lunes, 3 de mayo de 2010

Una centésima de segundo

“La crueldad del fotógrafo” me ha enseñado a mirar las fotografías de otra manera. A observarlas, enfrentarme a su espejo de papel con otra perspectiva. A temer su poder y apariencia, su predicado y su mentira; las verdades a medias que enseñan; la trampa del tiempo congelado, atrapado, detenido en un segundo sin un antes ni un después.
“La crueldad del fotógrafo” me ha enseñado que las fotografías son la tarjeta de presentación de los recuerdos perfectos. Pero también que son material altamente inflamable. Y es que el recuerdo de cada uno no es más que un traje hecho a la medida de su hambre y de su sed.
Antonio Cardiel me ha enseñado que la fotografía es un ejercicio cruel y devastador porque nos trae el pasado hasta el presente. Lo dota de corporeidad, lo hace real y visible. Me ha enseñado que las fotografías pueden causar dolor o alegría, pueden hacer reír o llorar, pueden ser una tabla de salvación o una puñalada trapera.
Antonio Cardiel me ha enseñado que ver fotos es un ejercicio de melancolía. Que las fotografías devuelven la vida a los muertos, los hacen resucitar; y también que cada foto representa una centésima en la vida de alguien. Y que todas juntas pueden suponer 96 segundos en su vida. Noventa y seis segundos sólo de los momentos de felicidad, de los momentos que todos quieren recordar, pero ni una sola de los momentos oscuros y tristes, de la otra cara, de todos los segundos, horas, meses y años que faltan para completar el círculo que trazan las manecillas del reloj.
¿Qué pasaría entonces si nos encontramos con el álbum de fotografías de los momentos felices de unos desconocidos? No sabemos nada de ellos, así que imaginamos, inventamos una historia acorde a sus sonrisas capicúas e inmortales, a los escenarios soleados, a las fachadas coloreadas donde brillan. Montamos un largometraje basándonos en unas cuantas fotos fijas; emulsiones sin movimiento ni diálogo. Vemos lo que queremos ver, lo que deseamos imaginar. Interpretamos las imágenes a nuestra conveniencia y necesidad.
¿Pero qué pasa cuando todo lo que creímos fortuna y alegría era una mentira vestida de vulgaridad?, ¿cuando las fotografías de la felicidad son un repetitivo cliché?, ¿cuando los misterios se desvelan y se vuelven prosaicos; un auténtico fraude?, ¿cuando lo que imaginamos no tiene nada que ver con la realidad?
¿Qué pasa cuando te encuentras por casualidad dentro de la fotografía de otro? Cuando el tiempo detenido en una fotografía se vuelve el recuerdo perfecto, y recuperar ese pasado en tu único objetivo; el único motivo para llenar tu tiempo; salvarte de tu soledad; darle un sentido a tus pasos; la razón para querer vivir el presente y confiar en el futuro.
¿Qué pasa si te reencuentras con el amor de tu vida y ella ni siquiera sabe quién eres? No recuerda tu nombre ni tu cara, ni ese verano del que le hablas. ¿Qué pasa si el flotador que te mantiene a flote en medio del océano se pincha; el recuerdo se vuelve papel mojado, las fotografías se velan a la luz y la locura en final de trayecto?
¿Qué pasa si descubres que la vida es un fogonazo en medio de la nada?

Antonio Cardiel “La crueldad del fotógrafo” Mira Editores. Zaragoza, 2009.

2 comentarios:

Angeles dijo...

Fotografía y escritura son iguales, si no aspiras a obtener respuestas. Mienten los objetos y sujetos reproducidos y aún más sus artífices, los autores. Mienten las imágenes y mienten las palabras. Sólo los fogonazos y los deslumbramientos son auténticos. Pero necesitan una actitud abierta, inocente y desprevenida, confiada. La crueldad del fotógrafo es un gran título y tema para la reflexión, para las respuestas, tiene.

José Luis Ríos dijo...

Has escrito sobre el libro de tal manera que has conseguido que me interese.

Un abrazo