miércoles, 23 de junio de 2010

Mecánica vacía del tiempo

Diez minutos de retraso. Hora en punto. Terminó la cuenta atrás. Desde ahora, y por cada minuto que pase, llegaré tarde a trabajar. Miro las vías en dirección este. Nada. Semáforo en blanco. Oscuridad. Un minuto tarde. Ciento cincuenta y tres pasos hasta el final. Media vuelta. Nada. Dos minutos. Veintiocho personas en el andén. Tres minutos más. Siete mujeres. Veintiún hombres. Pasatiempos. Cuatro minutos. Número par. Doscientas dieciséis baldosas. Andén uno. Dirección Zaragoza. Silencio. Invierno. Cinco minutos tarde. Mi jefe y su cara de vinagre. Mi puesto vacío. Su voz atronando. ¿Dónde está Saganta? Seis minutos. Trabajo en cadena. Línea rota de producción. Perjuicios. Descuento en tu salario proporcional. Días mecánicos. Asco. Condena. Repetición. Ciento cincuenta y tres pasos por cuatro. Final del andén. Nada. Vacío. Media vuelta. Ciento cincuenta y tres por seis. Siete minutos. Semáforo en rojo. Media vuelta y una maleta junto al último banco; de pie. Nadie sentado. Nadie alrededor. Treinta y dos personas. Cuatro más. Nueve mujeres. Veintitrés hombres. Carne de cañón. Este. Vía muerta. Ocho minutos tarde. Sin disculpas ni excusas. Sin perdón. La maleta abandonada, tipo trolley, azul eléctrico, nueva, sin un arañazo; de pie. Nueve minutos. El cartel de prohibido fumar y la cajetilla en el bolsillo. Uñas mordidas. Diez minutos. Mi jefe mirando su reloj y mi puesto vacío. Blasfemia. Insulto. Suspensión. Me siento en el banco, la maleta junto a mí. Azul eléctrico. Nueva. De pie. Miro a mi espalda. Miro a mi alrededor. Tres hombres y una mujer paseando por el andén. Ciento cincuenta y tres pasos hasta el final. Once minutos tarde. Sirenas a lo lejos. Nadie cerca. Nadie fijándose en mí. Pongo la maleta en el banco. Tres cierres negros. Derecha, izquierda, centro. Doce minutos tarde. Abro. Una camisa blanca. Corbata color burdeos con el nudo hecho. Traje azul. Cinturón. Calzoncillos. Calcetines. Zapatos negros de cordones. Equipaje de domingo. Boda. Bautizo. Comunión. Cambio de planes. Extravío. Renuncia. Insumisión. Y en el fondo un DNI: Javier Burceat Estada. Nombre y dos apellidos. Identidad. Fotografía de un hombre corriente. Vulgar. Anodino. Mediana edad.
Y el tiempo quebró su mecánica.
Se paró.
Dejó de medirse en minutos. En pasos. En angustias de retrasos. Egoísmos y rebajas, números detrás de mí.
Javier Burceat Estada. Rostro conocido. Rostro sin palabras. Sin nombre. El mismo que a diario veo frente a mí. Cinco días a la semana. Turno de ocho horas. Pausa de veinte minutos y volver a empezar.
Javier. Cadena de empaquetado. A un paso, medio metro, dos baldosas frente a mí.
Javier. Rostro sin nombre. Repitiendo los dos los mismos gestos. Mecánicos. Iguales. Espejo. Reflejo. Imitación.
Javier. Doce años en el mismo sitio. Doce años sin nombre. En silencio. Doce años frente a mí. Javier. Trolley azul. Camisa, corbata, zapatos, chaqueta y pantalón. Equipaje abandonado. Semáforo en rojo. Vía muerta. Sirenas en el este. Vacío. Interrogación.
Javier. Doce años tan cerca y sin saber nada de ti. Buenos días. Silencio. Ocho horas. Hasta mañana. Adiós. Días mecánicos. Vacíos. Copia. Plagio. Repetición.
Una voz en la megafonía de la estación. Aviso. Debido a un incidente en la vía el servicio se encuentra suspendido. Volverá a funcionar con normalidad en treinta minutos. Disculpen la interrupción.

Texto de Jorge del Frago.

Fotografía de José Luis Ríos.
http://andan-dos.blogspot.com/

3 comentarios:

Aquí me quedaré... dijo...

Esa triste rutina no deja tiempo para una sonrisa.

Algo deberíamos cambiar. Algo.

Berbi dijo...

Un texto complicado de escribir, se me antoja. Felicidades

José Luis Ríos dijo...

Me parece difícil mirar y describir así, de manera fragmentada y cortante, la realidad que vivimos. Yo creo que también, a veces, es así de dura.
Queda algo suavizada (en mi caso) por conocer al Sr Saganta y al Sr Burceat Estada, pero, a pesar de eso, este texto es duro. Sin perdón, como tú dices. Un abrazo, Luis.