martes, 18 de junio de 2013

Un verano en París


Aunque cada día hay –afortunadamente- más excepciones, lo normal es que la mayoría de los libros sean iguales. Me refiero a que el interior de un libro es casi siempre el mismo; rara vez nos sorprende; podemos desgajarlo de la carátula y lo que nos queda no será distinto de otro cualquiera; un mar de letras, carne de soporte electrónico. Todo el trabajo de diseño y la originalidad que los diferencia está en la tapa: la fotografía de la portada, el lomo, las solapas y la contracubierta.
Pues este es un libro que viene a romper con esa convencional uniformidad. Un libro en el que la tapa –sin ser anodina- es sencilla como en un libro de bolsillo, pero que no podríamos arrancarla y valorar como un cuerpo con vida independiente del resto porque está perfectamente integrada en el todo. Por fin las dos partes –cara y vísceras- unidas y haciendo la guerra juntas en lugar de cada una por su lado.
Pero además el interior no es lo previsible, no es sólo texto. El interior es un maravilloso trabajo de maquetación y diseño de Víctor Montalbán dándole otra forma y apariencia a la entraña, alternando diferentes tamaños de letra, páginas en negro, gris y blanco –en las que podríamos tomar nuestras propias notas- y un poema con los versos en vertical como gotas de lluvia. Y dentro también las excelente fotografías en blanco y negro de María Lanuza: panorámicas y de detalle, perspectivas, estampas, postales, miradas y recuerdos personales de un lugar y un tiempo compartido. Víctor lo hace encajar todo –textos y fotografías, tipografía e imágenes- en un solo cuerpo que convierte a este libro en algo más que un objeto plano y mil veces visto; un trabajo que hace de él algo valioso, único, original, placentero; artístico.
Y ese sería el continente; la apariencia, el aspecto visual, la belleza que seduce rompiendo los esquemas; pero otra cosa es el contenido, lo literario, lo que dicen las palabras; y en eso me temo –y de verdad que lo siento- que no está a la altura del continente.
“Estancia de investigación” son las notas que Enrique Cebrián Zazurca escribió durante los dos meses de verano que vivió en París: “Siempre conmigo, estos días en París, va un cuaderno Moleskine en el que voy escribiendo esto que tú estás leyendo ahora”. Dos meses en los que, quizás por tratarse de un viaje y un tiempo de obligación académica y no de un peregrinaje hecho a propósito y con el único objetivo de deambular y escribir, lo literario es residual, pasatiempo fuera de las horas de trabajo, curiosidad de turista.  
Eso no quita para que las notas de esta estancia tengan, como en un juego de similitudes y diferencias, un doble mérito o atractivo. Porque creo que lo primero que hará cualquiera que lea este libro es lo que hice yo: acordarse de su viaje a París y rememorar los mismos lugares que Enrique cita y vio y que alguna de las fotografías de María nos muestran de otra manera: los puestos de los bouquinistes a la orilla del Sena, el detalle de uno de los telescopios a los pies del Sacré Coeur y su espléndida vista panorámica difuminada, la perspectiva desde abajo de la torre Eiffel; la plaza de La Sorbona y la de Vendôme, el barrio de Marais y su plaza des Vosgues, y el viaje nocturno en el Bateau-Mouche. “Uno debe tener la actitud y la mirada de un viajero, aunque en el fondo, no sea más que un turista”. Y además de recordar, compartir y evocar lo ya visto nos revelará lo nuevo, lo que no vimos y quedará pendiente para un próximo viaje –porque a París siempre queda pendiente regresar-: el Colegio de España, obra del arquitecto Modesto López Otero y su escultura de Orensanz, el cementerio de Montparnasse, el museo Rodin, el Louvre y el de Orsay –el único museo al que yo entré fue al de Mont Martre- y tal vez una excursión al Mont Saint-Michel.
Enrique no nombra algunos lugares que yo visité, y él ha estado en algunos a los que yo no fui. Echo de menos, por ejemplo, que cuando habla de La Closerie des Lilas, no cite a Buñuel; pero no importa, no se trata de una competición, eso sería ridículo; “París marea, y casi asfixia, en cuanto a referencias y evocaciones”, y cada uno tiene las suyas.
Todo viaje es una experiencia personal e íntima y en este Enrique decide anotar en su cuaderno sus vivencias, lo que esa ciudad le muestra y provoca; pero de las notas sobre una estancia en lugar tan especial como París parece obligatorio que salga algo más que un par de buenos poemas y unas pocas páginas de acertado lirismo. Y tal vez resulte injusto porque si nosotros hiciéramos nuestro propio álbum o cuaderno de ese mismo viaje seguro que no resultaría mejor que el de Enrique, pero si un editor decide convertir esas notas en libro –algo que no está al alcance de cualquiera- es porque resultan excepcionales por su calidad literaria o su personalidad, una mirada y guía singular o palabras de sustancial belleza que son mucho más que escribir para nombrar a los amigos, hablar de la novia, esbozos insustanciales y unas cuantas anécdotas sin importancia.
  Y resulta doblemente injusto porque “Esta ciudad es una religión” y se hace inevitable la comparación con un libro que el propio Enrique nombra: “Siempre van, también conmigo, los “Apuntes de París” de Fernando Sanmartín, a quien este libro que ahora lees debe tanto, por tantas cosas. Fernando Sanmartín  es uno de los secretos más valiosos –y en eso es algo en lo que estoy completamente de acuerdo-y mejor guardados de Zaragoza”.
Debo reconocerle a Enrique su honestidad, el que no haya pretendido imitar a nadie, pero es que se ha escrito –y se escribirá- tanto a cerca de París que en mi memoria esta estancia suya quedará como un objeto de papel repleto de original belleza inolvidable, pero literariamente insípido. París es una mujer consciente de su belleza y con una larguísima lista de amantes que sólo lograremos conquistar con un talento que esté a su altura. Muchos llegan a esta ciudad, pero si no queremos ser un turista más de los millones que la visitan debemos regalarle algo más que bisutería.

