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viernes, 11 de junio de 2010

Canción de viernes

Para José Antonio Lozano. Por la banda sonora.

Y yo que soy huido de guerras y cepos con nombre. Experto en esquivar reflejos de los días malgastados. Tropezar en las mismas páginas de calendarios amarillentos; jugar a perder el tiempo echando balones fuera.
Olvido premeditado que se ha convertido en mi manera habitual de saltar los días. Charcos, piedras, equilibrios. Bajar al sur para olvidar el norte.
Y yo que caminé por aquellas calles mirando al suelo y al infierno. Piedra en el zapato, ligadura. Sal en la herida y en el aire.
Desfigurado el ayer en veinte años culpables, creyendo mi rostro irreconocible, a salvo de ruedas de reconocimiento.
Y yo que regresé con el miedo oculto en el silencio. Los labios apretados, la lengua mordida. Con el temblor disimulado en un nuevo presente; alegre, festivo, perfumado; guardada la espina en el nicho latente de mis puños cerrados.
Y todo hubiera quedado perdido entre calles sin tranvías y sol de primavera. Libros, obras; semáforos y líneas rojas. Cerca y sin pisar la piel de plátano de su portal.
Y todo hubiera quedado en brindis y sonrisas, momentos mágicos, emoción, agradecimiento. Abrazos sinceros, alcohol y euforia; juego. Espejos en los que encontrarnos, secretos a voces en un mismo idioma, afinidades y buena suerte; fotografías y días después.
Todo hubiera quedado en bautismo y confirmación, juramento de amistad. En un ¿te acuerdas? para cuando seamos viejos supervivientes. En hoteles pagados y deudas para la vuelta. En compañía, actrices y artistas, poetas inéditos, forajidos; cabalgata de reyes magos.
Todo se hubiera quedado en domingo de mañana. Café, cerveza y literatura, motivo y esperanza, hambre, un lugar en el mundo. Un para qué, obstáculos, dudas y vergüenza.
Todo se hubiera quedado en arañazo, caramelos; horas de mudanza y alquiler. Tormenta y espuma con el dulce sabor de gestos y adioses. Carrera contrarreloj, tímida explosión de afectos y gratitud.
Y llegaste tú con tu último gesto. Coincidencia y confidencia, saber de mí y las batallas, belleza francesa de mujer.
Regalo. Adjetivo demostrativo. Epílogo.
Sufijo incandescente. Brillante celofán.
Pértiga de equilibrista. Espina dorsal.
Banda sonora de día y medio. Susurro. Neologismo. Premio. Bola extra. Una entre un millón.
Cerilla y gasolina, columpio. Palabra exacta. Piedra, herida y sal.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Todo sobre mi padre

