lunes, 29 de noviembre de 2010

Un relato de Vanesa Pomar

La Perra

Serían las once y media doce y, después de muchos vasos de absenta, ya no estaba muy sociable así que decidí irme a casa.
Salí del bar, doblé la esquina y me fui a la placita en la que el tranvía tenía su última parada. Me senté en un muro de piedra. No sé cuánto tiempo estuve allí sentada pero de repente aparecieron. Serían unos siete u ocho perros, perros grandes y de una raza no clasificable. Andaban despacio, sin prisas, en esas horas en que la ciudad era suya. Había muchas manadas de perros vagando por la ciudad, perros sin dueño, perros que no tenían nada que hacer, perros tomando el sol, perros discutiendo, perros conversando. Dicen que un día los metieron a todos en un barco y los mandaron a una isla que está muy cerquita de la ciudad. Dicen también que los perros volvieron.
Así que allí estábamos, los perros y yo. No sé si se percataron de mi presencia pero no dieron ningún signo de ello. Estuve un buen rato mirándolos. Ése era el jefe seguro, sentado, cansado, observando al resto. Se levantó y comenzó a caminar, poco a poco los otros fueron detrás. Y yo, como no tenía nada mejor que hacer, fui detrás de ellos.
Salimos de la placita y fuimos por esa calle cuesta abajo que nunca me acuerdo de cómo se llama, la de los músicos, la que tiene la tienda de sombreros en la esquina. Uno de los perros se metió por una de las primeras bocacalles, se medio despidió del grupo, o eso creo y seguimos bajando. Yo, por supuesto, como intrusa que era, me mantenía a una distancia prudencial, había visto a esos perros pelear.
Al llegar a la torre, uno de los lugares más habituales de reunión de estas manadas, hicimos una parada. Allí estuvimos un buen rato. Sentada en una piedra, a unos 25 metros, seguí observando a los perros. El jefe seguía sentado, impasible a los jugueteos de los otros, bostezando, abstraído, mirando a ninguna parte. Sacudió la cabeza, volviendo a ocupar su puesto de líder y comenzó a caminar.
Tres de los perros se quedaron allí.
Me levanté decidida a seguir al jefe. Mi cabeza estaba tan difusa como la absenta que había bebido, me apoyé en una farola buscando el equilibrio que me faltaba, respiré hondo y seguí con mi absurda misión.
Bajamos por una paralela a la calle de los músicos, una calle estrecha, con casas viejas con ropa colgada de lado a lado de la calle, con verjas enmohecidas y cristales rotos, una calle empinada, oscura y húmeda. Aparecieron unas escaleras que yo no había visto nunca, allí nos abandonaron otros dos. Respiré hondo, quedábamos tres.
Yo ya no tenía ni idea ni de dónde estaba, ni de qué hora era, ni de qué carajo estaba haciendo. Sin capacidad de obligarme a hacer otra cosa seguí con todo aquello.
Bajamos, bajamos y bajamos más y de repente me di cuenta de que ya sólo quedábamos dos. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, el jefe y yo, yo y el jefe, recorriendo las callejas más inmundas de la ciudad.
El perro empezó a caminar más despacio, no sé si lo hacía porque ya estaba sólo, sin nadie a quien guiar más que a sí mismo o porque sabía que yo estaba ahí, lo había sabido siempre y quería ponerme las cosas claras.
Me acojoné, juro que estaba acojonadísima. De repente se paró y se sentó dándome la espalda. Yo giré para buscar un sitio en el que apoyarme y me tropecé con algo, me caí al suelo y ese algo resultó ser un montón de bolsas de basura. Me quedé quieta, levanté un poco la cabeza para ver dónde estaba el perro. Se había levantado y venía hacia mí muy despacio. Bajé la cabeza y respiré muy despacio para intentar decelerar los latidos de mi corazón, cerré los ojos y me agaché aún más, quería parecer más pequeña todavía. Al cabo de unos pocos segundos volví a abrir los ojos, el perro estaba a unos dos metros, me enseñaba los dientes y tenía las orejas echadas hacia atrás. Podía oler al animal, olía a sucio, a mojado aún estando seco. Cerré los ojos otra vez y agaché aún más la cabeza mostrándole mi nuca y así, en esa postura de absoluta sumisión me quedé un tiempo infinito. Olí su aliento, noté su húmeda nariz en mi cuello y me di cuenta de que era una perra y yo me había entrometido en su matriarcado. La perra metió su hocico por debajo de mi barbilla y levantó mi cabeza, ya podía mirarle a los ojos aunque lo evité bastante asustada aún. Me chupó una mano, no sé si porque le gustaba aquello que yo había aplastado al caerme o para quitarme el asqueroso olor que me rodeaba. Ahora yo olía peor que ella.
Me llamó a levantarme, o eso creo. Lo hice muy despacito, no quería asustarla ni provocar en ella ninguna desconfianza. Me miró mientras yo intentaba quitarme de encima la mayor cantidad de basura posible, que no fue mucha, pues la mayoría eran líquidos y cosas que se chafaban y manchaban y olían y que no se podían quitar ni agarrar. Cuando creí que estaba lista la miré y asentí con la cabeza, como indicándole que ya podíamos seguir a donde fuera que fuésemos. Esta situación hacía tiempo que había dejado de ser absurda. Era estúpida, lo sé.
Seguimos andando, a mi ya no me importaba hacia dónde nos dirigíamos, estaba feliz, me había aceptado como una perra más, me había brindado su protección y su sabiduría. Su recorrido nos llevó a las basuras más selectas, a los rincones más inimaginables. La ciudad vista por dos perras.
Estaba cansada, llevábamos varias horas callejeando, ella pareció entender mi agotamiento, se metió por una calle más estrecha todavía, cruzó una puerta sin puerta, subió unas escaleras con más agujeros que madera y aparecimos en una sala con muchas telas en el suelo, bueno, telas, trapos, ropa vieja y rota y algún que otro zapato. Se echó allí y yo me eché a su lado. Y allí, en ese ambiente nauseabundo nos quedamos dormidas.
Cuando abrí los ojos ella ya no estaba, no sé cuánto había dormido pero ya había bastante luz en la calle. Me levanté, me estiré, me olí, me di asco y salí de la habitación. Bajé las escaleras que, con la luz del día daban bastante miedo, salí a la calle, miré a los lados intentando encontrarme y la vi. Estaba sentada al sol, tranquila. Fui hacia ella, le rasqué detrás de la oreja y ella me miró. A los pocos segundos empezó a ladrar, se revolvió nerviosa, agitada, incluso agresiva. Yo no entendía nada, me di la vuelta y vi que se acercaban un par de perros. Me puse en alerta por si los recién llegados nos atacaban pero entonces comprendí que era yo la que sobraba, era a mi a quien iban dirigidos los ladridos, los rechazos. Me había dejado ser perra por una noche y nuestra relación había acabado con la luz del día. Ya no era bienvenida en su matriarcado. Tú a tu casa y yo a la mía. Y eso hice.