Enrique Cebrián Zazurca. “Estancia de investigación”. 52 páginas. Libros del(a) imperdible. Zaragoza, 2013.

Víctor Montalbán
http://www.montalbanestudio.es/


viernes, 7 de junio de 2013

Grotesco y humano


No es lo mismo hablar de un libro cuando conocemos a su autor que cuando no sabemos nada de él. En ese sentido la ignorancia creo que es la situación ideal que debería –por honradez- darse siempre. Si no le conocemos de nada podemos centrarnos en lo escrito sin interferencias ni deudas de ninguna clase que distorsionen nuestra opinión.
Por lo poco que yo sé y conozco de él, Carlos Manzano es –y se declara- tímido. Y sin embargo leyendo estos relatos podríamos imaginarnos a otra persona completamente distinta: un tipo descarado; extremadamente desvergonzado, desinhibido y sin pelos en la lengua; un tipo insolente y pendenciero, malhablado y trasnochador que bebe whisky con cerveza y recita poemas de Bukowski en bares y garitos de mala fama. Y podríamos perfectamente crearnos esa imagen de él por alguno de los relatos de este libro. En el que le da título: “Estrategias de supervivencia”, practica un exhibicionismo canalla y procaz. En “El regreso de la hija pródiga” un realismo sucio, sórdido y brutal. En “Padre enamorado que mira a su hija” se atreve con un tema tabú. En “La ley del más fuerte” habla de la violencia, las drogas y el sexo. En “Orgullo y justicia” convierte a un hombre corriente en un perturbado asesino. Y en “Una historia del Japón” el protagonista es un perverso atraído por el sadismo.
Sí, podríamos crearnos de él esa imagen; pero yo, que conozco a Manzano, puedo asegurar que es todo lo contrario: una persona tranquila, equilibrada, educada y normal que no pasa de la tercera –o como mucho cuarta- cerveza, y, que –yo sepa- no trasnocha, no debe dinero a su psiquiatra, no tiene antecedentes penales ni lleva una doble vida.
Pero tal vez la literatura se trate precisamente de eso. De que nos permite ser lo que no somos, convertirnos en otro, en el que seguramente no seamos nunca; hacer lo que nos gustaría y no nos atrevemos. Al lector y al escritor. Vivir una ficción como si fuera real, hacer ese viaje, mirar por el ojo de una cerradura; inventar lo que queramos, transformarnos, travestirnos, hacernos colegas de un camello, testigos de una vileza, voyeur en una habitación de hotel, descubrir los secretos de alguien, decir lo que realmente pensamos, cruzar las líneas rojas. Cuando nuestra vida es ordenada, previsible y monótona sentimos atracción por lo contrario: por el desorden, por el lado salvaje.
Porque a quién no le gustaría tener una historia turbia que contar de su adolescencia; convertirse por un momento en un justiciero y vivir un día de furia; quien no se ha sentido tentado alguna vez por el morbo; decir la verdad en lugar de una mentira piadosa; caer en el otro lado de nuestra bipolaridad, ceder en esa lucha entre lo correcto y lo incorrecto en la que muchas veces nos debatimos. La literatura, si somos cobardes o simplemente sensatos, nos permite todo eso. Como lectores y como escritores.