Encendió la televisión a esa hora de la tarde en la que sólo emiten culebrones folletinescos, historias mal escritas y peor interpretadas, secretarias feas que congregan el fervor popular durante años, amoríos de tiempos pasados indeterminados en países ultramarinos, acentos que empalagan y atolondran la cabeza. En el mejor de los casos puedes ver un programa de realidad vespertina, y no me refiero al telediario sino a esas orgías de sentimientos y estupidez en la que las gentes venden su alma al diablo a cambio de un bocadillo de jamón y un minuto de supuesta gloria. Apretó con fuerza el mando a distancia hasta que apareció en su salón la imagen de un director de cine manchego al que apreciaba. Le estaba entrevistando un escritor que también era de su gusto, un literato metido a periodista pero que ejercía su labor con gran dignidad. Últimamente leía más sus crónicas en los periódicos que sus novelas o cuentos. Era éste un tipo enjuto y encanecido, de párpados caídos y voz, esta vez sí, nasal y afrancesada. La cosa se desarrolla en una pequeña habitación que resultó ser el cálido despacho que ocupa el entrevistado en la productora que dirige su hermano. Luz tenue y un ambiente propicio para conversar. Decidió ver lo que contaban pese a que ya estaban metidos en harina.
Lo primero que le llamó la atención fue la tristeza que emanaba del genio de La Mancha, el más universal después del quijotesco hidalgo. El pelo cardado y casi por completo blanqueado. Unos cuantos kilos de más, bastantes, la mirada apagada. Viste de negro y cada día se parece más a su madre, a la abuela del espectador que ya concentra toda su atención en sus palabras. Parece una mujer enlutada de los años cincuenta, en los lejanos pueblos y campos de Andalucía, la cara curtida por el sol y con arrugas en el corazón. Cuenta que se siente solo, que su soledad ha sido elegida para poder trabajar en lo que trabaja pero que cada día le cuesta más acostumbrarse a ella. Que no hace reproches porque es normal que la gente se canse de llamar y de no ver atendidas sus cientos de llamadas. Al final el teléfono deja de sonar cuando estás en la cumbre. Es paradójico. La estrella aislada. Lejos, aquella imagen alocada y removida de los años ochenta, cuando salían a quemar la vida y pensaban que las cosas podían cambiar. Ahora hago vida monacal, absolutamente ermitaña, dice mientras mueve sus gordezuelas manos. Siento la angustia de vivir, aquello que intuí con 10 años en el colegio cuando me internaron gracias a la mediación de la beata de mi pueblo, la que le habló de mí al cura que dirigía el seminario, porque sí, ahora lo confieso, aquello era un seminario y yo estudiaba para cura. Este niño debe ser de Dios. Pero Dios no me dijo nada y yo prescindí de él. La misma angustia que ahora trato en el psiquiatra y con medicamentos. No lo voy a ocultar por más tiempo. Detiene su voz. Bebe agua y se dispone a escuchar la siguiente pregunta. Háblame de tu padre.
Y notas que es un tema que le duele. Sus ojos se humedecen de inmediato. Ya ha abierto su corazón y quiere sacar lo que lleva dentro. Nunca me entendí con él. Era un ser decimonónico, arriero, un oficio imposible en pleno siglo XX. Tiene la imagen de un ogro, de un ogro bueno, así tan grande, con ese aspecto... Sí, pesaba unos 120 kilos y de verdad que era enorme. Sale una foto en la pantalla y ve que no se parece a su madre, a su famosa madre con la que siempre se le asocia. Es igual que su padre. Fotos en blanco y negro de familia campesina. Los hijos adolescentes vestidos con traje y corbata negra, la camisa blanca. Nada queda de ese niño en el hombre que ahora se enfrenta a sus