viernes, 30 de septiembre de 2011

La edad de las confituras

Estos relatos de Maurice Pons tienen, además del valor de ser inéditos hasta ahora en España, la curiosa sinergia de una carambola a dos bandas. Pons y sus “Virginales” fueron calificados de textos impíos y perversos por los zelotes de su época; y precisamente a través del escándalo llegaron el interés y el éxito, la adscripción a una nueva tendencia que pretendía desterrar la novela tradicional decimonónica al estilo de Balzac. Pons resultó innovador, moderno; un precursor que abrió una vía de renovación en la literatura francesa. Ambición y objetivos en los que resultó contemporáneo y coincidente con la Nouvelle Vague; un grupo de cineastas que pretendían transformar el cine francés.
Y en esa sincronía surgió la complicidad. Los “Virginales”, publicado en 1955, fue la ópera prima de Pons, y en uno de sus relatos: “Los mocosos”, se basó François Truffaut para filmar en 1957 un cortometraje con el mismo título. Segundo corto del director que él mismo consideró siempre como el primer paso de su carrera cinematográfica.
Visto hoy, “Les mistons” de Truffaut, ha envejecido mal. Para poder entenderlo y apreciarlo hay que ser un gafapasta de cine-club y Nueva Ola. Sin embargo el relato mantiene todo su vigor sin necesidad de contextualizarlo. La hermana de Jouve era demasiado guapa. No podíamos soportarlo. Los movimientos de un corazón virginal se rigen por una lógica propia de la infancia: como no teníamos la edad de amar a Yvette, decidimos odiarla y atormentar sus amores.
Y precisamente en ese no teníamos la edad de amar se resume muy bien el contenido de la gran mayoría de los relatos de Pons. Los “Virginales” están protagonizados por niños en esa edad indeterminada –tierra de nadie- del final de la niñez y principio de la juventud. En ese tiempo neutro entre candidez y malicia Pons nos cuenta de los terrores infantiles en un delicioso ajuste de cuentas con el maldito Balzac. Nos recuerda la crueldad típica de los niños, pero también su pudor y su culpa; su fascinación por la muerte, la aventura y su sorprendente ingenuidad.
Pero mayoritariamente estos “Virginales” tratan del sexo y la inocencia, y su mayor acierto está en reflejar esa dicotomía, ese desconcierto, esa especie de pureza insólita. Niños que descubren la atracción fetichista de un ligero. Niños que fingían a la perfección haber superado la edad de las confituras y que juegan con un extraño objeto de caucho con cabeza oblonga que encontraron en casa de su abuela. Chicos que compraban serpientes de nube y canicas y que forman una pandilla capitaneada por una chica que les permitía verla desnuda sin tocarla. De la forma más sencilla del mundo, aquella joven criatura nos había provocado la conmoción de una revelación. Ella era para nosotros el descubrimiento amable de tantos sueños oscuros e imaginaciones ocultas. Niños atraídos por el lado impúdico de una adolescente que turba su inocencia. Batallas virginales, aliento, mordiscos y saliva; besos de amor que yo no sabía dar. Recuerdos de verano y placer. Mocosos, mistons que en el fondo no éramos malos, sino solo víctimas de esa rabia impotente, de esa crispación que experimentan los niños frente al amor que ignoran y que les atormenta.

“Virginales”. Maurice Pons. Tropo Editores. Zaragoza, 2011. 108 páginas. Traducción de Verónica Fernández Camarero. Ilustración de portada de Óscar Sanmartín.

