martes, 12 de enero de 2010

Tapas nutritivas

Hace unos años hubiera sido impensable comer a base de tapas. Porque en un banquete serio las tapas eran la introducción, el prólogo sin consistencia, el fogueo de los pinches. La comida de verdad, la seria, la auténtica, venía después. Hoy en día, sin embargo, es posible comer tomando tapas y no quedarse con hambre. Alimentarse de una forma diferente, con un bocado breve, pequeño y cada vez distinto.
De eso se tratan los microrelatos, de literatura en tapas. Pequeñas delicias sabrosas y realmente nutritivas si están bien cocinadas. Un banquete de nada menos cien tapas es “La máquina de languidecer” de Ángel Olgoso. Y no diré que todas fueron de mi gusto. Es una lista demasiado larga para conseguir ese círculo perfecto, pero sí que no me quedé con el estómago lleno de aire ni con la sensación de estar ante un experimento culinario fallido, una carta a la moda minimalista. Y conseguirlo es, sin duda, mérito del cocinero.
Y eso que al principio pensé que con Olgoso había empezado por el final, que me había equivocado, que debería haber leído alguno de sus otros libros antes que éste. Que era una excentricidad llenar un libro con cien microrelatos. Que para apreciarle mejor debería haberme acercado, verle de cuerpo entero y no así, de lejos, en pequeño, dudando que en esta distancia pudiera reconocer y valorar su escritura. Pero no ha sido así. Porque ha bastado esa distancia corta para poder saborearlo en todas su intensa maestría.
Y tenía también el prejuicio de que los micros suelen ser piñatas, petardos de uno cincuenta, cohetes de corta trayectoria y final explosivo y luminoso. Eso suponía. Pero después de ir leyendo “La máquina de languidecer” me di cuenta que un microrelato de Olgoso puede ser un fórceps, una pedrada, un martillo, una pértiga, un despertador, una cerilla en un pozo, un golpe en la conciencia amodorrada, un atraco, un cóctel molotov.
Al leer micros tendemos a quedarnos con la bofetada, con la originalidad, pero en la literatura de Olgoso nos encontramos más por menos, un dos por uno en un reducido espacio de papel. En los micros lo que generalmente se pretende es el dedo en el ojo, la zancadilla, la sorpresa; pero en Olgoso, además de todo eso, está el estilo, el adjetivo, la idea, la referencia y la profundidad. En los micros basta con la idea, el final, el fogonazo; en Olgoso es todo el camino. Saborear lentamente el caramelo de su prosa. Su literatura es una máquina de precisión, de exactitud; es la obra de un tallador perfeccionista y delicado. Hay humor y golpes de efecto, ironía, giros inesperados, la imaginación transformando las cosas cotidianas, la imaginación del niño que juega, la mirada del relojero a través de su lupa. Su literatura es espeleología de las rutinas. Prójimos, vecinos y nosotros mismos. Transmutaciones, regresiones, pesadillas domésticas. Asombros con palabras nunca oídas. Susurros, palancas que violentan nuestros ojos, cabriolas entre los resquicios que dejan las líneas. Figuras inquietantes que se forman en los posos del café, con las migas del banquete.

Ángel Olgoso. “La máquina de languidecer”. Páginas de Espuma. Madrid, 2009.

3 comentarios:

The singermorning dijo...

A mí me has convencido.
Salud!

norberto dijo...

Muchas Gracias Luis por tus palabras tan justas y merecidas por la obra de este excelente cuentista. Desde mi modesta opinión, coincido contigo en que estamos ante un autor que da una nueva y profunda dimensión al cuento breve, acostumbrados al destello del artificio habitual. Olgoso va mucho más allá. ¡Bravo, maestro Olgoso!

Angeles dijo...

Como en el caso de Norberto, yo animo también a conocer de Olgoso sus cuentos largos. Son artistas cantaores, luego saben dominar todos los palos.