martes, 11 de octubre de 2011

Sonrisa XL

"Cleopatra odiaba las fiestas de cumpleaños. Su papá, don Federico, era un famoso escritor y, en los cumpleaños de sus amigos, Cleopatra siempre regalaba libros escritos por él.
-Nunca regala juguetes-decían sus compañeros-. ¡Siempre libros!, ¡vaya rollo!
Cuando Cleo entregaba su regalo, el cumpleañero de turno ponía cara de asco, como si hubiese visto una rata, y le tiraba el libro a la cabeza diciendo:
-Qué birria de regalo! ¡Yo quería un coche teledirigido!
Y Cleopatra se sentía fatal, fatal…"
Nada más empezar la primera sonrisa. Porque yo, que no soy famoso ni escritor, siempre regalo libros en los cumpleaños. Y cuando mis hijos entregan su regalo procuro disimular y mirar para otra parte cuando veo el poco interés que el niño demuestra por los libros y lo mucho que se entusiasma por el balón de fútbol o alguno de esos muñecos mutantes del espacio. La culpa no es mía, es que mi padre es raro… imagino que dirían mis hijos si tuvieran que disculparse.
Aunque pienso aliviado que nunca se han opuesto a que el regalo que ellos hacen sean libros (quizás porque soy yo el que va a comprarlos y ellos no lo eligen) y porque, afortunadamente, por ahora ninguno de sus amigos se ha quejado y les ha tirado los libros a la cabeza. Aunque lo espero cualquier día de estos. O también podría pasar que algún padre se quejara, sin decírmelo a la cara, claro; ¿libros?, pues vaya un regalo, si los niños se aburren con los libros, prefieren los videojuegos, ya leen los que les mandan en el colegio…
Cleopatra no quiere volver a regalar libros en los cumpleaños de sus amigos, quiere ser una niña normal y regalar juguetes, pero su padre se niega. "–Un libro es un estupendo regalo, Cleo. Y no digamos si, además, lleva dedicatoria de su autor. Así que no pienso gastar dinero en metralletas de agua, peluquerías de plastilina ni chuminadas parecidas. -¡Pues yo no pienso regalar más libros! Don Federico se encogió de hombros. –Entonces, tendrás que comprar los regalos para tus amigos con el dinero de tu paga. Muy pronto, Cleo se dio cuenta de que se había metido en un buen lío. Su paga semanal era muy pequeña, como correspondía a la hija de un escritor. No tenía ahorrados más que unos pocos euros. Con ellos no podía comprar ni un solo regalo".
Así que tras desechar otras opciones le roba la dentadura postiza a su abuelo y la pone debajo de su almohada para que el ratón Pérez le deje a cambio un montón de regalos. Pero claro, se descubre el pastel a la mañana siguiente cuando el abuelo va a ponerse su dentadura para desayunar…
De nuevo la sonrisa. Porque inmediatamente me acordé de mi abuela, que por las noches también dejaba su dentadura postiza en un vaso y le echaba una pastilla efervescente… por la mañana, al ir al baño, te encontrabas sus dientes junto al lavabo y no sabías si sonreír al verlos, probártelos a ver qué tal te quedaban o poner cara de asco y esconderlos dentro del armarito del baño…
Pero, sin dudas, el mejor momento del cuento de Fernando Lalana y José María Almárcegui es cuando Cleopatra va al rastro a comprar una dentadura de segunda mano para su abuelo y se encuentra con Epifanio Mascatuercas, vendedor de dentaduras usadas: "El tipo miró a un lado y a otro mientras metía la mano en la cartera. Sacó dos dentaduras y les quitó las pelusas con un pañuelo. –Esta perteneció a Julio César –dijo don Epifanio, mostrando una de ellas-. Y esta otra la usaba Napoleón Bonaparte los días de banquete. Con cualquiera de estas dentaduras se puede masticar un ladrillo. Y tienen tres meses de garantía".
A veces dudo de si los cuentos para niños están en realidad escritos para adultos. Si lo humorístico y disparatado de sus historias son entendidas por los niños. Porque yo estaba riéndome a carcajadas con ese disparatado y muy bien retratado vendedor de dentaduras de segunda mano y ellos no entendían porqué me reía tanto, qué era lo que me hacía tanta gracia. Llegué a pensar incluso que mis hijos no tenían sentido del humor.
Aunque luego pensé que de lo que se trata realmente es que los hijos y los padres leamos juntos. Que los niños nos vean reír y sientan curiosidad y entonces tengamos que explicarles qué es una dentadura postiza -porque los míos no han visto nunca ninguna- y contarles que mi abuela tenía una y que se le movía al hablar y al reírse, y que de pequeños le pedíamos que se la quitara y pusiera como si fuera el truco de un mago.
Al final el cuento acaba bien, claro. Y "Cleopatra les regala en los cumpleaños a sus amigos un libro escrito por su padre que a todos les gustó mucho. Y es que sus amigos se estaban haciendo mayores y empezaban a darse cuenta de que un libro es muchísimo más emocionante que un coche teledirigido".
Y es que el mundo está volviéndose cada día más raro.

“Cleopatra y el ratón Pérez”. Fernando Lalana y José María Almárcegui. Ilustraciones de Lluís Filella. Editorial Bruño. Madrid, 2007.

3 comentarios:

Maite Diloy dijo...

A mi también me gusta mucho leer libros para niños. Sobre todo leérselos a ellos. Poner voces y disfrutar. Y también regalo muchismos libros, a mis hijas, a sus amigos... en fin, creo que deberé quitarme el vicio.
Abrazos

Luis Borrás dijo...

Nada de eso. No te quites el vicio. Sigue leyendo con ellas, que luego ya no podrás hacerlo, pero les enseñarás a disfrutar y amar los libros.
Yo prefiero que mis hijos me vean como un tipo raro antes que convertirme en uno más. Luego que ellos elijan lo que quieren ser.
Un abrazo.

Aquí me quedaré... dijo...

No, Maite, no te quites ese vicio, es muy bueno.
Lo hacia cuando mis hijs eran pequeñas y ahora que son mayores, a sus regalos, siempre va unido un vale para un libro.
A sus amigos hacía igual, siempre libros y ahora, con más edad no se olvidan.

Me encanta ver ahora a mis hijas cuando leen los libros o cuentos de cuando eran pequeñas y miran la fecha.

Una de ellas aún recuerda que su primer libro serio se llamaba Fanfamús y que tenía seis años cuando lo leyó y os puedo asegurar que es estupendo que tengan esos recuerdos.
Ah, la rareza de los padres se torna en algo muy bonito cuando crecen.

Siempre me enrollo

¿Me perdonas?

Un abrazo