Texto: Vanesa Pomar
http://relatosdelatribu.blogspot.com/

Fotografía de Miguel SP

viernes, 26 de noviembre de 2010

Caballo de Troya

Quien tenga prisa o busque un simple entretenimiento inocuo que no empiece a leer esta novela. Porque “Epitafio” guarda en su interior un inclemente caballo de Troya.
“Epitafio” es aprendizaje, un camino de ida y vuelta, una dolorosa revelación.
Es rebelión, motín; naufragio y salvación.
Leer “Epitafio” no nos saldrá gratis. Porque “Epitafio” duele, como duele reconocer nuestra derrota y nuestros errores; como duelen el arrepentimiento, el espejismo y la ceguera; pagar el precio por averiguar la verdad.
Paloma González Rubio nos presenta en “Epitafio” a un tipo que un día decide dejar de se amable. Un tipo con el que rápidamente congeniaremos los heridos. Todos esos que algún día hemos querido vender nuestro pasado en una chatarrería. Un valiente, un hombre nuevo con una nueva conciencia de si mismo que una mañana decide cambiar apartando aquello que me han echado sobre los hombros y dedicar un poco de tiempo a componer exactamente lo que quiero llevarme. Un dejar de ser amable que le hará cambiar la perspectiva de la mirada, la percepción de las cosas; eliminar lo que sobra, lo accesorio; lo innecesario, lo convencional. Soltar lastre y tener un segundo despertar vacío de memoria en una transformación en la que no existía el menor deseo de conflicto o rebelión, sino sólo el propósito de un desamarre sin rumbo.
Y la historia así, reducida a lo simple, podría parecernos un viejo eco oído con anterioridad. Pero no en la voz de Paloma. Porque Paloma con su exactitud, con su absoluto dominio del lenguaje, convierte a la narración en el mecanismo preciso de una bomba de relojería. Nada en “Epitafio” es intrascendente, nada sobra, nada es inocente.
Paloma hace cirugía; abre la herida y luego, lentamente, en una cruel costura sin anestesia, va cosiendo y cerrándola. Después, al mirarnos en el espejo, veremos la cicatriz para no olvidarnos de aquel día.
Paloma abre la puerta de nuestra jaula y nos deja libres. Nos deja revolotear, desertar mientras escupimos nuestra rabia contra el pasado y arrojamos todas las piedras que nos metieron en los bolsillos para que no saliéramos volando. Paloma sabe que quizás tengamos razón. Sabe que esa es una pesada carga, pero también sabe que ese laberinto de intensa luz artificial por el que avanzamos derribando muebles y enarbolando quimeras no tiene salida. Que Ícaro voló, y fue cegado y derribado por el sol.
Porque “Epitafio” es una lección de vida real, es un bumerán; y la aventura de esa reconstrucción, de esa huída, seguirá la aplastante lógica de los corredores en un circuito: la línea de salida y la de la meta son la misma. Y nos dejará con la dolorosa revelación de lo que somos: onironautas desorientados. Porque todos los onironautas somos víctimas de una pérdida o una búsqueda irremediables.
“Epitafio” nos pone los pies en el suelo. Leer “Epitafio” es aceptar que las circunstancias y los acontecimientos imprevistos alteran, modifican, trastocan nuestros planes de reedificación. Que los demás, sus actos y sus mareas nos influyen, nos arrastran, dejan en evidencia nuestra debilidad. Que no es posible huir del entramado de las relaciones humanas, escapar de su influjo y su carga. Que nuestro margen de maniobra está acotado dentro de unos límites y ordenado por unas reglas de juego. "Epitafio" es recordarnos que podemos elegir la plaza de aparcamiento, pero siempre dentro del mapa de un parking cerrado.
“Epitafio” es un texto que muta, modifica una idea preconcebida: el desprecio por lo que tenemos más cerca, junto a nosotros. “Epitafio” es regresar y reconocer el temor a la pérdida, es encontrarnos con el reflejo sin amabilidad de nuestro menosprecio, darnos de bruces con el monstruo, el espacio en blanco que nosotros mismos habíamos creado con nuestro derribo; la tierra que nos echamos encima, el plomo de la culpa propia.
Al final, asustado, adocenado; argonauta derrotado; tan sólo quedará satisfacer el precio que hay que pagar para obtener el perdón y la indulgencia. La piedad en nuestro epitafio.

