miércoles, 29 de septiembre de 2010

Plaqueta de Norberto Luis Romero


Hay gestos que delatan a las personas. Y Norberto Luis Romero, siguiendo el ejemplo de José Joaquín Beeme, ha decidido unir arte y literatura en ediciones no venales, plaquetas de cinco ejemplares de alguno de sus relatos.
Arte como regalo y como símbolo. Arte como objeto, agradecimiento, festividad de la amistad y la palabra. Arte contracorriente y al margen en esta edad bárbara -como la ha definido Ramón Acín- encerrada en lo banal, lo perecedero, la modernidad virtual y el exceso de velocidad.
Contra eso Norberto Luis Romero y sus manos. Hilo, cartulina, papel y tijera. Gesto, locura, papiroflexia. Libros mínimos hechos a mano; objetos raros, singulares; fortuna sin precio para poner a salvo de la avaricia de Lucas Corso y todos los mercenarios bibliófilos.
Gesto y forma; papel y símbolo. Creación multiplicada por dos. Doble valor: objeto y contenido. El objeto excepcional creado por Norberto como guarida personal para un relato suyo: “La siesta obligada”.
Forma e idea: Un relato conformando un cuerpo único. Libro en singular. Relato como reedición personal, rescate o novedad, pieza fuera de colección, estilo y palabra.
Y Norberto en su “Siesta obligada” que nos lleva a un cuarto en penumbra hasta donde llegan los perfumes y los sonidos que están afuera. A una habitación a oscuras y en silencio donde escucharemos la respiración violenta, ronca y dificultosa de un niño herido y vivo. Con el aliento extraviado en los rincones del techo. Una habitación, caja oscura a la luz de una vela, con el retrato coloreado de una mujer muerta y una Virgen. Y las sombras colándose y meciéndose por las rendijas de los postigos.
Y las palabras de Norberto que nos dejan dentro y nos llevan afuera. Sombra y luz. Dentro, junto al niño y la angustia amenazante de una enfermedad como una tela de araña. Tuberculosis de la que se habla en voz baja y se conoce su tos de agonizante escupiendo sangre. Interior desde el que se escuchan los ruidos del exterior, la vida, la calle, el sol, los gritos de otros niños jugando, crueles cazadores de frágiles mariposas. Sanatorio, valle al norte de aire sano y limpio. Miedo, vuelo, veneno en los pulmones y muerte. Habitación desde la que se oyen las voces de los demás hablando y callando. Interior y exterior aleteando en los sonidos de las palabras de Norberto. Aire espeso, silencio, padres de visita cada seis meses, violetas, jazmines; ratones muertos y chicharras. Angustia de niño vivo que no quiere dormir la siesta de los enfermos. Angustia que gira y se enrosca en las palabras de Norberto. Veneno y miedo, niño vivo que pide que la despiadada araña escoja otra presa para llevarse al fondo de su cueva.

Norberto Luis Romero. “La siesta obligada”. Relato en Plaqueta personal de cinco ejemplares.
http://wwwnorbertoluisromero.blogspot.com/

