lunes, 21 de junio de 2010

Fiesta mayor

Cuando llevamos una existencia en la que lo único que hacemos es acumular rutinas y calderilla podemos inyectarnos en vena la heroína letárgica de la televisión o leer para olvidar.
Cuando la realidad se vuelve tedio y espina deseamos que nos pase algo que alivie el plomo de los días, y para eso lo fácil es comprar imaginarios viajes en el tiempo; ser abducido por una nave alienígena; o vivir una noche de sexo, drogas y rock and roll sin pisar la calle.
Por el contrario lo difícil es hacer lo que hacía Ramón Sabatés en sus “Grandes inventos del TBO”, inventar algo extraordinario, absurdo y posible con lo que tenemos más cerca, al alcance de la mano, dentro de nuestra casa, en la puerta de al lado, en el piso de arriba, en la ventana de enfrente, al otro lado de la calle, a la vuelta de la esquina, en el parque del barrio. Con las personas que nos rodean, se cruzan en nuestro camino; nuestra mujer, nuestra familia, nuestros silencios y dudas, nuestro miedo, nuestra locura y valor. Lo difícil y lo extraordinario es lo que hace Félix J. Palma en “El menor espectáculo del mundo”.
Porque Félix es un tipo corriente, un tipo como nosotros que inventa una mentira para consolar a su hija, que ha leído esas chorradas que hay escritas detrás de la puerta del aseo de un bar de mala muerte; que tiene un piso con trastero, que va los domingos a comer a casa de sus suegros y que en su edificio viven un gato maullador, un vecino ligón al que envidia, un jubilado que te puede contar dónde están el cielo y el infierno y una anciana que vive sola y echa de menos a sus hijos.
Félix nos regala ese algo deseado que venga a poner patas arriba nuestra rutina de tipos corrientes. Ese algo que sucede sin pedirlo y que convierte la línea en ángulo, lo cómodo en angustia, el amor en valor y la palabra en gesto.
Félix nos cambia las lágrimas por asfixia, convierte al gusano en mariposa, multiplica uno por siete, divide en dos y le resta uno; transforma una llamada de teléfono en un misterio, el aburrimiento y el fastidio en secreto, lo habitual en sorpresa y terror.
Félix cambia los cuentos y mezcla “Qué bello es vivir” de Frank Capra con “La cabina” de Antonio Mercero.
Félix mete nuestro pequeño y ordenado mundo dentro de un Bibelot y lo pone del revés. El escenario que pisamos y el decorado que nos rodea tiemblan y se agitan dentro de una tormenta. Y mientras dura leeremos palabras de dolor y amor, de arrepentimiento y lucha por recuperarlo, de paternidad y heroísmo, de muerte y tiempo atrás, de secretos y traiciones, de soledad y tragedia. Relatos que nos hablan de matrimonios y dudas, mentiras piadosas, finales tristes; malabarismos y lluvia; ascensores que suben al infierno; imaginar qué hubiera pasado aquel día si en lugar de torcer a la derecha hubiéramos torcido a la izquierda, hubiéramos sido intrépidos en lugar de apocados.
Vidas vulgares contadas con dolor, humor, ternura, fantasía, piedad y melancolía para reconciliarnos con nosotros mismos y curarnos de carcomas, hipocondría, aprensión y ombliguismo; mirar a nuestro alrededor de otra manera; saber apreciar lo que tenemos.
Y por si eso no fuera suficiente, Félix además, convierte a la literatura en inolvidable fiesta mayor.

Félix J. Palma. “El menor espectáculo del mundo”. Páginas de Espuma. Madrid, 2010.