jueves, 21 de enero de 2010

El sol en el hierro

Creo que hay una teoría que dice que el principio de un texto es decisivo. Que puede hacer que sigas leyendo o abandones. Que un principio debe atraparte, engancharte, seducirte. Y la mayoría de los relatos de “El momento del unicornio”, de Norberto Luis Romero, cumplen esa regla. Te muerden y hacen presa. Basta una sola palabra: francotirador. Una sola frase: Sé que me están espiando. Unas líneas, una geometría de soles fragmentados y un perfume de lavanda para hacerte sentir el calor sofocante de un verano en febrero. Basta un cuerpo arrojado por una ventanilla para sentir el terror. Algunos lo llamarán recurso narrativo, yo prefiero pensar en esos muñecos de goma que les agarras del cuello y abren los ojos.
Norberto es un extraordinario escenógrafo: azoteas, cloacas, vagones de metro, balcones, jardines, habitaciones, cementerios y prostíbulos. Es un imaginativo creador de actores, atmósferas y pesadillas. Norberto es un productor y director que materializa en imágenes las palabras de un guión escrito por él mismo. Imagen y texto y viceversa. Sus textos describen con precisión y amplían, como una onda expansiva, las sensaciones que transmiten las imágenes. Mezclándose en una simbiosis perfecta los dos elementos. La mirada se desliza y avanza como una cámara en una película, haciendo travelling desde una grúa o en una Dolly, y las palabras nos hablan de locura y disfraces, de habitantes de un mundo subterráneo no exento de codicia y violencia; de lágrimas y sexo, claustrofobia y eugenesia, recuerdos e impostores, sombras en la pared, humor negro, surrealismo cómico y humillación doméstica y adultos destruyendo la infancia con su avaricia y perversiones.
La imaginación de Norberto mete de okupas en nuestra casa a los seres de “La parada de los monstruos” de Tod Browning y encierra su pesadilla disecada dentro de una urna de cristal. Reinterpreta el “Mar adentro” de Alejandro Amenábar; y al Kafka entomólogo que transforma a los hombres en insectos entre los pasillos y lugares secretos de un colegio interno. La tragicomedia a la española de un velatorio en un lupanar con un loro palabrotero y una puta que escribe versos y teje calcetines de colores. Un hombre humillado que planea el crimen perfecto, “Con faldas y a lo loco” de Wilder y“Extraños en un tren” de Alfred Hitchcock mezclados con el surrealismo de una luchadora de sumo, una amiga sádica y un hombre humillado que va a hacer la compra con una bata de boatiné.
Los relatos de Norberto transcurren en espacios cerrados donde se concentra el perfume y la luz se filtra entre las rendijas. Casas, pensiones, habitaciones de paredes rotas; túneles infinitos y un pueblo sin sueños donde podemos observar de cerca a los actores, oír sus diálogos y la voz en off; verles espiar detrás de una cortina, verles sudar y sangrar, morir, evocar el pasado, llorar sin fingir; descubrir el sexo, escuchar el ruido de la carcoma y recordar con ironía “Los árboles mueren de pie” de Alejandro Casona pero con un final negro.
Los relatos de Norberto queman al tocarlos. Como el sol en el hierro.

Norberto Luis Romero. “El momento del unicornio” Tropo Editores. Zaragoza, 2009.
Ilustración de cubierta de Óscar Sanmartín.

2 comentarios:

angelicamorales dijo...

Enhorabuena, lo acabo de leer en el Heraldo del Henares y como siempre, su relato me ha encantado, tan lento e incisivo, como acrobacia de bailarina tullida.

Saludos de niebla.

eduard blanco dijo...

Cierto es que hay quien defiende referida teoría sobre la primera página, la cual debe atraparte,envolverte y hacerte partícipe de la aventura junto al autor.
Tengo un amigo muy pesado con dicho tema, tanto que al final sin darme yo cuenta, al coger un libro establecía una rápida opinión basándome en la primera página.
Quizá sea demasiado radical. A veces, al empezar un libro que no entró en la primera página, capítulo o título, es salvable si lo empiezas por la mitad. Tiempo para regresar al principio siempre hay, y libros, como decía Borges, a patadas, por si no te gusta uno elegir otro.

Un Abrazo