recuerdos. Fotos en color sepia, el padre mayor y fatigado. Derrotado. Triste. Nunca comprendió que me marchara a Madrid, que hiciera las cosas que hacía. No hablé con él. El hombre del salón se acuerda de su padre, de su abuelo, tan iguales a él, eres como tu padre, pareces un inglés como le decía tu abuela. Introvertido, poco hablador. Piensa y no sabe si es algo propio de su familia o es extensible a todo el género masculino. Casi no conoció a su otro abuelo, muerto violentamente demasiado pronto. La cara ancha, los ojos pequeños, también el pelo blanco y una sonrisa socarrona que le cuentan sigue viviendo en su nieto. El tampoco habló con su padre. Chocaban sus timideces, sus pocas palabras, el pudor a la hora de mostrar lo que se querían. Nunca vi a un hombre tan contento como el día que tú naciste, le solía contar una vecina. No sabe cuando dejaron de hablar. En su memoria, las veces que jugaron a fútbol, él con su traje azulgrana, su padre un ferviente madridista. Las pocas veces que salieron de vacaciones. Un viaje en los autos de choque que terminó con sangre en la nariz. Las noches en que bajaba a la calle a esperar que su padre volviera del trabajo, de su agotador y pluriempleado trabajo. Corría a darle un beso y un abrazo. Cómprame un polo. De limón. Cómo siempre le daba un beso antes de irse por la mañana, él dormido o fingiendo que lo estaba, sus labios en su frente y un hasta luego. Y recordaba cómo le cogía de la mano, de su mano fuerte, llena de venas y ligeramente sudada, un sudor que él había heredado y que atribuía a su apocamiento. Y vuelve a centrarse en la conversación. El cineasta cuenta que le llamaron cuando su padre enfermó, cuando le dijeron que se moría. Lo encontró en la misma cama en la que nació, así lo había querido, todo bien dispuesto para recibir a la muerte. Ese día no había necesitado morfina, se le veía en paz. Hablaron. Cuida de tu familia, hijo, ahora eres tú el padre. Lo haré, padre, lo haré. Se miraron de verdad. Un día te vi en la televisión. Notó que se lo decía con orgullo, con cariño, con amor. Se fue a descansar. A las dos horas le despertaron para decirle que se había muerto. Le enterraron con la mortaja que había comprado él mismo, hacía tiempo. Sin zapatos. Sea lo que sea que me espera, que me encuentre ligero. Y ya no puede hablar más.
Intenta continuar pero no puede, se derrumba, se hace un silencio eterno, bebe un sorbo de agua. No lo entiendo, hace tanto tiempo, que no debería afectarme pero... Aguanta las lágrimas, baja la mirada pero ya no hay vuelta atrás. El entrevistador se vuelve a cámara. No sé si debemos seguir o paramos... No, no... No importa. Dadme algo para... Dicen que en mis películas sólo sale mi madre. Y no. Mi padre está presente en todas y cada una de ellas. No hace de padre pero está detrás de este personaje, de aquél, de tantas cosas. Me alegro de haber llegado a tiempo de hablar con él, aunque fuera sólo un momento. Eso sí, cambiaría todos los premios, todos los reconocimientos, todas las películas que él no pudo ver, por poder hablarle, contarle que... El hombre del salón también se emociona. Creo que el entrevistador tampoco puede seguir con el tema. Veo que tienes una maleta en el rincón, una vieja maleta de madera de hace muchos años, casi da miedo pensar en lo que significa, parece un ataúd. Es la maleta con la que me fui de casa para no volver. Repasemos un poco tu filmografía. De acuerdo.
Su hijo estaba por allí, ajeno a la televisión que sólo de tanto en tanto mira sin prestar atención ni comprender de qué hablan. Medio adormecido por la reciente siesta hasta que de pronto le mira. Vamos a jugar, papá. Vamos.

