viernes, 25 de marzo de 2011

Un texto de Maite Diloy

Fonógrafo maldito

Estimada señoría:
Me llamo Romano, Pedro Romano, pero todos me llaman simplemente Romano, quizás por que mi cabeza recuerda demasiado a Augusto, ni idea... gracias a los dioses, vivo solo. Cuando termine mi historia, comprenderá usted que es una suerte no compartir mi espacio vital con nadie.
Todo sucedió hace unos quince días, mi vecino de abajo, un viejecito encantador al que subía el correo, se mudó por problemas de salud a una residencia. En compensación a mis desvelos por su persona me regalo un fonógrafo magnífico, en perfecto estado. Estaba tan emocionado. Él sabía de mi afición a la música y por ello estaba encantadísimo con el regalo. Tras agradecerle el gesto, lo coloque en un estante al lado de una planta medio seca que corona la estantería del cuarto de escritor que habito la mayor parte del tiempo.
¡Ah! , es cierto, no le había comentado que soy escritor en mis ratos libres, aunque mientras el éxito me toca con su mano sigo trabajando en jornada de ocho a tres en una oficina.
A la noche, como todas las semanas cogí la regadera y regué la planta. Ya sé que está medio seca pero obviamente no voy a dejarla morir. Una gota debió salpicar al fonógrafo .Tuvo que ser eso porque a la mañana siguiente observe un bulto que sobresalía en el fonógrafo. Me dio pena, estaba tan bonito, tan brillante, que me pase la mañana pensando como sacarle ese bultito.
La sorpresa fue al volver a casa, un fonógrafo recién nacido tocaba el “Aria de las Flores” mientras devoraba dos cuentos que había terminado la noche anterior. Allí mismo lo hubiese descuartizado, créame, pero era tan gracioso que no pude hacerlo. Lo saqué a la terraza para evitar que siguiese dándose un festín con mis cuentos. Al verse aislado comenzó a tocar “Noche en el Monte Pelado”. Era tan inteligente y tan bonito que corrí al cuarto de escritor y le di cuatro o cinco cuentos que iba a arrojar a la papelera. Satisfecho se quedo dormido.
Estaba claro que el fonógrafo original había creado de algún modo este pequeño, pensé que era el agua. Así que, dejando mi pereza al lado, lo cubrí con un plástico de burbujas para evitar en un futuro tener nuevos fonógrafos en casa.
El chiquitín crecía rápidamente. A la mañana siguiente ya no era tan travieso, incluso había evolucionado en su música, tocaba ”La Máquina de escribir” de Leroy Anderson. Me gusto el cambio en su música. En cuanto fuese adulto se lo iba a regalar a Sara, mi compañera y confidente, me apetecía hacerlo y no sólo como pago a sus desvelos. Mi Sara. Estaba tan contento que me fui a la oficina dando saltos por la calle. Dos fonógrafos en una modesta casa como la mía son ostentosos. Había encontrado la solución perfecta.
Soy tonto, usted en su infinita sabiduría se habrá dado cuenta, cubrí el fonógrafo con un plástico y mi casa tiene calefacción. Con un frío del carajo, la calefacción se puso en marcha. Las leyes de la condensación son universales y con el calor interno frente al frio de la calle, formó en el interior unas cuantas gotitas en el gran fonógrafo, para ser exactos doscientas cuarenta y cinco gotas de las que nacieron doscientos cuarenta y cinco fonógrafos enanos que tocaban como locos cuando abrí la puerta de la casa.
Casi me desmayo al ver los fonógrafos comiéndose todos mis trabajos, años y años de escritor aficionado, libretas llenas de cuentos e ideas que estaban siendo devorados, deglutidos por esas maravillosas máquinas que hablaban el lenguaje musical.
Es justo castigo a mi idiotez, lo reconozco. Pero me parece demasiado castigo, todo mí trabajo, todo el ruido que llenaba la casa y me taladraba los oídos. Nada mas abrir la puerta del cuarto de escritor salieron como cuervos en busca de literatura, los vi comerse algunos de mis libros. Logré salvar alguno. Cogí unos cuantos de mis favoritos; los encerré en el cuarto de baño. Los vecinos llamaron a mi casa y amenazaron con avisar a la policía si no paraba esa mezcla infernal de ruido.
Cogí unos cincuenta fonógrafos en el carrito de la compra y los intenté vender a un anticuario que me creyó un ladrón y llamo a la policía. Al oír las sirenas salí abandonando esos cincuenta fonógrafos, el carrito de la compra y la cazadora; pero aún me quedaban casi doscientos... estaba desesperado...
Cuando llegue a casa el espectáculo era dantesco. Toda mi biblioteca reducida a trizas, las puertas devoradas; al menos estaban en silencio, salvo por uno que tocaba “Alabama”, con un sonido triste mientras el resto escuchaba emocionado. Me emocionaron a mí también, pero entiéndame señoría, no podía quedarme con todos ellos.
Mientras el saxo se elevaba por la habitación, aprovechando que todos ellos estaban reunidos con los restos de mi estupenda biblioteca por el suelo en ese cuarto que tanto había amado, derrame el bote de alcohol que tenia para mis cortes y le prendí fuego.
Logre cerrar la puerta. El resto del edificio también se incendio pero no me veo yo responsable, el único culpable fue ese viejecito cabrón que me regaló el maldito fonógrafo sin instrucciones.

Texto de Maite Diloy
http://brisne.blogspot.com/

Fotografía de Sergio Piquer
http://www.flickr.com/photos/srgblog/

3 comentarios:

Brisne dijo...

Muchas Gracias por colgar mi texto y por la preciosa fotografía elegida, que es mucho mejor que el texto.

Gracias!

El rebaño del lobo_autor dijo...

Un relato genial, mis felicidades a Maite.

arqui dijo...

Esta bien leerte en otros alojamientos, ya te dije en su día que me pareció bueno, hoy también te digo lo mismo.