jueves, 12 de marzo de 2009

Tormenta

Apareció por sorpresa. De repente. Supongo que un montañero veterano la hubiera visto venir, hubiera sabido interpretar el color del cielo. Pero nosotros tan sólo somos unos domingueros aficionados a la travesía. Quisimos ir más lejos, subir más arriba, superarnos, aprovechar el fin de semana al máximo.
Cuando comenzó lo único que podíamos hacer era volver. Dar marcha atrás. La nieve borraba todas las huellas y la visibilidad era escasa por la ventisca. Nos dejamos llevar por la intuición y bajábamos desorientados.
La nieve caía con fuerza. Se acumulaba rápidamente en nuestras mochilas, sobre los hombros, los brazos y la cabeza. Si nos deteníamos nos enterraría en apenas unos minutos.
Tú ibas delante, yo detrás, a dos metros escasos de ti. Avanzabas entre la ventisca con el cuerpo inclinado, agitando con fuerza los brazos y las piernas, hundiendo los bastones en el suelo. La nieve ocultaba nuestros pies, nos azotaba en el rostro, sentía su humedad fría golpeándome en la cara.
Al abrigo de una ladera la ventisca amainó y avanzamos más deprisa. De pronto te volviste y te vi sonreír. Cuando estuve junto a ti me señalaste el refugio y entonces supe que la suerte se había aparecido en mitad de aquella montaña.
Con todas mis fuerzas te clavé la punta del bastón en una rodilla. Caíste al suelo de espaldas. Sin darte tiempo a reaccionar volví a clavártelo intentando hacerlo en el mismo sitio, pensando que con la rodilla destrozada no podrías caminar, dar un paso, moverte del suelo. Volví a golpear con furia en el punto de sangre que aparecía en tu pierna. Volví a clavarte el bastón otra vez. Ni siquiera el viento conseguía llevarse tus gritos de dolor. Cuando me encontré con el azul de tus ojos dejé de golpearte y me marché.
Oí que gritabas mi nombre.
Sentado en el rincón más alejado de la puerta respiro con dificultad por el esfuerzo. El aire sale caliente de mi boca. La punta del bastón brilla. La nieve de mi ropa se derrite.
Fuera, la nieve sigue cayendo sin piedad, con furia intensa. Cubrirá tu cuerpo rápidamente. Lo enterrará, lo hará desaparecer.
Hasta aquí no llegan tus lágrimas, tus preguntas. Te arrastrarás sin poder escapar, maldecirás mi nombre, me insultarás mientras la nieve cae sobre ti, devorándote, ahogándote en su silencio.
Dicen que no sientes nada, que te quedas dormido mientras el calor de tu cuerpo se apaga lentamente.
Cuando deje de nevar y salga fuera no quedará nada de ti, habrás desaparecido, tragada por la tormenta.

Texto de Jorge del Frago
Fotografía de Asier Alkorta, un joven y magnífico fotógrafo de Zaragoza.
Podeis ver más fotografías suyas en 

4 comentarios:

JOsé Ángel dijo...

Acojonante y escalofriante.
Amabas cosas.
José Ángel

El hombre invisible dijo...

Terrorífico. Y yo me pregunto, ¿por qué quiere que se la trague la tormenta?, ¿qué le ha hecho esa pobre mujer?

Es usted un malvado, señor del Frago.

Saludos de hielo

Luis Borrás dijo...

Estimados amigos, visible e invisible.
Muchas gracias por vuestra visita y por el comentario.
Con lectores como vosotros todo el esfuerzo y el cansancio se vuelven gratificante y estimulante.
Un cordial saludo.

JALOZA dijo...

Recordé el Fargo de los Coen y el Rastro de tu sangre en la nieve de Gabo. Si un relato tiene que sorprender para ser bueno, éste es buenísimo. Nunca imaginé esa violencia desatada. Bravo, de nuevo. Me estás dejando k.o.