martes, 11 de mayo de 2010

Texto de Norberto Luis Romero

ZAPATERAS REMENDONAS

Todos los chicos sabemos de sobra que las hermanas Gutiérrez roban niños y se los comen, lo que pasa es que no son sonsas, y se van a otros pueblos a capturarlos, porque aquí las conocemos muy bien.
Yo lo sé, mi hermana también, pero no les tenemos miedo porque somos pobres y andamos descalzos.
Yo las vi una vez a las tres sentadas, rodeadas de zapatitos, zapatillas y alpargatas regados por el suelo, sacándoles brillo a los de charol, enhebrando los cordones a las zapatillas y recortando los bigotes a las alpargatas, según dicen ellas, pero mi hermana y yo sabemos que lo que hacen es limpiarles la sangre. Los coleccionan como trofeos y los ponen en unas estanterías muy grandes, donde además tienen otras muchas cosas que, de seguro, fueron de los niños muertos y comidos.
Son unas descaradas, porque todo el mundo puede ver, cuando entra en su casa, los pares de calzado infantil pulcramente alineados en los estantes y mi hermana y yo no nos creemos lo que ellas dicen: que son zapateras remendonas.

Texto inédito de Norberto Luis Romero
http://www.norbertoluisromero.com/

Fotografía de Ángel López Carus
http://www.flickr.com/photos/tiriti/

miércoles, 5 de mayo de 2010

Radiografía

Comenzó inseguro y vacilante, carraspeando y dejando las frases a medias, colgadas entre silencios, puntos suspensivos y paréntesis; como un viejo motor al que, agarrotado por el frío, le cuesta arrancar y ponerse en marcha. Supongo que estaría incómodo por la insólita y delicada situación a la que se enfrentaba. Pero en cuanto terminó con el breve preámbulo de mi historial clínico y comenzó a enumerar las diferentes pruebas a las que me habían sometido durante estos dos días, su voz fue ganando determinación y fluidez: Espinograma; radiografía de tórax y de contraste; exploración de los reflejos tricipital, rotuliano y plantar; resonancia magnética funcional y cerebral; ecografía abdominal... Mientras aquellas palabras salían de su boca como si estuviera rezando la oración a las almas del purgatorio, Natalia sujetaba con delicadeza mi mano izquierda entre las suyas, y mantenía la mirada fija en el rostro del médico. Mientras que yo, inmóvil y temeroso, permanecía con la mía perdida en un punto inconcreto de la pared del fondo. Sentía el calor de las manos de Natalia confortándome, el amparo de su tacto, la humana tibieza de su carne. De repente la retahíla de sustantivos policlínicos terminó, se paró en seco y el moscardón dejó de volar y rompió la tregua. El hombre carraspeó con fuerza para tomar impulso y, con voz seria y cansada, emitió su dictamen: El resultado final del examen es concluyente, señorita Binaced; no hay ninguna duda. Carlos no es humano.
Y yo sentí clavarse las uñas de Natalia en el suave látex de mi mano inerte.

Texto de Jorge del Frago

Fotografía de Noel Feans
http://www.flickr.com/photos/endogamia/

lunes, 3 de mayo de 2010

Una centésima de segundo

“La crueldad del fotógrafo” me ha enseñado a mirar las fotografías de otra manera. A observarlas, enfrentarme a su espejo de papel con otra perspectiva. A temer su poder y apariencia, su predicado y su mentira; las verdades a medias que enseñan; la trampa del tiempo congelado, atrapado, detenido en un segundo sin un antes ni un después.
“La crueldad del fotógrafo” me ha enseñado que las fotografías son la tarjeta de presentación de los recuerdos perfectos. Pero también que son material altamente inflamable. Y es que el recuerdo de cada uno no es más que un traje hecho a la medida de su hambre y de su sed.
Antonio Cardiel me ha enseñado que la fotografía es un ejercicio cruel y devastador porque nos trae el pasado hasta el presente. Lo dota de corporeidad, lo hace real y visible. Me ha enseñado que las fotografías pueden causar dolor o alegría, pueden hacer reír o llorar, pueden ser una tabla de salvación o una puñalada trapera.
Antonio Cardiel me ha enseñado que ver fotos es un ejercicio de melancolía. Que las fotografías devuelven la vida a los muertos, los hacen resucitar; y también que cada foto representa una centésima en la vida de alguien. Y que todas juntas pueden suponer 96 segundos en su vida. Noventa y seis segundos sólo de los momentos de felicidad, de los momentos que todos quieren recordar, pero ni una sola de los momentos oscuros y tristes, de la otra cara, de todos los segundos, horas, meses y años que faltan para completar el círculo que trazan las manecillas del reloj.
¿Qué pasaría entonces si nos encontramos con el álbum de fotografías de los momentos felices de unos desconocidos? No sabemos nada de ellos, así que imaginamos, inventamos una historia acorde a sus sonrisas capicúas e inmortales, a los escenarios soleados, a las fachadas coloreadas donde brillan. Montamos un largometraje basándonos en unas cuantas fotos fijas; emulsiones sin movimiento ni diálogo. Vemos lo que queremos ver, lo que deseamos imaginar. Interpretamos las imágenes a nuestra conveniencia y necesidad.
¿Pero qué pasa cuando todo lo que creímos fortuna y alegría era una mentira vestida de vulgaridad?, ¿cuando las fotografías de la felicidad son un repetitivo cliché?, ¿cuando los misterios se desvelan y se vuelven prosaicos; un auténtico fraude?, ¿cuando lo que imaginamos no tiene nada que ver con la realidad?
¿Qué pasa cuando te encuentras por casualidad dentro de la fotografía de otro? Cuando el tiempo detenido en una fotografía se vuelve el recuerdo perfecto, y recuperar ese pasado en tu único objetivo; el único motivo para llenar tu tiempo; salvarte de tu soledad; darle un sentido a tus pasos; la razón para querer vivir el presente y confiar en el futuro.
¿Qué pasa si te reencuentras con el amor de tu vida y ella ni siquiera sabe quién eres? No recuerda tu nombre ni tu cara, ni ese verano del que le hablas. ¿Qué pasa si el flotador que te mantiene a flote en medio del océano se pincha; el recuerdo se vuelve papel mojado, las fotografías se velan a la luz y la locura en final de trayecto?
¿Qué pasa si descubres que la vida es un fogonazo en medio de la nada?

Antonio Cardiel “La crueldad del fotógrafo” Mira Editores. Zaragoza, 2009.