lunes, 27 de septiembre de 2010

Postales de un tiempo y una canción de amor

Interesante y original proyecto narrativo esta Colección Mandoble de Libros Certeza. Un texto. Dos autores. Golpe de una espada de papel empuñada a dos manos. Y su primer número de estreno: “Aquellas miradas” de Luis Bazán y Jorge Cortés.
Un texto. Dos autores. Pro indiviso. Condominio. Cigarrillo a pachas. Literatura a cuatro manos y dos voces en la que lo más difícil es mantener la igualdad. Coser los pliegos con hilo del mismo color y sin que se noten las puntadas de cada mano. Mantener el equilibrio de los dos platillos en la balanza. Seis relatos sin nombre propio, sin firma a pie de página, sin protagonismo individual. Juntos en los méritos y en los defectos. Lo tuyo nuestro y lo mío de los dos.
Y “Aquellas miradas” es de esos encuentros afortunados que aparecen por sorpresa en casa para quedarse. Inmenso interior en su pequeño formato, libro de bolsillo y esqueleto flexible. Inmenso en contenido y emociones. Inmenso en el trazado de los cuatro puntos cardinales de una vida: recuerdo, amistad, paisaje y amor. Recuerdos sin agriar ni adulterar. Amistad como fiesta y juramento sin notario. Paisaje de antes mudando la piel sin lágrimas de cristal. Amor sin almíbar, empalago ni azúcar quemado. Inmenso en lo cierto, en todo aquello con lo que nos vamos llenando los bolsillos, apuntalando las décadas y nos permite seguir haciendo pie y no ahogarnos. Patrimonio sin valor monetario con el que al final, cuando toque hacer obligado balance de una vida, el resultado nos sea favorable.
Postales de un tiempo, recuerdos de última niñez y primera juventud. No-Do en blanco y negro, cine de reestreno, gallinero, merienda y gaseosa; películas, aventuras fantásticas; fútbol y tebeos; escuela y pupitre, pantalón corto, excursiones y botas chirucas.
Postales de un tiempo y un lugar sin costa ni playa. Río, pasarela y puente de piedra. Líneas de tranvías, final de trayecto, límite de la ciudad del viento. Exploradores y paisajes, juegos, vaguadas y pinares, cerros de yesos y paredes arcillosas. Esclusas del canal, cañaverales, pozas y huertos. Paisaje que reencontrar cuarenta y tres años después transformado, desfigurado. Horizonte con otro rostro. Lugar; páginas de la vida que uno no quiere arrancar.
Postales de un tiempo cuando surgió la amistad fraternal. Hermanos de carne y hueso para la eternidad. Cuatro risas, dos tragos, tres risas, otra caña, más risas y el mismo rincón en el bar de siempre. Fidelidad inalterable a la erosión de los inviernos.
Postales de un tiempo y una canción de amor, el capítulo más largo de una vida. Ella y la línea 5 del tranvía, apretujones, acercamientos, manos que se tocan y ojos que miran y hablan. Primer beso bajo la niebla, amor retando y venciendo el miedo al vacío. Mañanas de domingo, veranos, distancia y otra ciudad. Viajes, pensiones y abrazos, cartas, silencio y amor sin caducar. Reencuentro y verdad, valor y felicidad. Principio y final, primera juventud y prórroga; lugar, tiempo, paisaje, mundo propio; ayer, mañana y siempre; patrimonio y fortuna, amor y amistad.

Luis Bazán y Jorge Cortés. “Aquellas miradas” Libros Certeza. Zaragoza, 2010.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Albada del viento

Nunca fui a uno de sus conciertos. Ni a uno de sus mítines. Ni a su penúltimo homenaje. No tengo ningún disco suyo y nunca he cantado ninguna de sus canciones. Nunca le tuve como referente de nada. Ni maestro ni compañero ni ejemplo.
Soy de otra generación. Otra época. Otro recuerdo. Un niño que creció con un general muerto y enterrado. Con un padre creado a si mismo en el este de la promisión y el nuevo pan y una madre criada en casa sin lutos, odios ni medallas victoriosas. Un niño de ciudad y veranos de pueblo, bicicleta y horizontes sin bandos ni colores, sin conciencia obrera ni burguesa, sin hambre, sabañones, sotanas ni letras con sangre entran.
Cuando yo crecí los policías iban de marrón y mi educación sentimental la construyó la televisión en color, el fútbol, las cervezas y el primitivo y obsesivo deseo por el sexo opuesto. Abordaje sin conquista, borracheras, nihilismo y el futuro siempre en dos noches iguales: viernes y sábado. Universitario sin poesía, compromiso ni protesta.
Pero fue precisamente en esa televisión dónde le descubrí. Cuando metió un país en una mochila y caminando me enseño sus rincones olvidados. Escondrijos, pueblos y paisajes de otra niñez. Hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, nadadores contracorriente, locos amantes de su tierra que se negaban a obedecer la orden de rendición y desahucio. Y fue entonces cuando me emocionó y conquistó con su humanidad sin domesticar. Aragonés quijotesco, vagamundo y chansonnier. Orgullo de un pueblo de carreteras comarcales.
Y a partir de entonces quise buscar su palabra. Y aquella “Tierra sin mar” me llevó hasta su autobiografía y me trajo recuerdos de un tiempo que no es el mío. De una historia de banderas rotas que no son las mías. De una forma de vivir, alquilar el presente, atrapado en la noria del pasado. Bailar dando vueltas en círculo siempre con la misma melodía. Libertad es una palabra necesaria. Y mi libertad de hoy en parte se la debo a esas viejas banderas. Pero algunas palabras fundamentales se vuelven metales pesados de servidumbres. Y la política y su equipaje me producen un elegante bostezo de aburrimiento.
Pero por alguna extraña razón no renuncié a su palabra. Aragonés quijotesco, vagamundo y chansonnier. Orgullo de un pueblo de carreteras comarcales. Y me enfrenté a sus “Cuentos de San Cayetano” para descubrir una ciudad lejana y la misma melodía. Y llegué a sus “Amigos contados” para descubrir y emocionarme con su mejor palabra. El recuerdo de los locos, geniales poetas con nombres propios mezclados entre risas y días dolorosos en noches heroicas. La Oficina Poética Internacional, las poesías de Miguel y la tertulia del café Niké. Refugio, chaladura, invento posible en un mundo prohibido y gris ceniza.
Y seguí hasta llegar a su “Dulce sabor de días agrestes”, con sus poemas de recuerdos y paisajes: Albarracín, Teruel, Canfranc y Belchite. Calles de Zaragoza, domingos de diciembre; fechas, cumpleaños, muertes; amor, amistad y tribulación. Su lugar y su herida. Y las letras de sus canciones sin melodía ni voz. Canciones de un Aragón de polvo, niebla, viento y sol. Canciones para sentir el dolor y la rabia del que se vio obligado a marchar con la casa a cuestas, abandonar lo que se ama huyendo de la miseria y su destino. Canciones para reivindicar un viejo país que se yergue altivo sobre su soledad. A un viejo país que su barro me sabe a un recuerdo infantil. Canciones para cantar la melancolía, el recuerdo, el cansancio, la tierra, la muerte, el adiós. Reconocerme en su lucha y coraje, en el hambre, el trabajo, el esfuerzo y el dolor. Hombres, mujeres, caminos; pueblos y paisajes clavados en las entrañas. Albada del viento que habla, lleva, cuenta y me devuelve el lugar al que pertenezco.
Y será con lo que me quede. Ni con el personaje ni con el político ni con el símbolo. Me quedaré con lo escrito y las emociones, versos y canciones, albada del viento en su palabra. Me quedaré con el orgullo compartido, su fidelidad, su justo dolor y mi infinito destierro.