En esos relatos de Manzano hay algo más que realismo sucio y un lenguaje crudo. “La ley del más fuerte” es una versión –no importa si anterior o posterior- de aquellos quinquis de “Las leyes de la frontera” de Javier Cercas, pero también una historia de miedo y enamoramiento, de humillación, venganza y astucia frente a la fuerza Pero “Orgullo y justicia” acaba convirtiéndose en un exceso que le hace perder la credibilidad. “Padre enamorado que mira a su hija” puede interpretarse como que su intención es plantear un debate moral y ético, cruel en el sentido que plantea José Ovejero; pero a mi me parece inadmisible, un trastorno mental que requiere tratamiento psiquiátrico urgente. “Una historia del Japón” además del sadomasoquismo –tan de moda- y el vicio o perversión de un hombre gris y respetable nos presenta al fotógrafo Nobuyoshi Araki y nos hace descubrir su obra. “El regreso de la hija pródiga” aunque es una historia vomitiva, una vileza inconcebible, me resulta atractivo por su sórdida puesta en escena, sus demoledores diálogos; su aliento corrupto. Y en “Estrategias de supervivencia” el exhibicionismo provoca la carcajada por la situación y su descaro, pero al mismo tiempo plantea un interesante debate sobre el comportamiento humano; una paradoja que mezcla lo vulgar, el sexo, lo intelectual, la hipocresía, la timidez y una pregunta con muy mala leche.
Pero al contrario de lo que pueda parecer “Estrategias de supervivencia” no es una colección monotemática de perversiones, pesadillas, extravagancias y monstruos. Hay más; lo que pasa es que esos, por el morbo y la provocación, seguramente serán los que llamen más la atención del lector igual que hacen subir los índices de audiencia en la televisión. Y aunque alguno de esos relatos estén entre los mejores del libro, hay otros que, sin provocar o provocando menos, resultan buenos y alguno de ellos excelentes. Los hay incluso más cerca del ensayo que de la narración como “El vertiginoso declive del cinematógrafo” en el que encontré múltiples coincidencias con sus reflexiones y una frase para subrayar que aunque habla de cine podría aplicarse a la literatura: “…sustituimos la cultura del pensamiento y la creatividad por la sociedad del entretenimiento y la diversión efímera”. Y entre los –para mí- buenos están “No era mal tipo”, un relato breve que es una original necrológica que dice mucho en muy poco de cualquiera de nosotros: tipos vulgares con nuestros defectos y virtudes; “Sadismo insoportable” inteligente y original perspectiva y de lenguaje preciosista y lírico; mismas virtudes por las que también destacan “Acuciante necesidad de silencio” e “Insolente simetría”. Pero los dos relatos que -creo- valen por todo el libro son “La fotografía” y “Lento atardecer sobre Venecia”; aunque debo reconocer que su elección tiene mucho que ver con los temas que a mí me gustan: la desolación y su encarnación; la insatisfacción y sus preguntas sin respuesta, el tomar conciencia de nuestro ser y no ser.
De Carlos Manzano además de esta variedad –aunque inicialmente pueda parecer lo contrario- temática, me gustaría destacar su precisión lingüística. Precisión que creo proviene de su carácter minucioso y metódico para narrar; en su ambición por buscar en cada momento y utilizar las palabras adecuadas que expliquen perfectamente lo que quiere decir y transmitir; la palabra como molde con el que se fabrica o da forma, ajusta y encaja sin holgura. Lenguaje que resulta adecuado y preciso incluso cuando resulta soez y grosero sin eufemismos ni ambigüedad porque, nos guste o no, esa es la forma –y otra resultaría un ridículo artificio- en la que se expresan habitualmente muchos. Precisión que nos entrega la variedad y riqueza de un lenguaje del que cada día nos vamos desprendiendo a cambio de volvernos más pobres, abreviados y tecnológicos.   

