabajo en el extranjero sin días de vacaciones ni aviones de vuelta. Que mintió hasta que un día él dejo de preguntar por ti, descubrió la verdad, el valor absoluto de cero, el significado de los agujeros negros, la disolución del átomo, el agua estancada y putrefacta, el diecinueve de marzo y la esterilidad, los adjetivos calificativos y demostrativos, la hipocresía y la tribu de los fariseos, el odio y sus sinónimos, la inmoralidad y el alquitrán, la humillación y el desprecio, la congelación y la leche agria.
Tu sonrisa y tu felicidad como un insulto, una ofensa, una puñalada trapera, una traición. El retrato fotográfico, hiperrealista, exacto y verdadero de tu humanidad.
Tu epitafio en blanco, el espacio vacío, sin alma ni materia de tu lápida y tu sepulcro.

Texto de Luis Borrás.

La extraordinaria fotografía es de José Luis Ríos.
http://andan-dos.blogspot.com/

domingo, 5 de septiembre de 2010

Jab


Para José Luis Ríos

Fue como un truco de magia. Verla y abrirse una grieta en el suelo. Caer dentro y aparecer en otro lugar. Fue la hostia. Fue ver aquella nevera portátil y hacer el puto viaje en el tiempo. Roja y con la tapa y el asa blancas. La misma, idéntica a la que nos llevamos a las carreras aquel domingo. Fue alucinante. Fue verla y acordarme, volver hasta aquel día que fuimos Pablo y yo al circuito del Jarama a ver las carreras de coches llevando aquella nevera que salió de un altillo de casa de mis viejos. Roja y con la tapa y el asa blancas. Igual que ésta. Que llenamos con una bolsa de hielos de la gasolinera y un montón de latas de birra. Y el calor sofocante de aquel domingo y la cerveza helada. Y nosotros dos allí sentados toda la mañana viendo pasar coches. Las risas y el pedo que nos cogimos a lo tonto. Pablo. Mi amigo Pablo. Los años en los que todo era presente y un descojone en sesión continua. Siempre juntos a todas partes y a todas horas. Hasta que a mí me dio por apuntarme al gimnasio a hacer Thai Boxing y él pasaba de ese rollo de los karatekas. Y yo empecé a currar los fines de semana de portero en una discoteca para sacarme algo de pasta y él se puso a estudiar en la universidad. Al principio venía todos los sábados y se tomaba unas birras conmigo, pero luego él empezó a quedar con gente de su clase y yo me enrollé con aquella camarera rubia de bote que llamábamos la gamba. Vendió el Dyane 6 verde -“La lechuga” lo llamábamos- y se compró un Clío blanco de segunda mano y se puso a salir con una piba muy pija que me miraba con asco. Alguna vez volvió y nos tomábamos unas cervezas, pero las risas sonaban de otra manera. Sonaban enlatadas. Hasta que un día cambié de garito y no le volví a ver. ¿Cuántos años hace de eso? Un huevo y parte del otro. Supongo que él acabaría la carrera y ahora será ingeniero de caminos y yo dejé lo de las puertas y me puse a trabajar para Anzano. Y ahora, después de tanto tiempo, aparece esta nevera roja y blanca llena de hielo, igual que la de aquel domingo en las carreras. Y dentro, en lugar de latas de birra, la oreja derecha de la hija de Chibluco con el pendiente puesto para que vea que es la suya y no la de otra. Y para que entienda que, o paga lo que debe, o lo siguiente que le llevaré dentro de esta nevera será la cabeza de esa zorra de mierda.