José Antonio Labordeta. "Dulce sabor de días agrestes". Huerga y Fierro Editores. Madrid, 2003.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Rincón y universo

Para muchos de los que viven en las grandes ciudades los pueblos son lugares tediosos y remotos. Planetas de otra galaxia. Y cuando los conocen se quedan solamente con lo pintoresco y los tópicos y se olvidan de que en esos pueblos viven hombres, mujeres y niños. Que, cómo en todas partes, en esos rincones olvidados hubo un pasado y existe un presente. Hombres que fueron niños libres, felices y desdichados. Jóvenes que, cómo todos, buscaron el placer y se sintieron presos dentro de sus límites. Adultos que esconden secretos tras las puertas; y unas calles, un paisaje, que guardan heridas abiertas.
Dentro de éste “Rincón escondido” están las viejas historias de López Allué, sus pedriscos y cuentos, su Pedro y Juana, sus capuletos y montescos. Sus odios antiguos, sus casas ricas y pobres, su ignorancia, su violencia primitiva y sus celos salvajes. Y está Javier Gracia, escribiendo esa parte del pueblo que cuentan los ancianos y guardan los romances.
Dentro de este “Rincón escondido” está Javier, como Jesús Moncada, escribiendo esa parte de tertulia en los poyos junto a la puerta, de cafés y burlas, famas y sambenitos, niños y trastadas, bailes, petardos, y perros con latas atadas al rabo.
Pero por encima de todo eso, en este “Rincón escondido”, está Javier escribiendo de pueblos y universo. Rincón y humanidad. Niños que descubren la vida y su crueldad en las conversaciones de los adultos. Vecinos y ventanas abiertas, silencios y miradas. Amores antiguos y palabras torpes; y el deseo brotando, espiando un cuerpo desnudo de mujer tras una tapia. La vergüenza de ser de pueblo y volver, mucho tiempo después, a una casa vacía para descubrir que se puede ser pobre aunque te sobre el dinero.
Rincones escondidos donde existe lo único realmente importante: las personas y sus actos, las personas y sus afectos. La fidelidad al amor y su recuerdo, a aquel día en el que se compartió lo poco que se tenía; deuda eterna de gratitud y liturgia del corazón. El amor y su recuerdo repintados cada aniversario, palabras a solas en el corral convertido en jardín. La amistad y el arriesgar la vida por salvar a los demás de la barbarie. Pueblos y ciudades; pasado y presente; mujeres educadas en deseos reprimidos, convencionalismos y prejuicios; mujeres víctimas, maltratadas y sin cobijo. Frío y humillación. Rincones y universo.
Ahora sé que después de este “Rincón escondido” de Javier Gracia cuando la próxima Navidad coja de la bandeja de los dulces uno de esos higos con media nuez dentro que todos los años prepara mi madre me acordaré de la Paxarona y su bondad vestida de domingo. Y que su sabor, antes simple y anodino, será nuevo, peculiar y tierno. Que desde ese momento y para siempre, su sabor me devolverá en secreto un recuerdo antiguo y una historia leída inolvidable. A un lugar y un tiempo lejano de la niñez, al temblor de una tormenta y la fuerza mortal de un rayo; a la humanidad del hombre, a la tristeza y la soledad de los muertos que nadie recuerda, y a la extraña magia del cariño, que nunca debe darnos miedo.

Javier Gracia. “Rincón escondido” Mira Editores. Zaragoza, 2010.