Carlos Manzano. “Estrategias de supervivencia”. 88 páginas. Libros Certeza. Zaragoza, 2013.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Postales de la moderna desolación.


Mucha gente prefiere la literatura que les haga olvidar lo que son. Literatura que los lleve lejos. Y los entiendo; pero yo prefiero la literatura que, aunque duela o resulte cruel, pueda verme reflejado en las esquirlas de su espejo; historias que suceden en los lugares que conozco y contemplo a diario; unas calles más allá; al doblar la esquina. Y este breve –brevísimo- e intenso texto de Miguel Carcasona es de esa clase de literatura, porque habla de gente corriente –que puede ser cualquiera de nosotros- y de un lugar que conocemos: “Vivo en una urbanización del extrarradio, en una acumulación de sesenta casas dispuestas como un ejército en cerrada formación de avance: diez casas por fila, seis filas de casas. Con la particularidad de que es un ejército de siameses unidos por la espalda”. Un paisaje reconocible para muchos. Un lugar reconocible para mí porque yo vivo –con algunas diferencias- en un lugar así.
Aquellas ciudades dormitorio que surgieron a finales de los sesenta se han convertido en barrios integrados en la ciudad, y el centro antiguo en un lugar alejado para ir de turismo o manifestación. Los nuevos extrarradios del siglo XXI son islas de cemento y ladrillo que han brotado en los pueblos cercanos; rodeadas de autopistas, campos de cultivo abandonados y cañadas sin ovejas, murallas que guardan parques de árboles raquíticos, jardines japoneses, piscinas de plástico y barbacoas domingueras. Campo abierto de puertas cerradas en el que nunca pasa nada apasionante; tan sólo nuestra vida vulgar y moliente.  
 Carcasona nos muestra el lado feo y desolador de ese lugar, ese del que nunca nos hablaron los vendedores que vivían lejos de allí: el páramo como frontera, la uniformidad impersonal, las líneas rectas, la distancia y el aislamiento. Pero eso no quita para que algunos no le vean su lado bueno. Se trata de gustos. Todo tiene sus ventajas e inconvenientes y nada es perfecto. Unos lo buscan a propósito y consiguen adaptarse sin problemas; otros no tanto, pero se resignan y agarran a sus aspectos positivos.
El retrato que se hace de ese lugar en “Todos los perros aúllan” es devastador y subjetivo, pero se trata de mostrarnos un escenario en el que lo realmente importante está en la historia que cuenta. Si fuera una historia feliz o cómica saldría su lado fotogénico y no su perfil malo. Llegar hasta allí es una elección, la de los nuevos emigrantes que abandonan el centro de la ciudad buscando espacio abierto sin ruido y contaminación y se convierten en sus habitantes. “Clara opinaba que los cuarenta y cinco metros del piso alquilado donde vivíamos, en la primera planta de una avenida con tráfico excesivo, no eran el mejor entorno para el desarrollo de nuestro hijo. Buscábamos espacio saludable para él y espacio, a secas, para nosotros, y combinar superficie amplia con precio asequible solo era viable en el extrarradio”. Razones y argumentos comunes a la mayoría si se hiciera una encuesta puerta por puerta. Y los entiendo. Pero el texto de Carcasona no se trata sólo de sacar a la luz los defectos de ese paisaje impersonal y desolador sino en que a veces cambiar un lugar imperfecto por otro puede hacerse con muy buena intención pero puede convertirse en un error.  Y que lo realmente grave y calamitoso es el persistir en ese error por las consecuencias que eso conlleva. El orgullo y el autoengaño, el no querer reconocer que te has equivocado, la falta de comunicación y sinceridad, el no saber rectificar a tiempo; el callarte y dejarte llevar por la inercia de lo cotidiano, permitir que el cansancio se apodere de ti y acabe aniquilándote, hacerte odiar el lugar en el que vives. Lo que antes era virtud ahora es un defecto insalvable.
Y la maestría de Carcasona está en mostrarnos todo eso con muy poco. En resumir, concentrar años de carcoma y podredumbre en un par de hechos cruciales; en unas cuantas postales, imágenes decisivas: el asco de una rata muerta; la invasión de las hormigas que se cuelan por las grietas; la crueldad de ver morir a tu mascota envenenada.
Pero además de todo eso Carcasona también deja en evidencia la desorientación y fragilidad de los padres modernos y sus hijos cibernautas. Sus nuevas formas de divertirse y relacionarse y comunicarse con los demás. Comportamiento en el que también caemos los padres y los adultos y que nos deja sin argumentos ni fuerza moral para decir no. Realidad virtual que nos separa y aísla a cada uno en su cuarto delante de una pantalla y la puerta cerrada. Soledad que acaba llevándonos a visitar de noche los polígonos industriales y a compartir quince minutos en el asiento de atrás con una falsa hada madrina. 
Es triste y cruel. Pero debemos darle las gracias a Miguel por mostrarnos algo de nosotros mismos que tenemos muy cerca y de lo que huimos sin movernos en realidad del mismo sitio, persistiendo en el error. 

