viernes, 26 de noviembre de 2010

Caballo de Troya

Quien tenga prisa o busque un simple entretenimiento inocuo que no empiece a leer esta novela. Porque “Epitafio” guarda en su interior un inclemente caballo de Troya.
“Epitafio” es aprendizaje, un camino de ida y vuelta, una dolorosa revelación.
Es rebelión, motín; naufragio y salvación.
Leer “Epitafio” no nos saldrá gratis. Porque “Epitafio” duele, como duele reconocer nuestra derrota y nuestros errores; como duelen el arrepentimiento, el espejismo y la ceguera; pagar el precio por averiguar la verdad.
Paloma González Rubio nos presenta en “Epitafio” a un tipo que un día decide dejar de se amable. Un tipo con el que rápidamente congeniaremos los heridos. Todos esos que algún día hemos querido vender nuestro pasado en una chatarrería. Un valiente, un hombre nuevo con una nueva conciencia de si mismo que una mañana decide cambiar apartando aquello que me han echado sobre los hombros y dedicar un poco de tiempo a componer exactamente lo que quiero llevarme. Un dejar de ser amable que le hará cambiar la perspectiva de la mirada, la percepción de las cosas; eliminar lo que sobra, lo accesorio; lo innecesario, lo convencional. Soltar lastre y tener un segundo despertar vacío de memoria en una transformación en la que no existía el menor deseo de conflicto o rebelión, sino sólo el propósito de un desamarre sin rumbo.
Y la historia así, reducida a lo simple, podría parecernos un viejo eco oído con anterioridad. Pero no en la voz de Paloma. Porque Paloma con su exactitud, con su absoluto dominio del lenguaje, convierte a la narración en el mecanismo preciso de una bomba de relojería. Nada en “Epitafio” es intrascendente, nada sobra, nada es inocente.
Paloma hace cirugía; abre la herida y luego, lentamente, en una cruel costura sin anestesia, va cosiendo y cerrándola. Después, al mirarnos en el espejo, veremos la cicatriz para no olvidarnos de aquel día.
Paloma abre la puerta de nuestra jaula y nos deja libres. Nos deja revolotear, desertar mientras escupimos nuestra rabia contra el pasado y arrojamos todas las piedras que nos metieron en los bolsillos para que no saliéramos volando. Paloma sabe que quizás tengamos razón. Sabe que esa es una pesada carga, pero también sabe que ese laberinto de intensa luz artificial por el que avanzamos derribando muebles y enarbolando quimeras no tiene salida. Que Ícaro voló, y fue cegado y derribado por el sol.
Porque “Epitafio” es una lección de vida real, es un bumerán; y la aventura de esa reconstrucción, de esa huída, seguirá la aplastante lógica de los corredores en un circuito: la línea de salida y la de la meta son la misma. Y nos dejará con la dolorosa revelación de lo que somos: onironautas desorientados. Porque todos los onironautas somos víctimas de una pérdida o una búsqueda irremediables.
“Epitafio” nos pone los pies en el suelo. Leer “Epitafio” es aceptar que las circunstancias y los acontecimientos imprevistos alteran, modifican, trastocan nuestros planes de reedificación. Que los demás, sus actos y sus mareas nos influyen, nos arrastran, dejan en evidencia nuestra debilidad. Que no es posible huir del entramado de las relaciones humanas, escapar de su influjo y su carga. Que nuestro margen de maniobra está acotado dentro de unos límites y ordenado por unas reglas de juego. "Epitafio" es recordarnos que podemos elegir la plaza de aparcamiento, pero siempre dentro del mapa de un parking cerrado.
“Epitafio” es un texto que muta, modifica una idea preconcebida: el desprecio por lo que tenemos más cerca, junto a nosotros. “Epitafio” es regresar y reconocer el temor a la pérdida, es encontrarnos con el reflejo sin amabilidad de nuestro menosprecio, darnos de bruces con el monstruo, el espacio en blanco que nosotros mismos habíamos creado con nuestro derribo; la tierra que nos echamos encima, el plomo de la culpa propia.
Al final, asustado, adocenado; argonauta derrotado; tan sólo quedará satisfacer el precio que hay que pagar para obtener el perdón y la indulgencia. La piedad en nuestro epitafio.

Paloma González Rubio. “Epitafio”. Ediciones de La Discreta. Madrid, 2010.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Revista Turia

MIGUEL LABORDETA ES EL GRAN PROTAGONISTA DEL NUEVO NÚMERO DE “TURIA”.

LA REVISTA LE RINDE HOMENAJE CON UN SUMARIO ESPECTACULAR REPLETO DE ESTUDIOS Y TESTIMONIOS INÉDITOS.

PUBLICA TAMBIÉN DOS AMPLIAS CONVERSACIONES CON LUIS LANDERO Y ENRIQUE VILA-MATAS, ASÍ COMO TEXTOS DE MANUEL GUTIÉRREZ ARAGÓN, LUIS ANTONIO DE VILLENA Y JESÚS FERRERO.

