Comenzó inseguro y vacilante, carraspeando y dejando las frases a medias, colgadas entre silencios, puntos suspensivos y paréntesis; como un viejo motor al que, agarrotado por el frío, le cuesta arrancar y ponerse en marcha. Supongo que estaría incómodo por la insólita y delicada situación a la que se enfrentaba. Pero en cuanto terminó con el breve preámbulo de mi historial clínico y comenzó a enumerar las diferentes pruebas a las que me habían sometido durante estos dos días, su voz fue ganando determinación y fluidez: Espinograma; radiografía de tórax y de contraste; exploración de los reflejos tricipital, rotuliano y plantar; resonancia magnética funcional y cerebral; ecografía abdominal... Mientras aquellas palabras salían de su boca como si estuviera rezando la oración a las almas del purgatorio, Natalia sujetaba con delicadeza mi mano izquierda entre las suyas, y mantenía la mirada fija en el rostro del médico. Mientras que yo, inmóvil y temeroso, permanecía con la mía perdida en un punto inconcreto de la pared del fondo. Sentía el calor de las manos de Natalia confortándome, el amparo de su tacto, la humana tibieza de su carne. De repente la retahíla de sustantivos policlínicos terminó, se paró en seco y el moscardón dejó de volar y rompió la tregua. El hombre carraspeó con fuerza para tomar impulso y, con voz seria y cansada, emitió su dictamen: El resultado final del examen es concluyente, señorita Binaced; no hay ninguna duda. Carlos no es humano.Y yo sentí clavarse las uñas de Natalia en el suave látex de mi mano inerte.
Texto de Jorge del Frago
Fotografía de Noel Feans
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