jueves, 31 de marzo de 2011

Campeón del mundo

Soy un niño de ciudad sin mitos. O tal vez sí. Televisión y fútbol y una memoria escurridiza. Caprichosa. Colcha hecha de retales que no me abriga en invierno. Televisión: Los hombres de Harrelson, Starsky y Hutch. Los payasos de la tele. Fútbol. Cromos sin adhesivo. Iribar. Partidos en el parque, en la plazoleta al salir del colegio.
Soy un niño de ciudad sin cine de barrio. O tal vez sí. Películas de guerra y Geyperman. Sobres de soldados. Paracaidista de plástico. Cables de la luz.
Soy la nada que queda de un adolescente inconsciente. Del rebaño, la mayoría, la copia, la uniformidad. Tiempo pasado de borracheras y música en inglés sin entender la letra. Euforia y nada más. Ni un poema ni un fruto. Ni un peldaño ni césped artificial.
Soy un adulto en pijama. Un adulto sin padrino. Un pueblerino de ciudad. Soy ahora el argonauta. Iluso, esforzado, condenado y kamikaze. Soy el que ahora te descubre y siente vergüenza y también un extraño temor.
Y tú, expósito, campeón del mundo. Tú que lo tuviste todo y lo perdiste todo. Que viviste rápido y tuviste después mil oficios distintos. Que venciste y fuiste derrotado. Que nunca había oído tu nombre.
Perico Fernández es uno de los muchos secretos que Zaragoza esconde bajo su piel. Estatua de una ciudad que ahora cobras vida. Campeón del mundo. Moda de entretiempo. Portada de revistas. Famoso. Ídolo con pies de barro. Personaje. Juguete roto. Ceniza.
Tú, campeón del mundo por segunda vez, tuviste suerte de perder joven la fama. Con tiempo por delante para reinventarte. No volver a cantar nunca más. No volver a salir en la televisión tropezando con las palabras. No volver a escuchar a la masa reírte las gracias.
Y ahora, Perico, más de treinta años después Octavio y Juan Luis escriben tu historia, tu hagiografía en verso. La historia del ángel primero. Ahora que los días se repiten como salidos de una fotocopiadora estropeada.
Ahora Enrique Cebrián y Manolo Forega te advierten, reconocen y descubren. Te recuerdan niño de hospicio, boxeador de hambre, cornadas y gloria millonaria. Historia contemporánea que se repite. Hombre resucitado que nunca murió.
Juan Luis y Octavio son niños de buena memoria. Memoria de tele en color recién estrenada. Pantalones de campana y pullover. Hombres que no quieren perder su niñez, dejar de abrigarse con ella, perder la ilusión y la inocencia. El mito que ganó el mundo, puso a su ciudad en el centro del Universo.
Manolo, Enrique, Octavio y Juan Luis escriben contra el olvido ingrato de una ciudad vetusta y romana. No quieren hacerte renacer para dejarte caer después. En tu resurrección ellos también renacen. Recuperan la memoria de una ciudad con teleclub. Con la otra llegada a la luna, con la madrugada al otro lado del mundo. Con el éxito y el triunfo; un héroe, un huérfano de Torrero campeón del mundo. El cielo bajo tus pies. Le das fuego a la vida. Parsifal. Luces de discoteca. Chivas y coca.
Hasta que llegó aquel día de la puta calor, con tus pulmones como arrecifes en el alquitrán de Bangkok. Tumba sobre la lona, tumba pesada y triste/sarcófago en el cosmos con olor a puro. La derrota. El olvido. La decadencia. La cuesta abajo sin freno. Bufón. Mono de feria. Despreciado. Arrinconado. Producto averiado, pasado de moda. Inútil caja vacía improductiva. Carne exprimida hasta la última gota. Sitiado por los colores luminosos, el sarpullido de los golpes, las chavalas caducas, todo alimento para mi mente de urraca. Bebo en las fuentes como hacen los chuchos, soy más animal que muchos humanos. ¿Serás capaz de sobrevivirte a ti mismo?
Y ahora, treinta años después, Octavio y Juan Luis, eternos principiantes, son un culto escaso que te escribe oraciones vacías. Hemos aprendido cómo apretar los dientes cada mañana, airados consumidores de transbordos en autobuses públicos. Y tú, Perico, te reinventaste a ti mismo con el dibujo y el color. Tú que no estudiaste nada. Que diste hostias como nadie. Tú, niño de hospicio, campeón del mundo, superviviente del olvido, hijo huido del voraz Saturno.
No te conocía, Perico, discúlpame.
Ahora conozco tu nombre.
Cierra la puerta y cuéntame qué soñabas cuando eras un niño.

“Perico Fernández que estás en los cielos” Juan Luis Saldaña y Octavio Gómez Milián. Los Libros del(a) Imperdible. Zaragoza, 2011. Acotación y prólogo: Manuel Martínez Forega Y Enrique Cebrián. Dibujo de cubierta: Perico Fernández.

http://leocamaleon.blogspot.com/2009/08/perico-fernandez-que-estas-en-los_10.html

3 comentarios:

JALOZA dijo...

Excelente reseña, tan lírica, tan tuya. Yo sí trasnoché para ver a Perico, en la tele en blanco y negro de la cocina encima de la despensa... o algo así. Con mis padres orgullosos del paisano campeón que tanto se parecía a mi tío. Sin duda un personaje, me refiero a Perico. Bien se merecía una glosa.

Colección & dijo...

Qué reseña más bella.
Abrazos.

Blanca dijo...

Todo muy lírico pero ¿saben estos escritores la verdad de este campeón?
¿le han preguntado a quienes le sacaron de su futuro de delincuente? ¿saben de su indisciplina, de su egoísmo, de su deslealtad a quienes le acogieron y le ofrecieron una oportunidad?
Idolos con pies de barro que quisieron meterse en él conscientemente. Más verdad y menos lírica