La revista TURIA rinde homenaje a Miguel Labordeta a través de un amplio, indispensable y sugestivo monográfico. Más de veinte autores, entre los que figuran los principales estudiosos de su obra, consiguen mostrarnos la singularidad y valía de una labor creativa que todavía no ha logrado el reconocimiento que merece en el panorama de las letras españolas. Aunque, como se subraya en las páginas de esta nueva entrega de TURIA, la suya es una poesía que mantiene su vigencia. Sigue comunicando emociones e ideas a quienes se acercan a ella, no importa que “sean éstos jóvenes o no tan jóvenes poetas o, sin más, lectores con dos dedos de frente, dotados de una acusada conciencia crítica y social y de un considerable conocimiento de la tradición literaria”.
Miguel Labordeta sigue vivo, se asegura en las páginas de TURIA. Volvemos a él y no nos defrauda. Sin duda, la poesía de Miguel Labordeta continúa teniendo mucho que decirnos y va mucho más allá de esa consideración de escritor secreto, marginal y de culto que algunos han pretendido adjudicarle injustamente. Muy al contrario, cada vez son más los que encuentran en su literatura una plasmación radical de autenticidad e independencia, un vigoroso testimonio de cosmopolitismo. No son pocos los que lo describen como el mejor poeta aragonés del siglo XX y uno de los más sobresalientes nombres propios de la poesía española de posguerra. Por todo ello, TURIA emprende ahora la tarea de redescubrir y difundir la poesía de un autor que se proclamaba ciudadano del mundo y que merece hoy una lectura atenta y cómplice. Esa tarea es la que realiza la revista, a través de un plural conjunto de artículos encaminados a comprender sus versos y a situarlos respecto de su tiempo, literario e histórico.
En cuanto a los temas aragoneses, sobresale la publicación de una cuidada semblanza de uno de los grandes poetas de Aragón, Rosendo Tello (Letux, Zaragoza, 1931) y el trabajo dedicado a redescubrir al tenor y político turolense Andrés Marín (Teruel, 1843 – Madrid, 1896), una de las mejores voces líricas del siglo.
Por lado, este nuevo número de TURIA está ilustrado por uno de los valores consolidados de la abstracción pictórica española: Charo Pradas, artista turolense residente en Barcelona.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Un poema de Maribel Hernández

Estoy cortada por la mitad,
de este a oeste.
En un repartirme sin éxito
entre cosas cotidianas,
a cambio de un corazón,
en modo estándar.
Me disuade el día,
con el rugido indiscriminado
de la luz,
huyéndole de un zarpazo
al horizonte.
Siempre en rojo. Adormecido.
Doméstico.
Idéntica a mí, una huella
–tierna todavía-
contra el camino subyacente,
elige la intemperie.
Y no sucumbe al vértigo
de mirarse,
en la profundidad de los charcos.

Poema de Maribel Hernández
http://buscadoresdepalabras.blogspot.com/
perteneciente a su poemario “Sonora”
publicado por la Editorial Eclipsados. Zaragoza, 2010.

La excelente fotografía es de Carlos Martín
http://www.flickr.com/photos/20992810@N03/

viernes, 19 de noviembre de 2010

Cosmópolis

El “Setenil” es un premio que se concede anualmente al mejor libro de cuentos publicado en España. Cada año el ganador es elegido entre una lista de diez finalistas. Y este 2010 se lo han concedido a Francisco López Serrano y a su colección “Los hábitos del azar”. Dicen que el “Setenil” es el Óscar de los libros de relatos.
Francisco no es un escritor mediático, corporativo ni patrocinado. Francisco es casi un desconocido y sus libros ganan premios. La narrativa de Francisco no es fácil, no es cómoda, no es una lectura ligera para leer en el autobús. La narrativa de Francisco requiere paciencia y atención; esfuerzo; sudor. La narrativa de Francisco es un alimento que se cuece a fuego lento y se come con cuchillo y tenedor.
“Los hábitos del azar” empiezan con una maratón campo a través y en subida. Un relato que nos obligará a buscar una docena de veces en el diccionario palabras desconocidas como calistenia. Una carrera de fondo que nos dejará sin aliento, mareados, desorientados; nos hará sentir inferiores, acomplejados de nuestra ignorancia de malos estudiantes. Y entonces odiaremos a Francisco, pensaremos en él como un repelente niño Vicente filósofo y anglosajón. Caeremos en la trampa y diremos que su narrativa es densa; dura como un caramelo de piedra; barroca y de párrafos excesivamente largos. Querremos abandonar y ser perezosos hojeadores de revistas en la sala de espera del dentista; simples lectores de folletín y photoshop. Porque Francisco escribe relatos sin atajos que no le dan una oportunidad a las palabras simples.
Pero si somos capaces de aguantar y seguir adelante disfrutaremos con su ironía y humor. Descubriremos que su estilo es serijocoso, un neologismo inventado por él para hacernos sentir toda la angustia e indecisión de un hombre entre risas y llanto. Leer un relato surrealista e hilarante con una verdad subversiva dentro. Otro en el que subyace “La novela de un literato” de Cansinos Asséns con una corte trovadoresca de poetastros funcionarios y su feria de vanidades. Otros dos que entre lo cómico y lo trágico nos hablan de la falsedad y los convencionalismos de las relaciones sociales, del rencor y el pasado; de la conciencia y el sentimiento de culpa, la pereza y sus excusas. Y un relato sin jocosidad construido con el recuerdo infantil de una cena familiar en la que se aparece la muerte con su velatorio, su retórica y sus peajes. Y por último hay en este azar, en este cosmos y su jacaranda, un lugar para el dolor sin ningún tipo de alivio. Un relato que es una putada y que narra la agonía y el fracaso. Las esperanzas destruidas, deshechas, rotas. La crueldad, la inutilidad de la vida.
Francisco es un tipo discreto que no hace mercadotecnia on line con su sombra. Francisco es un estilista que gana el Óscar de los relatos uniendo narración y lenguaje en una mayúscula y que, por dos veces, nos dice que el Exitus no es más que una forma cordial de aludir a la muerte. Un tipo que triunfa y que escribe en una pared: Omnia Somnia.

Francisco López Serrano. “Los hábitos del azar”. Renacimiento. Sevilla, 2009.