Miguel Carcasona. “Todos los perros aúllan”. 43 páginas. Instituto de Estudios Altoaragoneses. Huesca, 2012.


miércoles, 13 de febrero de 2013

Un cuaderno de hule



El rescate de la figura de Manuel Chaves Nogales y su novela sobre la Guerra Civil “A sangre y fuego” nos devolvió el nombre de la Tercera España. “De mi pequeña experiencia personal, puedo decir que un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros”. Chaves Nogales “pequeñoburgués liberal” huyó del Madrid republicano. Su deserción la pago entonces con el exilio voluntario: “Se paga caro, desde luego. El precio, hoy por hoy, es la Patria. En el siglo XXI no pertenecer a ningún bando no sale tan caro, pero tampoco sale gratis; se paga con la indiferencia. Pero eso es algo de lo que hablaré después.
La reaparición de esa Tercera España me devolvió una vieja curiosidad olvidada. Y una de las ventajas de esta época digital es poder buscar u obtener información sin salir de casa. Basta con escribir en un buscador y obtener el premio: http://laterceraesp.blogspot.com.es/Y el primer nombre que aparece en esa lista era un completo desconocido para mí: Luis Lucia.
Su historia resulta absolutamente estremecedora. Fue encarcelado por unos y por otros. Los republicanos lo encarcelaron por derechista y católico, el franquismo por traidor y haber declarado su fidelidad a la República.
Y los comentarios a esa entrada me llevaron hasta este libro: “En tierra de nadie”, escrito por Rafael Esteban Silvestre. Una excelente novela corta que recupera un episodio en la vida de Luis Lucia cuando, al estallar la Guerra Civil huye de Valencia y se esconde en la falsa (buhardilla) de un Mas del Maestrazgo. Durante los meses de ese ocultamiento escribió en un “cuaderno de hule” la memoria de su huida y sus temores antes de entregarse a un grupo de milicianos que registraban la casa. Ese cuaderno, muchos años después, acaba en las manos de José María Gil Robles, compañero y jefe político de Luis Lucia.
“En tierra de nadie” se mezcla realidad y ficción; pero eso es lo de menos. El encarcelamiento por partida doble de Luis Lucia fue trágicamente cierto. Rafael Esteban se basa en esa estremecedora verdad para recrear lo que Gil Robles pudo sentir al leer el cuaderno y lo que Luis Lucia pudo escribir en él. Y aunque la novela tiene un inicio narrativamente trastabillado se recupera rápidamente al expresar los pensamientos de Gil Robles y aquella paz que no fue posible. El recuerdo doloroso de una época: “Luis era partidario de mantener la paz a cualquier precio. Muchos, Pablo Iglesias no fue ajeno a esto cuando amenazó con pasar por las armas a Maura, se desviaban hacia la violencia”. “No nos dimos cuenta, el viento presagiaba lo que se iba a desatar, estaba escrito en la historia de nuestro país, y no nos dimos cuenta”, y el destino del amigo: “Ni perdonado por unos, ni comprendido por otros. Como otros, Luis pagó por todos. Sí, les podía haber pasado a muchos. Pero Luis, ingenuo o simplemente bueno, no dio el paso definitivo cuando otros abandonaron una nave que se hundía, pues venía haciendo aguas desde tiempo atrás”.
Reconstrucción de una huida caminando por el inclemente paisaje del Maestrazgo. Reconocimiento de la belleza que hay en la dureza de su paisaje. Lugares que para Lucia suponían el horizonte de su infancia.  