Paloma González Rubio. “Epitafio”. Ediciones de La Discreta. Madrid, 2010.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Revista Turia

MIGUEL LABORDETA ES EL GRAN PROTAGONISTA DEL NUEVO NÚMERO DE “TURIA”.

LA REVISTA LE RINDE HOMENAJE CON UN SUMARIO ESPECTACULAR REPLETO DE ESTUDIOS Y TESTIMONIOS INÉDITOS.

PUBLICA TAMBIÉN DOS AMPLIAS CONVERSACIONES CON LUIS LANDERO Y ENRIQUE VILA-MATAS, ASÍ COMO TEXTOS DE MANUEL GUTIÉRREZ ARAGÓN, LUIS ANTONIO DE VILLENA Y JESÚS FERRERO.

La revista TURIA rinde homenaje a Miguel Labordeta a través de un amplio, indispensable y sugestivo monográfico. Más de veinte autores, entre los que figuran los principales estudiosos de su obra, consiguen mostrarnos la singularidad y valía de una labor creativa que todavía no ha logrado el reconocimiento que merece en el panorama de las letras españolas. Aunque, como se subraya en las páginas de esta nueva entrega de TURIA, la suya es una poesía que mantiene su vigencia. Sigue comunicando emociones e ideas a quienes se acercan a ella, no importa que “sean éstos jóvenes o no tan jóvenes poetas o, sin más, lectores con dos dedos de frente, dotados de una acusada conciencia crítica y social y de un considerable conocimiento de la tradición literaria”.
Miguel Labordeta sigue vivo, se asegura en las páginas de TURIA. Volvemos a él y no nos defrauda. Sin duda, la poesía de Miguel Labordeta continúa teniendo mucho que decirnos y va mucho más allá de esa consideración de escritor secreto, marginal y de culto que algunos han pretendido adjudicarle injustamente. Muy al contrario, cada vez son más los que encuentran en su literatura una plasmación radical de autenticidad e independencia, un vigoroso testimonio de cosmopolitismo. No son pocos los que lo describen como el mejor poeta aragonés del siglo XX y uno de los más sobresalientes nombres propios de la poesía española de posguerra. Por todo ello, TURIA emprende ahora la tarea de redescubrir y difundir la poesía de un autor que se proclamaba ciudadano del mundo y que merece hoy una lectura atenta y cómplice. Esa tarea es la que realiza la revista, a través de un plural conjunto de artículos encaminados a comprender sus versos y a situarlos respecto de su tiempo, literario e histórico.
En cuanto a los temas aragoneses, sobresale la publicación de una cuidada semblanza de uno de los grandes poetas de Aragón, Rosendo Tello (Letux, Zaragoza, 1931) y el trabajo dedicado a redescubrir al tenor y político turolense Andrés Marín (Teruel, 1843 – Madrid, 1896), una de las mejores voces líricas del siglo.
Por lado, este nuevo número de TURIA está ilustrado por uno de los valores consolidados de la abstracción pictórica española: Charo Pradas, artista turolense residente en Barcelona.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Un poema de Maribel Hernández

Estoy cortada por la mitad,
de este a oeste.
En un repartirme sin éxito
entre cosas cotidianas,
a cambio de un corazón,
en modo estándar.
Me disuade el día,
con el rugido indiscriminado
de la luz,
huyéndole de un zarpazo
al horizonte.
Siempre en rojo. Adormecido.
Doméstico.
Idéntica a mí, una huella
–tierna todavía-
contra el camino subyacente,
elige la intemperie.
Y no sucumbe al vértigo
de mirarse,
en la profundidad de los charcos.

Poema de Maribel Hernández
http://buscadoresdepalabras.blogspot.com/
perteneciente a su poemario “Sonora”
publicado por la Editorial Eclipsados. Zaragoza, 2010.

La excelente fotografía es de Carlos Martín
http://www.flickr.com/photos/20992810@N03/