Tropo Editores
http://www.tropoeditores.com/

Les Mistons, de François Truffaut
http://www.youtube.com/watch?v=Ne0OS9s8NNs

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Una nube de piedra

En algunos casos la inocencia de la infancia se pierde sin cruzar una línea roja. Se diluye, se evapora sin un hecho concreto, sin una fecha en el calendario. En esta historia es un viaje el que "abre los ojos": “Diecisiete años y un viaje a París que supondría una frontera a punto de partir mi vida en un antes y un después”. Y ese es el comienzo de todo. Romperse el cascarón. Saltar los muros del colegio interno. Dejar de ser un niño al que llevan de la mano. Escuchar y ver. Conocer las dos versiones y elegir el bando de los subyugados, los vasallos. Y a partir de ahí la inocencia se perderá en dolorosos desencuentros y consecutivos enfrentamientos que irán abriendo, uno a uno y año tras año, una grieta insalvable que hará madurar; creará la firme conciencia del hombre. Y golpe a golpe, igual que se va tallando la piedra, se llega al final. Aparece lo que estaba oculto y poco a poco se fue insinuando, mostrando. Y el final supondrá la verdad y la liberación.
“Los lagartos de la quebrada” son dos caminos antagónicos de una misma raíz, dos caminos que, a pesar de ser padre e hijo, nunca se convertirán en un camino común. Dos maneras incompatibles de entender la vida, la propiedad, la ambición, la moral y el amor. Un largo y duro viaje que parte de la infancia, ese territorio libre en el que se producen las primeras e inquebrantables lealtades: a la tierra y a los hombres que nos enseñaron a amarla. Pero no como título de poder y propiedad feudal sino como ejemplo a seguir de equilibrio, estoicismo, humildad y sencilla dignidad. Insurrección que comienza cuando el hijo, hecho hombre, descubre que no es como el padre ni en el valor, ni en la avaricia. El hijo que se enfrenta a su padre el terrateniente, el amo del pueblo por su desprecio, su egoísmo y su falta de compasión hacia los demás. El hijo que busca su sitio, la forja de si mismo, la fidelidad a su conciencia construida por todo lo que ha visto y oído. Todo lo que no le gusta. El mal ejemplo. Hijo del rico, del jefe; hombre que abre los ojos y se rebela ante el dolor cercano y la injusticia de una existencia ajena de peonadas, siervos y jornaleros, obedientes súbditos. Trágala de la que su padre es administrador, dueño y señor.
Novela de aciertos y errores. Aciertos que están en el retrato sin falsos costumbrismos ni romanticismos de la España agrícola y rural del siglo pasado. "Lagartos del barranco de la Quebrada, hombres de Castilla que se levantan, trabajan, subsisten. Callados, siempre al acecho de cualquier peligro, de una nube alta. Austeros porque no les quedaba más remedio". Retrato de un paisaje viejo y sus habitantes para después de una guerra en la que vencieron y nada ganaron; no cambió nada. “¿Qué habéis hecho por ellos? ¿En qué les habéis ayudado? Treinta años a rastras por la tierra dura, renegridos por un sol de injusticias y sin más premio que una supervivencia mísera, viviendo de un huerto y cuatro jornales”. Retrato de un pueblo y sus costumbres, su modo de vida a la altura de Delibes y sus “ratas” y sus “santos inocentes”. Retrato magnífico de hombres y su dura realidad, sus sueños imposibles, sus dificultades, sus razones, su silencio y su miedo. Amistad y ejemplo admirable de carácter y temperamento. Retrato total de continente y contenido, de verdad y humanidad. Novela generacional en la que algunos –como Ángela Abós- han fracasado, y otros –como Soledad Puértolas- acertaron igual que lo ha hecho Antonio Tejedor. Retrato de una generación que comparte la fascinación por los mismos lugares comunes: París y las playas bajo sus adoquines en una referencia que se ha vuelto tan caduca y vacía hoy de sentido como la canción protesta y los pantalones de campana, pero a la que debemos el reconocimiento de haberse enfrentado a lo impuesto y que sirvió para conseguir lo que ahora disfrutamos. Nuevos tiempos, nuevo siglo.
Novela dura, inmensa, de saga, de paisaje, de iniciación y forja. Novela de verdades, de clarividencia, de madurez personal; de autobiografía colectiva, de preguntas y necesaria coherencia.
Novela con el inconveniente del absoluto. Del retrato de un hombre con todos los defectos y ninguna virtud. Padre violento, putero, alcohólico, tirano, machista, asesino, franquista y con un hijo bastardo. Personaje que la increíble realidad, que ya sabemos que supera la ficción, podría convertir en auténtico y salvarlo de parecer la caricatura de un folletín, pero que por ser un retrato tan absoluto en blanco y negro pierde credibilidad al quedar a la misma altura que esos retratos de ocasión, ridículos, deformantes, exagerados y falsos que se hacían en los carteles y películas de la propaganda política del siglo pasado. Retrato hecho a medida, perfil absoluto y sin matices en el que nunca he creído. Maniqueísmo fanático que desvirtúa la novela, hace dudar.
Novela con el inconveniente, para mí, de que parezca que el autor ha puesto la literatura al servicio de la ideología; de que la novela, al final, no sea más que una excusa. Cada autor es libre de elegir su compromiso y tiene derecho a considerar a la literatura como un método, un medio artístico para hacer llegar un mensaje. Lo malo, lo peligroso de ese método es que la literatura se degrade hasta convertirse en un exaltado discurso ideológico y el autor en un cualificado publicista. Puedo admirar la belleza de un anuncio cuando está bien hecho. Buena fotografía, buen guión y buenos actores. Buena película. Pero no por eso dejaré de verlo como lo que es: un panfleto, un mensaje interesado que trata de venderme algo, hacerme creer en un producto.
Estos “Lagartos de la quebrada” es una magnífica novela si apreciamos sus aciertos y virtudes: su composición, su puesta en escena, sus personajes secundarios que se hacen capitales, su toma de conciencia individual, su rebelión contra la injusticia, sus verdades humanas siempre necesarias. Pero el pasado, viejo siglo, está superado por un aún más largo y libre presente. Viejo siglo, "historias viejas, por fortuna".