Texto de Jorge del Frago

Fotografía de José Luis Ríos
http://andan-dos.blogspot.com/

miércoles, 23 de junio de 2010

Mecánica vacía del tiempo

Diez minutos de retraso. Hora en punto. Terminó la cuenta atrás. Desde ahora, y por cada minuto que pase, llegaré tarde a trabajar. Miro las vías en dirección este. Nada. Semáforo en blanco. Oscuridad. Un minuto tarde. Ciento cincuenta y tres pasos hasta el final. Media vuelta. Nada. Dos minutos. Veintiocho personas en el andén. Tres minutos más. Siete mujeres. Veintiún hombres. Pasatiempos. Cuatro minutos. Número par. Doscientas dieciséis baldosas. Andén uno. Dirección Zaragoza. Silencio. Invierno. Cinco minutos tarde. Mi jefe y su cara de vinagre. Mi puesto vacío. Su voz atronando. ¿Dónde está Saganta? Seis minutos. Trabajo en cadena. Línea rota de producción. Perjuicios. Descuento en tu salario proporcional. Días mecánicos. Asco. Condena. Repetición. Ciento cincuenta y tres pasos por cuatro. Final del andén. Nada. Vacío. Media vuelta. Ciento cincuenta y tres por seis. Siete minutos. Semáforo en rojo. Media vuelta y una maleta junto al último banco; de pie. Nadie sentado. Nadie alrededor. Treinta y dos personas. Cuatro más. Nueve mujeres. Veintitrés hombres. Carne de cañón. Este. Vía muerta. Ocho minutos tarde. Sin disculpas ni excusas. Sin perdón. La maleta abandonada, tipo trolley, azul eléctrico, nueva, sin un arañazo; de pie. Nueve minutos. El cartel de prohibido fumar y la cajetilla en el bolsillo. Uñas mordidas. Diez minutos. Mi jefe mirando su reloj y mi puesto vacío. Blasfemia. Insulto. Suspensión. Me siento en el banco, la maleta junto a mí. Azul eléctrico. Nueva. De pie. Miro a mi espalda. Miro a mi alrededor. Tres hombres y una mujer paseando por el andén. Ciento cincuenta y tres pasos hasta el final. Once minutos tarde. Sirenas a lo lejos. Nadie cerca. Nadie fijándose en mí. Pongo la maleta en el banco. Tres cierres negros. Derecha, izquierda, centro. Doce minutos tarde. Abro. Una camisa blanca. Corbata color burdeos con el nudo hecho. Traje azul. Cinturón. Calzoncillos. Calcetines. Zapatos negros de cordones. Equipaje de domingo. Boda. Bautizo. Comunión. Cambio de planes. Extravío. Renuncia. Insumisión. Y en el fondo un DNI: Javier Burceat Estada. Nombre y dos apellidos. Identidad. Fotografía de un hombre corriente. Vulgar. Anodino. Mediana edad.
Y el tiempo quebró su mecánica.
Se paró.
Dejó de medirse en minutos. En pasos. En angustias de retrasos. Egoísmos y rebajas, números detrás de mí.
Javier Burceat Estada. Rostro conocido. Rostro sin palabras. Sin nombre. El mismo que a diario veo frente a mí. Cinco días a la semana. Turno de ocho horas. Pausa de veinte minutos y volver a empezar.
Javier. Cadena de empaquetado. A un paso, medio metro, dos baldosas frente a mí.
Javier. Rostro sin nombre. Repitiendo los dos los mismos gestos. Mecánicos. Iguales. Espejo. Reflejo. Imitación.
Javier. Doce años en el mismo sitio. Doce años sin nombre. En silencio. Doce años frente a mí. Javier. Trolley azul. Camisa, corbata, zapatos, chaqueta y pantalón. Equipaje abandonado. Semáforo en rojo. Vía muerta. Sirenas en el este. Vacío. Interrogación.
Javier. Doce años tan cerca y sin saber nada de ti. Buenos días. Silencio. Ocho horas. Hasta mañana. Adiós. Días mecánicos. Vacíos. Copia. Plagio. Repetición.
Una voz en la megafonía de la estación. Aviso. Debido a un incidente en la vía el servicio se encuentra suspendido. Volverá a funcionar con normalidad en treinta minutos. Disculpen la interrupción.

Texto de Jorge del Frago.

Fotografía de José Luis Ríos.
http://andan-dos.blogspot.com/

miércoles, 17 de febrero de 2010

Arquitectura sin puentes

Me basta esperar
otro día de quince,
un nuevo
mes de invierno,
otro juego de azar.

Me basta mirar
la ventana en blanco,
y las noches
más frías
sin dejarte ver.

Me basta sentirme
vulnerable y lejano,
viviendo
al sur de tu espalda,
arquitectura sin puentes
de esta ciudad.

Me bastan los días
cuando aparece tu risa,
tu nombre,
y tu adiós
arrastrando las erres,
quemando,
pegándose a mi piel.

Poema de Jorge del Frago

La fotografía es de José Luis Ríos
http://andan-dos.blogspot.com/