CHESSHan pasado ya tres meses y todavía me pregunto cómo se le ocurrió enfrentarse con esta comentarista puntera en los torneos de élite. ¿Confundir mi amistad sincera con el Divino Juego?, ¿pretender destruir yo su fortaleza regia? Pues tras tomar la iniciativa con ese gambito manido para que, ennegrecida por la desconfianza, me enrocara en mis posiciones muy asustada, me lancé segura a ofrecerle mis mejores piezas en cada turno que me tocaba. ¡Anda ya!, ¡si la partida estaba más que cantada! ¿Acaso pretendía vencerme ese botarate impulsivo? En seis jugadas le di mate. Y aún tuve que aguantarle, muy relamido: “nunca comentes mis movimientos en tus tratados”, creyéndose Bobby Fisher o un trasunto de Capablanca... Qué decepción. Fue inevitable que más tarde lanzara el tablero al aire y que, ignorando ya del todo mi condición femenina, ni siquiera me molestara por el desastre. Que lo recoja su madre.
Texto de Ángeles Prieto Barba
Fotografía de Karin Lungwitz
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