miércoles, 25 de marzo de 2009

Tan sólo su nombre


No soy un criminal. Tan sólo quería saber su nombre. Por eso lo hice.
Sí, ya sé que otro en mi lugar hubiera recurrido a cualquier viejo truco de ligón de discoteca, hubiera sabido cómo hacerlo, qué decir, hubiera sabido sonreír y hablar sin tartamudear. Pero yo no. Eso para mí es imposible. Soy demasiado tímido. Lo mío es tropezar con las palabras, enrojecer y no terminar las frases, quedarme callado en un rincón. Maldita sea, ¿cómo lo harán? Siempre he envidiado a esos canallas, simpáticos y triunfadores, a esos charlatanes de verbo fácil, encantadores de serpientes.
Y además, si lo hubiera hecho, si hubiera sido capaz de acercarme hasta ella, ¿qué le hubiera dicho?, la agarro del brazo y le digo: ¡Hola!, ¿perdona, me puedes decir tu nombre? Qué absurdo. Hubiera pensado que era un chiflado, un perturbado. Se habría asustado y me hubiera dado un nombre falso, el primero que se le hubiera ocurrido, y luego se habría marchado deprisa, atemorizada, sin atreverse a mirar atrás. Y eso hubiera sido lo peor, que me dijera un nombre falso, porque yo necesitaba saber su nombre de verdad, el auténtico. Lo necesitaba para nombrarla en mis sueños, agarrarme a su recuerdo en las noches de mi soledad.
No. La única forma de saberlo era haciendo lo que hice. Arrancándole la verdad.
No soy un delincuente. No estoy loco. Es este maldito silencio mío, esta vergüenza de palabras torpes y escasas. Esta timidez absoluta y desesperante que me ha convertido en un fracasado, un impedido, alguien incapaz de hablar con naturalidad con una mujer.
Lo siento, no está bien lo que hice. Siento mucho su estupor, el susto que debió de llevarse por mi culpa, su caída, su dolor al golpearse contra el suelo. Pero no me quedó más remedio. Lo hice por miedo, por el miedo que sentí al verla marchar, al ver su espalda alejándose y no saber su nombre, no poder invocar su memoria antes de quedarme dormido.
Ya se que no es normal, que todo esto no tiene ningún sentido, pero el amor es eso, el amor es arrebato, hambre, necesidad. El amor tenía su rostro y sus gestos, su encantadora espontaneidad. Todo lo que yo no tengo. Todo lo que no soy. Porque la expresión de mi amor está siempre hecha de silencios, de palabras muertas antes de nacer, palabras que se quedan estancadas en mi cabeza y en el agua turbia de mis ojos, palabras que nunca salen de mi boca para tocar el aire y provocar caricias.
Y es que me enamoré de ella en apenas unos segundos. No fue su belleza discreta y elegante lo que me atrajo de ella; fueron sus gestos, su forma de hablar y expresarse lo que me fascinó, me dejó maravillado. Se metió dentro de mi cabeza y me dejó en evidencia. Indefenso, herido, maniatado a su aire.
Entró en el vagón con una amiga, una compañera de trabajo quizás, y se quedaron de pie junto a mi. Su amiga dándome la espalda, ella frente a mí, a dos pasos cortos, cerca, donde pudiera verla y oírla.
No; no fue su belleza, fue el movimiento de sus manos al hablar, las expresiones de su rostro, sus ojos, su elocuencia y su sonrisa.
Me pasé mi parada por seguir viéndola, por continuar admirando su naturalidad al conversar, la forma en que se colocaba el pelo detrás de las orejas, las mil tonalidades que tenía su rostro. Ni siquiera sé cuantas estaciones más pasaron, todo había desaparecido, sólo la veía a ella.
Hasta que se despidió de su amiga y se bajó.
Entonces, atraído como un hierro al imán, salí detrás de ella, con cuidado para no perderla de vista en el andén repleto de gente, ni por los largos pasillos y los cruces de los transbordos.
Al empezar a subir las escaleras de la boca del metro para salir a la calle sentí el terror de perderla, no volver a verla jamás. El vértigo de su ausencia. Quise llamarla, pedirle que no se fuera, que no me dejara. Quise hablarle de amor. De mis ojos, incansables de tenerla; de su voz, su palabra y sus gestos llenado el silencio que vive en mi boca. Pero sabía que no podría. Que era imposible. Por eso lo hice. Necesitaba su nombre. Tan sólo su nombre llenando mi soledad.
Subí los peldaños de dos en dos y la alcancé justo en la salida, en el último escalón, pasé rápido junto a ella y agarrando el asa de su bolso tiré con todas mis fuerzas. La vi tropezar y caer, golpearse la cabeza contra el suelo, oí gritos detrás de mí, me llamaban ladrón mientras me alejaba a toda velocidad.
Seguí corriendo por calles desconocidas hasta que sus gritos desaparecieron. Tan sólo el ruido del tráfico, la pálida luz de las farolas recién encendidas. Con los pulmones ahogados, boqueando por el esfuerzo, me detuve frente a una papelera. Temblándome las manos abrí su bolso, saqué la cartera y la abrí. En una pequeña ventana de plástico estaba el DNI con su fotografía, su rostro de belleza discreta, sus labios sonriendo levemente, y su nombre, su verdadero nombre. Metí la cartera dentro del bolso y lo tiré a la papelera.
No soy un ladrón. No soy un criminal. No estoy loco. Tan sólo quería saber su nombre.
Ahora que sabía cómo se llamaba le pedí perdón. Por primera vez la llame por su nombre. En un susurro rozando el aire.
Y regresé a casa con él en mis labios, con su recuerdo acompañando mi soledad.


Texto Jorge del Frago

La magnífica fotografía es de Ana Cordero.

4 comentarios:

Luuu dijo...

Preciosa entrada. A veces es difícil saber cómo superar la vergüenza adecuadamente, porque si lo juntamos con el impulso del amor, podemos hacerlo de forma inadecuada y hacer cosas de las que nos podríamos arrepentir o podrían resultar malinterpretadas. La foto es muy buena. Un saludo. Espero que visitéis mi blog, no es tan bueno, pero se intenta...

Berbi dijo...

Este Jorge se está especializando en la timidez...tanto de sus relatos como de su persona

angelicamorales dijo...

No estoy loca, no soy una delincuente, mucho menos una pelota de tenis errante. Me gustan sus relatos, cada día más. Sólo quería decirselo.


Saludos de gata egipcia

JALOZA dijo...

A mí también me gustan mucho.Construyes unos personajes entrañables, muy cercanos, a los que acabamos disculpando sus defectillos porque los hacemos, los hago míos. No sé porqué pero pensé en novela y cine negro.

Cierro la boca y me voy a pensar. Gracias.