 Reconstrucción de los pensamientos de un huido que abandona a su mujer y a sus hijas; a su hijo mayor haciendo el servicio militar en Valencia; el temor a represalias, su desamparo. “No sé a quién temo más, si a los revolucionarios que han tomado las calles y arman al pueblo, o a los africanistas con los que ya alguna vez me enfrasqué hace ya trece o catorce años a raíz de la guerra de Marruecos”. El miedo y la humillación de un hombre escondido, las dudas y el examen de conciencia de un fugitivo. La certeza de su derrota gane quien gane: “Yo, por mucho que pudiera ampararme en mi condición de diputado en un hipotético arresto, no dejaba de ser católico militante, líder derechista, hasta no hace tanto tiempo tradicionalista, y no podía caer en manos de activistas revolucionarios. Por otro lado, era oficialmente rojo, ex ministro de la República a la que me había adherido por medio del telegrama que envié desde Benicasim el día que comenzó la sublevación. No se me perdonaría, y tanto si me atrapaban unos como otros, acabaría mal. Tierra de nadie, pues, exilio forzoso, extranjero en mi propio país”.
Reconstrucción que además de ser narrativamente concisa y brillante tiene un mérito extraordinario. Porque lo que cuenta Rafael Esteban no resulta –paradójicamente- de un interés mayoritario. Porque la opinión y ficción que más vende por escrito y de palabra de esa época es la de un maniqueísmo en blanco y negro, la de una Arcadia feliz que no existió, en la idealización a posteriori de algo que fue imperfecto. Y el mérito de Rafael Esteban y la recuperación de Luis Lucia es el de no caer en lo subjetivo ni en lo tendencioso. De aquella época aciaga, triste y terrible lo único que merece la pena resucitar es esa Tercera España que no pudo ser, que entre unos y otros no hicieron posible. Ese es el único ejemplo que merece la pena novelar.
Y es curioso –y también triste- que esta “Tierra de nadie” resulte ahora útil y precisa. Que hoy, ahora mismo, resulte una novela esclarecedora. Porque hoy, todavía, esa Tercera España es minoritaria. Y que nadie me mal interprete, no estoy haciendo propaganda de ningún partido político. Me refiero a esa indiferencia con la que se paga hoy en día al que no milita en ningún bando.
Y es que te das cuenta de que esa Tercera España no pudo ser entonces por lo mismo que hoy se margina al que no practica el sectarismo de alguna de las dos orillas. Ahora muchos manifiestan públicamente y sin pudor su fanatismo, la violencia verbal, el escarnio, el insulto que rezuma el odio y su larva eclosionada. Y si no te sumas a ninguno de esos bandos, si no firmas manifiestos, sales en la foto o le das al “me gusta” lo que ganas es la indiferencia. No es buen negocio estar en medio, en ninguna parte, no ser la novia de nadie. No ser de ninguno no te traerá el reconocimiento de tu independencia. Es mejor ser de un color. Si formas parte de uno de los grupos no estarás solo, tendrás el aprecio de unos para defenderte del desprecio de los otros. La palmada en el hombro, la sonrisa del compañero.
Porque lo que se critica, lo malo, lo injusto, el escándalo está siempre en la otra acera, en el otro bando. Los que nos indignamos o sentimos vergüenza de los dos somos una minoría. Son muchos más los que sonríen con una mueca tenebrosa de alegría y triunfo ante la caída de los otros. Los que insultan a los del bando contrario por delincuentes pero callan de los del suyo. Los que convocan manifestaciones en una sede y exigen dimisiones ajenas. Los culpables siempre están enfrente; la verdad en mi casa, bajo mi bandera.
“En tierra de nadie” es un título muy apropiado. Una novela elocuente. Por Luis Lucia y sus dos carceleros. Para ver con más claridad el pasado y lo que fue. Para sentir, sin miedo, vergüenza del presente. En que es preferible la soledad de vivir en tierra de nadie al refugio de uno de sus bandos.   
  
Rafael Esteban Silvestre. “En tierra de nadie”. Comarca del Maestrazgo, 2007.

La Tercera España el magnífico –y tristemente desconocido- blog de Fernando Álvarez Jurado.