Texto de José Antonio Lozano
http://jalozadas.blogspot.com/

La magnífica fotografía es de Jose Anoro.
http://www.flickr.com/photos/photosintesis/

miércoles, 29 de abril de 2009

Mon ange


Para José María y José Antonio, porque son los bastones
en los que me apoyo para caminar.
Para José Manuel, por hacerse visible.
Y para Angélica, ella ya sabe porqué.



La voz de Manuel, el de casa Ubé, sonó como un trueno: -¡Está nevando!-. Todos en el café dejaron la partida y se asomaron a las ventanas y a la puerta para verlo. Durante un instante guardaron silencio. Después se pusieron a discutir sobre cuándo fue la última vez que nevó en el pueblo. No se ponían de acuerdo. Todos tenían alguna anécdota que contar, alguna vieja historia que hablaba de nieve y pretérito.
Me levanto y me marcho. Les dejo con su alegría de niños, su mala memoria y sus batallitas de gallos. Yo sí que recuerdo cuando fue la última vez que vi nevar. Me acuerdo perfectamente. Hace seis años, y fue muy lejos de aquí.
Camino rápido de vuelta a casa. Quiero llegar cuanto antes. Quiero dejar de verla. Los críos han salido a la calle a jugar, a dejar que la nieve les caiga encima. Su alegría resuena en todas partes pero a mi esta nieve me duele. Me duelen la nieve y el recuerdo que trae enredado en su silencio.
Llego a casa y me encierro en el cuarto. Bajo la persiana y me quedo a oscuras. No quiero verla, no quiero recordar. Estoy seco pero siento mi ropa mojada. No tengo frío pero me tapo con la manta. Todo mi cuerpo tiembla.
La nieve me ha traído el paso, la vuelta de Francia en pleno invierno. Sierra Custodia, la salvaje ventisca al pasar la Brecha, caminar sin sentir las manos ni los pies. Todavía no sé cómo llegué vivo a Tellerda. Como conseguí cruzar el puerto en pleno diciembre.
Pero la nieve me ha traído sobre todo su rostro y mi dolor. Me ha devuelto su sonrisa y mi huida. Saber que a pesar de tanta tierra que he puesto por en medio y de todo el tiempo pasado no he conseguido olvidarla. Que sigue siendo la dueña de mi corazón.
Cierro los ojos. Arreau. Su nombre regresa a mi boca. Arreau. Allí llegué con los demás el año que cumplí diecisiete. Uno más entre los montañeses del otro lado que cada octubre llegaban a pie hasta allí para buscar trabajo hasta la primavera. De leñadores, granjeros, en la cantera o en el taller. De lo que fuera. Cinco meses en Arreau y una mañana para encontrarla por primera vez. Cinco meses trabajando en la serrería para llevar dinero a casa y todos los días para buscarla, verla en el paseo de la Rue Grande, en la Courbère, junto al río, y cada domingo soleado su sonrisa en la Place du Foirail. Cinco meses para conocer al amor de mi vida. A mi ángel.
Y cinco meses también para verlos a ellos. Eran dos, Antoine y Joseph, dos pastores de Lançon, un pueblo cercano. Todas las tardes la buscaban. Igual que yo. Todos los domingos salían a su encuentro. Igual que hacía yo. Y cuando daban con ella se acercaban y le hablaban, y yo la veía reírse con las cosas que le contaban, con sus bromas y gracietas. Como yo nunca hice. Como el sueño que nunca se hizo realidad.
Porque todo lo que pude decirle, cada vez que me cruzaba con ella, era ese Bonne après-mide, mademoiselle, con mi torpe y mal francés.
Cinco meses repitiendo aquel Bonne après-mide, mademoiselle, y contemplando su maravillosa sonrisa. Cinco meses para amarla y odiarme, querer decirle todo lo que sentía por ella y no poder. Cinco meses para pensar en ella todos los días y para odiar a aquellos dos pastores que la hacían reír. Cinco meses para soñar con ella y una última noche para llorar en silencio jurando que al otoño siguiente volvería a Arreau. Volvería a verla.
Al llegar a Tellerda busqué a don Eduardo, el maestro del pueblo, y le pedí que me enseñara francés. Todas las noches, durante siete meses, acudí a su casa para recitar verbos, hablar arrastrando las erres y aprender vocabulario y gramática mientras soñaba con volver a verla. Acercarme hasta ella y decirle lo que sentía.
Y al año siguiente, para mediados de otoño, los dos días de camino hasta Arreau. Y un domingo soleado, en la Place du Foirail, de nuevo encontré su rostro y mi corazón estalló de júbilo, pero también encontré junto a ella aquellos dos tipos de Lançon haciéndola reír con sus gracietas, hablándola como yo nunca podría hacerlo. Ellos con sus bromas y yo con mis frases memorizadas, con mis torpes frases de mal y tembloroso acento. Con todo mi amor guardado en la memoria.
La primera noche que el vino me hizo agarrar con rabia el mango de la navaja y con el calor del último trago llegué hasta la puerta de la casa donde dormían dispuesto a clavarles su filo una y mil veces, cortarles la garganta y arrancarles la lengua, supe que tenía que marcharme. Antes de volverme loco. Antes de convertirme en un asesino.
Esa misma noche, sin esperar al alba, comencé a caminar hacia el puerto, de vuelta a casa, de vuelta a Tellerda. El segundo día de camino, en Aragnouet, comenzó a nevar. Y ya no paró. No recuerdo haber cruzado La Breca, no recuerdo el refugio de Góriz, no recuerdo sierra Custodia, tan sólo recuerdo la nieve cayendo sin parar, la humedad, el frío horrible, la ventisca en la cara, los pies y las manos doloridos. Tan sólo recuerdo que quería alejarme, alejarme, alejarme... y no volver a verla jamás.
No sé cómo conseguí llegar vivo al pueblo. Cómo no me quedé en el camino, enterrado bajo la nieve.
Cuando recuperé las fuerzas recogí lo poco que tenía y marché a tierra llana, a los Monegros, huyendo de ella y su recuerdo. A los Monegros, donde nunca nieva.
Hasta hoy. Seis años para hacerme viejo y para saber que nunca sentiré el amor como lo sentí entonces.
Hasta esta tarde en la que he vuelto a ver su rostro, su sonrisa, y he vuelto a pronunciar la frase que le hubiera dicho al tenerla junto a mí: Tu es mon ange, la maîtresse de mon coeur.


La magnífica fotografía, realizada con un filtro de luz ultravioleta, es de Antonio Goya
http://www.flickr.com/photos/tonigoya/


Para leer otras versiones de esta historia:

Angélica Morales http://angelicamorales.wordpress.com/

José Antonio Lozano http://jalozadas.blogspot.com/

José María Morales http://unodetellerda.blogspot.com/