Antonio Tejedor. “Los lagartos de la quebrada” Mira Editores. Zaragoza, 2010.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Made in Spain


Estamos acostumbrados a que las novelas de espías estén siempre protagonizadas por norteamericanos o británicos. Ellos son los actores fijos de las más trepidantes y espectaculares aventuras y sus gobiernos y servicios secretos los guionistas y directores de la intriga. Pues “Angelitos negros”, de José Luis Galar, viene a cambiar eso, porque esta es una trepidante novela de espías y estrategia internacional cien por cien “Made in Spain”.
Pero José Luis ha escrito algo más que una excelente novela de entretenimiento. “Angelitos negros” nos lleva, desde su protagonista inicial, a conocer las fórmulas de reclutamiento del CESID. La selección, por sus cualidades y aptitudes, de un candidato; las pruebas que debe superar y el entrenamiento al que es sometido hasta convertirse en agente del servicio de inteligencia español. Experiencia por la que un recién licenciado pasa de la juventud a la madurez. Aventura y compromiso. Profesión con sus códigos y claves, su hermetismo, sus secretos, sus traiciones y mentiras. Profesionales que juegan en una liga aparte, pero que también son personas humanas con sus debilidades, su familia, su pasado a cuestas, sus anhelos, sus dudas y su armonía perdida. Hombres que, por encima de todo, deben cumplir con las órdenes encomendadas sin esperar ningún agradecimiento.
“Angelitos negros” es una novela de ficción que parte de una realidad: la energía. La energía es el gran conflicto mundial. La energía es el motor del mundo. Quien tiene la energía tiene un gran poder. Y España es deficitaria en energía, consume mucho más de lo que produce, tiene que importarlo todo: el gas, el petróleo y la electricidad. Así que el presidente del gobierno español toma una decisión: la ejecución a través de la Seguridad Nacional -unos agentes especiales del servicio de inteligencia- de un plan para sacar a España de la crisis energética. Un plan para que España tenga acceso directo a la energía sin necesidad de depender de terceros. Y ese plan, ese guión de ficción basado en una evidente realidad es el que con maestría y precisión organiza y ejecuta hasta en sus más mínimos detalles José Luis Galar. Oportunidad, estrategia, acción, traición, muerte y resultado.
Novela de ficción que recoge la teoría de Huxley: esa mítica mano negra que mueve los hilos del guiñol. Una sociedad secreta que es un gobierno supranacional por la que todo lo estratégico debe de estar bajo el control de una élite. Novela de ficción que denuncia más de una verdad incómoda: el expolio de África y sus materias primas; el negocio de la guerra y la posguerra; el consumismo convertido en un nuevo dios: La gente sólo quiere disfrutar. Y en estos tiempos eso es sinónimo de consumir. Son capaces de destruir el mundo a través del agotamiento de sus fuentes de energía, bosques, agua, deterioro del mar y especies sólo por consumir; el mecanismo de la deuda: prácticamente todos los habitantes de occidente están hipotecados, atados a la obligación de conseguir dinero para sus coches, sus vacaciones, sus viviendas, sus operaciones de cirugía estética; la alienación, la esclerotización de la inteligencia y la conciencia a través de la televisión.
Una reflexión moral, una sublevación contemporánea, una querella contra una sociedad de cartón piedra. Tal y como dice la cita de Joseph Conrad que José Luis incluye en la novela: Creí que era una aventura y en realidad era la vida.

José Luis Galar. “Angelitos Negros”. Ediciones Destino. Barcelona, 2011.

viernes, 23 de septiembre de 2011

II Recital de Narrativa SéBreve

Mañana sábado, 24 de septiembre, en el Centro Cívico "Teodoro Sánchez Punter", de Zaragoza, y organizado por 3d3 LiterArt y la colaboración de la Asociación Aragonesa de Escritores; una nueva edición del Recital de Narrativa SéBreve con la lectura de textos de diferentes autores.

3d3 LiterArt
http://www.3d3escritores.com/

Asociación Aragonesa de Escritores
http://aaescritores.com/